Una historia verídica

Tenía que levantarse a las 6 de la mañana, pues ya era prácticamente lunes y el trabajo demandaba empleados. Él era uno.

Tenía que levantarse a las 6 de la mañana y eran las 4:30. Sus brazos descansaban cruzados detrás de su cabeza, reposando en la almohada. El cuerpo descubierto solo en ropa interior y en la habitación flotaba un ambiente denso de cigarrillo, un hábito que había adquirido hacia poco tiempo a pesar de ya tener 25 años de edad. Un hábito que siempre odió, pero que últimamente adquirió porque alguna terapeuta falta de argumentos le recomendó: “Te va a sacar los nervios, pero usalo con cuidado. Es un arma de doble filo”. Los pocos amigos que sabían le dijeron que era una estupidez, pero se lo decían mientras le reclamaban con sus manos algún cigarro de su paquete de mentolados. Difícil hacerles caso y más difícil aún entenderlos.

4:30 y no podía dormirse.

La noche del día anterior lo sorprendió porque había sido encontrado por una sombra del pasado. Había dejado abierta una puerta y todas sus ambiciones ocultas escaparon y se le plantaron de frente en su cara, demandando atención. Demandaban la respuesta acallada de una pregunta ignorada a la fuerza, de una pregunta que siempre esquivó por ser joven inexperto y por estar tan lleno de miedos y tan falto de argumentos.

Mientras se sentaba en la cama apagó el cigarrillo en alguna hoja arrancada de cuaderno, la que envolvió con cuidado y tiró a la basura. No contaba con cenicero, jamás pensó que iba a usar uno. Rápidamente lo invadieron miles de sensaciones que lo abrumaron por completo. Se sintió viajar en el tiempo, atrás, cuando todo era confuso, hermoso y dañino a la vez. Sintió como si se quedara sin aire, sintió como si algo o alguien del pasado apareciese frente a él y le exigiera una explicación. Pero él no pudo dar respuesta alguna…no tenía palabras, seguía sin pensar en la respuesta a la pregunta escondida. No se había dado cuenta que al olvidar por fuerza al pasado, también había enterrado los miedos. Pero ahora estos miedos volvían con más potencia que la vez anterior y el no había madurado para enfrentarlos, al menos no del todo.

Agarró las sabanas con violencia y las apretó por entre sus dedos, con la mirada buscó la cajetilla de mentolados en su mesa de luz, pero la halló vacía. Ya casi eran las 5. Se sintió sin salida.

“Acordate que nadie es más que vos ni vos más que nadie”; trató de escapar a las palabras de su psicoanalista, pero que rápido se dio cuenta de semejante estupidez. Lo habían alejado de sus terapias regulares y ahora lo corrompían con autoayuda y otras yerbas que él nunca entendió, o tal vez que nunca le cerraron del todo.

Estaba desesperado por borrar esa imagen del pasado. “Mas curitas” recordó el encabezamiento de una carta recibida de alguien que muchas veces sentía lo mismo que él. Le sirvió para despejarse al menos un par de minutos. Pero rápidamente se sintió solo otra vez, como hacía tiempo que no se sentía.

Se paró en la oscuridad de su habitación y caminó hasta la ventana por donde la luna se colaba tímida, con esa melancolía que tiene al abandonar el firmamento para darle pasó al amanecer y en sucesiva al sol. Se sostuvo del marco y con la cabeza apoyada en las cortinas decidió darse por vencido. Entendió que la figura del pasado no se iba a marchar, no al menos esa noche. Decidió convivir el tiempo que fuese necesario con esa inquilina en su habitación, aunque los dos permaneciesen en silencio, incómodos y errantes. Decidió tratar de madurar y dio su voto de confianza al dejarla entrar de nuevo en su vida.

Caminó de vuelta a su cama sin quitarle la mirada a la sombra del pasado que lo seguía con detenimiento. Volvió a acostarse y puso nuevamente sus brazos detrás de su cabeza mientras ahora fijaba la mirada al techo. La sombra del pasado no se desvanecía y no dejaba de mirarlo. Él ahora la sentía en su interior.

El reloj marcó las 6 de la mañana, se apresuró a vestirse y a marcharse al trabajo. Antes de salir por el pórtico giró y la vio ahí; inmutable, incansable e insistente. Mientras se marchaba pensó si había sido buena idea dejarla entrar…pero ya era demasiado tarde para arrepentirse. La puerta se cerró detrás de él al salir, pero una sombra brilló desde atrás de la cortina con un fulgor que le recordó que el pasado lo esperaba en su habitación al volver.

Lo que pase de aquí en adelante, solo el tiempo lo sabrá.

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