Los cuentos de Diem Carpé: La ultima pitada

-No es sencillo, muchachito, creeme que no me es sencillo – Repetía un abuelo frente a un joven, que lo arrastraba casi corriendo por las pesadas escaleras. En realidad, las escaleras no eran pesadas, solo eran escaleras. Pero para el octogenario, cada escalón era un desafió.

Cuesta arriba se encontraba una construcción de múltiples usos: por un lado un museo; por otro lado una plaza techada con sus fuentes y monumentos; y finalmente, un lugar fresco donde descansar. Esta última utilidad era la que le importaba al anciano. Era una tarde calurosa de Febrero que añoraba un viento fresco.

El anciano y el joven. No se conocían en absoluto, jamás se habían visto. Una casualidad que lleva a una causalidad había encontrado al joven ayudando a un tembloroso anciano a subir unas escaleras. Sólo eso.

-Gracias querido- dijo exhausto el anciano, una vez que había llegado a un banco de plaza que prometía descanso.

-De nada señor- replicó el joven, mientras daba media vuelta para marcharse.

-Disculpame ¿Tenes fuego?- Lo detuvo el anciano mostrándole un cigarrillo.

-¿Fuego? Un hombre de su edad no debería fumar ¿No cree?-

El sol se escondía detrás de la sombra que rodeaba al banco. No había ruidos en la calle aquella tarde de Febrero.

-Tengo ochenta y un años, querido. Ya estoy en las ultimas…una pitada más, una pitada menos no va a matarme justo ahora en este momento, quedate tranquilo. Aparte este encendedor no me funciona- resolvió el anciano con cierta picardía, mientras mostraba un antiguo mechero con la mano izquierda.

El joven sonrió cómplice, sacó un encendedor de su bolsillo y le dio lumbre al anciano que de a poco comenzaba a relajarse.

Mientras apretaba el cigarrillo con los labios y pitaba para que la brasa ardiera, dejó escapar unas palabras por entre la comisura de su boca.

-Lindo lugar este ¿No?- dijo mientras una bocanada de humo se apoderaba de los dos.

El alquitrán de aquel cigarrillo era duro y espeso. Tanto que el joven no pudo evitar entrecerrar los ojos y torcer la boca.

-¿Que esta fumando abuelo, guano? Es fuertísimo- dijo el joven.

-No, es uno común…lo que pasa es que hace mucho tiempo que lo tengo guardado…supongo que añejar un cigarrillo no es la idea más brillante que he tenido, ¿No te parece?- soltó el anciano, mientras observaba de costado la brasa arder.

El joven sintió curiosidad…era la primera vez que una persona de aquella edad le contestaba con tanta lucidez. Con tanta perspicacia. El joven no pudo evitar pensar en sus difuntos abuelos, aquellos que nunca pudo llegar a conocer. Y así, rápidamente, se dio cuenta que aquella charla era la más extensa que había tenido con una persona de entrada edad, como el anciano de aquel banco de plaza.

-Añejar un cigarrillo…que hijo de puta, que idea ¡Huy disculpe, no quería faltarle el respeto!- Se agitó el joven.

El anciano soltó una carcajada. Era seca, como si algo de metal en su garganta se rompiera.

-Me hiciste reír pendejo, hacia mucho que no lo hacía. Gracias. Y no te hagas problemas con la puteadas, todo el mundo se olvida que los viejos alguna vez fuimos jóvenes- dijo con algo de melancolía el anciano. Y sin darle tiempo al joven, le explico:

-Añejo, así como lo escuchas. Tengo este paquete de cigarrillo hace 20 años guardado. Estaba esperando este lugar, este momento para pitar mi primer cigarrillo después de 20 años. Tenía que ser en este  preciso lugar, a esta hora.-

El joven ahora volaba de curiosidad.

-Pero…- quedó inconcluso el joven.

-Hace 20 años…creeme que no me es sencillo, muchachito- dijo el anciano, que ahora lloraba disimuladamente.

-¿Se encuentra bien?- preguntó preocupado el joven, mientras miraba para todos lados como buscando ayuda. Pero esa tarde de febrero, a esa hora, no había nadie en la calle. El sol seguía escondiéndose arriba, detrás de la sombra que abrigaba al banco donde reposaba el ahora misterioso anciano.

-Si muchachito, dejá…son cosas de viejo choto.- Y recuperándose el anciano agrego: -¿Vos estas bien?-

Al joven le extrañó la pregunta, pero no quiso ser descortés:

-Si…pero ¿Por qué me preguntas?- Le dijo el joven, ahora tuteándolo sin darse cuenta.

-Por nada. Es lindo verte crece bien, sabes.-

El joven dejó de sentirse curioso y empezó a sentirse atemorizado.

-¡¿Cómo?!..¿¡Verme?! ¿¡De que está hablando, señor?!- prácticamente gritó el joven, que ahora volvía a tratar al anciano con respeto. Respeto que el miedo le había hecho sentir.

-No importa muchachito, no te asustes, de todas formas ya me voy. Ya cumplí lo que quería.- dijo muy tranquilo el anciano, mientras miraba el cigarrillo arder milímetros antes de la colilla.

Y de golpe algo ocurrió. El anciano se movió del asiento, y de su bolsillo bailó el encendedor, tanto que se desprendió de las telas y rodó al suelo. Primero golpeó la rodilla del anciano, luego sus pies que estaban estirados y finalmente el reloj cayó unos centímetros alejado del anciano.

El joven, asustado como estaba, no renunciaba a la cortesía. Bajó la vista y se agachó a buscarlo. Cuando se repuso para devolver el encendedor, el anciano ya no estaba. Sólo una colilla de cigarrillo ardía sobre el banco de aquel lugar extrañamente desolado a esa hora.

-Señor… ¡Señor!- gritó, mostrando al aire un antiguo mechero.

El joven se sintió lleno de terror. Su mente no acababa de entender absolutamente nada de lo que le estaba sucediendo.

Se fue con paso firme, asustado, mirando siempre en todas direcciones, con la ilusión de encontrar al misterioso anciano en algún rincón…en alguna esquina. Pero no lo halló.

Cuando llegó a su hogar, dejó el encendedor sobre el mueble de la sala de estar y se marchó al baño. Se mojó la cara con abundante agua fría, tratando de despertar de un sueño…de una pesadilla.

Volvió a la sala, y se encontró a su madre sosteniendo el encendedor con una mano, mientras que con la otra tapaba su boca. Su cara demostraba asombro, y las lágrimas de sus ojos dejaban leer una duda enorme.

-¿De dónde sacaste esto?-Preguntó la madre.

-Mira mamá, respondió el joven, hoy me pasó algo muy raro…-

La madre, en un estado casi catatónico y sin escuchar palabra alguna, interrumpió al joven.

-Este es el encendedor de tu abuelo. Hace años que no lo veía-

Un escalofrió gigante recorrió la espalda del joven. Los pelos se le erizaron. Se le secaron los labios en un segundo. Sintió que iba a desmayarse, el aire no corría por sus pulmones…

Pero su madre volvió a interrumpir.

-Hoy se cumplen 20 años desde que nos dejó.- Dijo la madre, ahora más calmada. Mientras miraba ahora el reloj como si se tratase de una señal. -20 años- repitió – Justo tu edad-

El joven era ahora el que estaba catatónico…pero a la vez se sintió calmado. Era una extraña sensación.

-Sabes, es curioso, siempre dijo que cuando tuvieras edad suficiente, se iba a sentar con vos a fumar un cigarrillo y a charlar de la vida.- Remató la madre.

Los ojos del joven se llenaron de lágrimas. Ya no había terror. Había una mezcla perfecta de millones de sentimientos.

El joven abrazó a su madre y la apretó fuerte.

-Pero… ¿Qué pasa hijo?- dijo extrañada la madre.

-No es sencillo, mamá, creeme que no me es sencillo- exclamó el joven mientras ambos se entrelazaban en un abrazo eterno.

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