Y me pintaste de vos con los pinceles del tiempo

Capitan 3

 

—Estamos llegando a Montevideo, Capitán.
—Dele aviso al Almirante, yo ahora salgo a cubierta, grumete.
—Sí, Capitán.

Apenas el grumete cerró la puerta miró por la ventana de su camarote. Abrió las dos hojas de la ventana y lo volvió a inundar el oxígeno marino, esa atmósfera que lo había mantenido vivo durante tantos años… Tenía miedo, pero le gustaba. El miedo era la señal de que estaba viviendo algo emocionante, y probablemente jamás hubo vivido algo tan emocionante como aquello. ¡Había vivido tantas batallas…! Africa, el Mediterráneo… había recorrido el mundo, había pintado todos los encuentros, todos los combates…

A cada bocanada del mar sentía que los caracoles de las profundidades del mar ya no lo miraban. Sentía que aquella llanura móvil e inestable, desobediente y viva le estaba soltando la mano. Las gaviotas parecían volar más lejos esta vez. No sabía vivir sin el mar. No sabía.

Volvió la mirada a su camarote. En Argentina no sería igual. La Armada Francesa era de las mejores del mundo. En Argentina… quién sabe. No, sí sabía. No había comparación, y estiró la mano y tocó las paredes de madera. Tenía miedo. No había vuelta atrás, pero la decisión difícil fue allá, en Francia. Ahora no iba a retroceder.

Abrió el ropero y sintió una puntada en el pecho al ver el uniforme francés. Supuestamente ya había hecho el duelo, pero ¡cómo le costaba dejar el uniforme por el que se había jugado la vida durante los últimos diez, quince años! Tomó la percha y lo sacó. Lo tendió sobre la cama y en su garganta se le hizo una piedra y por sus ojos casi se le escapa el miedo. El miedo, pero sin dolor.

Ya no había dolor. Desde que había cruzado a Argentina los sentimientos se reinventaron. Todo se sentía diferente. Y ya no quería otra cosa. Volvió a la ventana. ¿Sería sugestión suya o el mar estaba cada vez menos salado? El mar lo dejaba, le soltaba la mano. Los caracoles que a menudo imaginaba mirando el mar en sus travesías, y que los podía casi sentir en sus acuáticos rincones mirándolo pasar por cualquier latitud, por cualquier sendero que solo ellos conocían ahora no lo miraban. Estaban muertos. Muertos otra vez, como caracoles que eran. Sus sueños se habían secado en tanto mar. O mejor dicho, “su” sueño se secaba, y la sal se iba, y el mar lo abandonaba, y los sueños se secaban. Ya no habría sueños para nadie, serían otros, pero no los suyos.

Volvió al catre con más determinación, tomó el traje sin mirarlo tanto y empezó a abrirlo para vestirse. Volver a la Argentina… Parecía un sueño, menos ostentoso que los de los caracoles, pero mucho, mucho más intenso. Las aventuras nunca son elegantes, y Argentina tampoco lo era. Estaban plagados de insólitas guerras civiles, empezaban a hacer un país, no recordaba quién era el presidente, ni el gobernador de Buenos Aires, hasta dónde llegaba el país, ¡Argentina era inmensa! Siempre que pensaba en esas llanuras se le venían a la mente los paisajes africanos, con jirafas, elefantes, monos… rinocerontes… Se subió el pantalón y tiró hacia arriba para fajarlo bien. Y se sentó para ponerse las botas.

Cuando se agachó se le aflojó un poco la faja y también algo en el pecho, y sus ojos lo sorprendieron empañados. Nadie puede imaginar lo que amaba su Armada Francesa, su bandera, navegar, cada barco… Había capitaneado los barcos más importantes de la flota francesa, ¡los mejores! Nadie iba a entender esto. El Almirante y el secretario tratando de convencerlo de que se quede en la fuerza… Pero… ¡si yo jamás habría traicionado la bandera de la revolución, la bandera de los colores, la hermosa, la que tantos países habían copiado…! El Almirante con eso de que era el mejor en su promoción, políglota, matemático y pintor. Con sus batallas, sus condecoraciones… con apenas treinta y tres años, soltero… Eso le dijo, con “apenas” treinta y tres años y ya habiendo navegado las fragatas más importantes… y al fin sus ojos cedieron, soltó su cabeza que sus manos atajaron y un gemido suave, casi inaudible chifló como el vapor de una pava de sus manos temblorosas.

Listo. Se paró, se secó la cara y volvió a mirar a la ventana mientras se vestía. Era la tercera vez que lloraba. La primera hacía unos meses cuando dejó la Argentina, la segunda cuando se fue del despacho del Almirante después de haber pedido la baja de la Armada Francesa para alistarse a la Armada Argentina, y la tercera ahora. Las conversaciones con el Almirante en el viaje habían sido agotadoras. En todas el Almirante terminaba la conversación sirviéndole una copa de vino y diciéndole que no entendía los motivos, los verdaderos, porque los que el Capitán le exponía no le cerraban del todo, no lo convencían. Era el mejor de su camada, y probablemente un marino que llegaría alto… y se iba a la Argentina donde no pasaba nada, y los únicos peligros eran ellos mismos. “Sí, Almirante. Es que nací allá”. “Dígame la verdad, Capitán. Si usted estaba más que contento en Francia. Tiene sus parientes allá…

Esta vez se rió divertido mientras metía su camisa en el pantalón y buscaba el saco. “Sí, mis parientes están en Francia, pero yo soy este, y este se va a la Argentina”, le habría contestado dos noches atrás con varios vasos de vino encima, ya por fin más distendidos, más amigablemente distendidos.  Se puso el sombrero y salió a cubierta.

No había olor a mar.

Bajó las escaleras y divisó en la proa al Almirante apoyado en la baranda.
—Capitán, estamos llegando. ¿Se dio cuenta de que no hay olor a sal?
—Sí, Almirante. Es que es un río.
—Sí, el Río de la Plata. Pero jamás pensé que fuese así, tan amplio…
—¿Usted no había venido hasta acá?
—No, estuve mucho en Asia y también estuvimos en el Norte de América. Y en Brasil del Caribe. Nunca vine hasta acá.
Se hizo un silencio lleno de viento, y el Almirante continuó.
—Evidentemente algo me he perdido, por lo que veo que está haciendo usted, Capitán.
Y se rieron.
—Bueno, Capitán. Me voy a preparar. En menos de veinte minutos estaremos en las costas de Montevideo y me voy a preparar. Tengo que releer los nombres de sus autoridades y cuál es el protocolo de allá.
Dio dos pasos y volvió a mirar al Capitán.
—Capitán, es la última vez que se lo pregunto. ¿No quiere volver? Yo lo arreglo todo.
El Capitán miró al piso y no contestó. Era evidente que no se arrepentía.
—Dígame, Capitán. Por qué.
—¿Por qué?
—¿Por qué se va?
—Ya se lo expliqué, Almirante.
El Almirante asintió, miró al piso y se fue a su camarote. El Capitán se volvió hacia el agua, a ese mar que no era mar, a esa nueva inmensidad que ahora hacía suya. Como a esa Argentina grande y naciente… Como a Cecilia, la hija del hombre que le enseñó a pintar en las calurosas calles de San Telmo,  y que seguía viviendo en la misma casa, con las mismas flores y con los mismos recuerdos. Como a Cecilia. Y volvió a sonreír, y volvió a pensar su nombre. Y volvió a sonreír.

Y el mar sopló su última brisa.

Y se volvió río.

 

(Esta es una historia real; después de 15 años el Capitán volvió por accidente a la Argentina y se encontró con la hija del hombre que le enseñó a pintar en las calles de San Telmo cuando él tenía 12 años y ella tal vez 6, y dejó todo un presente fácil y armado, cómodo, y partió a buscar un nuevo presente incierto, raro, incómodo, pero con ella).

 

Capitan 1

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