Un cuento para un lunes: La casualidad

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Como cada día se fue apurado de su casa. Le costaba mucho salir a tiempo, quizás por la certeza de que los días no variaban mucho en su vida, que parecían hechos en serie. Miró su reloj y pensó que todavía podía llegar al tren de las 4. Llego al andén y vio como la locomotora se perdía en la lejanía. Tenía mucha mala suerte. Camino hacia los asientos y se sentó en uno de ellos.

El día no podía mejorar, era imposible. Quizás esa sensación y la torpeza de no mirar a su alrededor, hicieron que le costara descubrir esa presencia.

Hasta que por fin la descubrió. Y en su mente pensó que el reloj había sido su aliado, y que quizás el tren había apurado su marcha para que él se quedara allí a verla. Y eso hizo, la miró.

Le pareció hermosa apenas la vio. Tenía la piel tostada por el sol de la siesta y unos ojos grandes y expresivos, en los que soñó reflejarse. Un abuelo se le acercó a preguntarle la hora, y ella le sonrió amablemente, mostrando sus dientes blancos. Y casi sin querer, lo hizo sonreír a él. No entendía por qué, pero se sentía especial por estar cerca de ella, que irradiaba algo que le hacía bien.

No quería que ese instante acabara, quería seguir en ese trance que le provocaba su belleza. Imaginó tardes con ella, caminando a su lado, tomando mates bajo el sol. Imaginó llevándola de la mano, tocando su piel, acariciando su rostro. Soñaba despierto mientras el viento despeinaba los cabellos de ella, que parecía ignorar que la observaban con atención.

Quería ver esa sonrisa todos los días, no le importaba si el resto del día era una porquería, valía la pena mil días así por tenerla siempre con él, pensó.

Quería saber de ella, de su vida, de las cosas que le gustaban, y las que odiaba. Hablar de música y de literatura, de sus miedos y pasiones. Quería descubrirla, eso quería.

Pero cayó en la realidad de que no se conocían, que todo era producto de su mente. Tenía que hacer algo para hacerle saber que el existía. Pero no era fácil, no quería caer en preguntas absurdas que desembocaran en una respuesta que lo dejara sin posibilidad de seguir hablando. Pero no sabía cómo hacerlo.

Quizás la esperaba alguien, quizás ella tenía alguien que hiciera todo eso, pero quizás no. Y sintió que tenía que actuar, hacer lo que sea por hablarle. Comenzó por acercarse un poco, sin ser evidente en lo que quería hacer. Tal vez haría alusión a la demora del tren, o preguntaría donde quedaba alguna estación, pero estaba decidido. Se acercó de a poco, y justo cuando se disponía a hablar, sonó la chicharra que anunciaba la llegada del tren. La muchacha se levantó y caminó hacia su vagón, dejándolo sólo con sus palabras.

Subió y se fue. Nunca más la iba a volver a ver, lo sabía. Habían pasado a ser de los tantos amores que no suceden, que mueren presos de la indecisión. Quizás porque solo eran dos transeúntes a los que los juntó la casualidad.

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