Una historia trasnochada: La Bailarina de tumbas

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¿Será que huelen la vulnerabilidad del hombre? ¿Será que un sexto sentido se les activa?  No sé. Realmente nunca supe mucho de las cosas que les pasaba a las mujeres. En realidad, ¿Quién puede decir lo contrario? Lo único que se con exactitud es que ellas tienen el poder de aparecer cuando uno más vulnerable está.

Una noche más en la comodidad de mis lagunas mentales, un fin de semana donde el exceso daba el dulce beso de la muerte, esa que nos llama cada vez más de cerca. Era sólo una noche más dentro del panteón de los desdichados. Y ahí estaba yo, apoyado sobre el barandal de algún bar de mala muerte; la recuerdo y la anhelo. Anhelo esos momentos donde orbitaba a su alrededor, donde el para siempre tenía sentido. No voy a mentir, la extraño. Y si extrañar es amar, entonces aún la amo.

Insisto, nada era diferente aquel viernes por la noche. Pero es tan injusto el país de las alas rotas…

Escuche su risa venir del exterior, escuche sus pasos de algodón rondar por todo el lugar. Y entonces la vi: bailaba sobre mi tumba. Había aparecido como un suspiro, como todo lo que respiro. Dios… que buena bailarina es.

Vaya uno a saber el motivo que la llevaba a visitar aquel bar, no era lugar para ángeles, menos para ángeles con ese cuerpo, fuere cual fuere el motivo me intrigaba y mientras la veía caminar hacia mi rogaba a todos los santos que fuere causalidad de venir a buscarme y no casualidad de encontrarme. La suerte cayó de mi lado y aquella mujer, que alguna vez fue MI mujer, venía por mí. Sentí el calor danzante de su sombra y entendí de su regreso a mi letargo.

Yo me odiaba por muchos motivos con respecto a ella, primero y principal por haberla perdido, segundo y no menos importante por haberme convertido en su segunda mejor opción; tercero y primordial por jamás encontrar el valor de decirle que “no” cada vez que ella volvía.

–  Hola, ¿Cómo estás? Tiempo sin verte… ya me parecía rara tanta ausencia.

–  Hola gordo, las ironías dejalas de lado por favor, sabes cómo es mi situación, siempre aceptaste las reglas del juego y si hoy estoy acá, doy por asumido que también sabes porque.

–  Sí, lo sé, supongo que de nuevo has discutido con ese que ocupó mi lugar y del que tanto te enamoraste y el que te ayudo a olvidar todo el daño que te cause. Y entonces volves a mí buscando un rato de consuelo, de sexo y de olvido…como tantas otras veces.

–  Correcto, tu cinismo no tiene efecto en mí…pero es más o menos así como lo definís (su sinceridad extrema podía congelar el infierno). Sólo que esta vez ya no hay vuelta atrás, él decidió terminar y así, como una vez me dejaste vos, me toca vivirlo de nuevo.

– Ohhh, en verdad lo siento.

– No. No lo sentís.

– No, la verdad que no, si bien lo que más me importa en el mundo es tu felicidad…daría la vida para que fuera conmigo y si no es conmigo, que no sea con él. Así que la verdad que no siento nada. Pero este cuento ya ha sido contado muchas veces, sabemos como va a terminar esta noche y lamentablemente, aunque hacerte el amor sea el más exquisito de los placeres, no creo que te haga bien en este momento.

–  Vos arrancame el dolor, yo me encargo del resto…

Fue lo único que me dijo mientras tejía, con sus pies de mariposa, figuras de baile sobre mi tumba. Pero ¿No ves que estoy sintiendo demasiado? ¿No ves que será otra noche desperdiciada?

“Yo me encargo del resto…”

Sabe que tiene el mundo a sus pies, que le daría por siempre un hogar en la cama que compartamos. Sabe que ella es todo lo que veo y todo lo que me permito sentir. Sabe que cada vez que caemos juntos, ella es la que baila sobre mi tumba.

Pero mil veces seguiré enterrándome en vida. Por ella. Y nada más.

Mirala danzar ¡Es tan buena bailarina!