Yo soy mi juez. Ella… mi Dios y mi verdugo

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Recuerdo que era una tarde de agosto de esas que traen los últimos fríos (como solía decir mi abuelo). Yo me encontraba caminando de regreso a casa. Había decidido caminar para aclarar mis pensamientos, mis sentimientos, para hacer mi duelo, pues venía de la casa de aquella mujer que tantos años había amado y quien había sido mi compañera de vida, novia, amante y amiga, pero, como nada es para siempre, esto tampoco.

Saque un cigarrillo del bolsillo interno de mi sobretodo, mi famoso encendor a bencina dio lumbre a aquel cigarro, levante el cuello de mi abrigo y los recuerdos empezaron a venir tal como ese viento que me golpeaba la cara. Por suerte, la oscuridad iba cubriendo mis pasos y mis ganas de llorar. Dejé venir a los recuerdos como al humo que entraba en mis pulmones. Recordé el día que la conocí. Aún no puedo dilucidar si ese fue el día más feliz de mi vida o fue aquel en que me dijo que me amaba por primera vez.

Ella venía con sus compañeros de facultad, estaba en primer año de medicina, quería ser pediatra, recuerdo, amaba los niños. Yo… yo era dueño del bar más cercano al establecimiento educativo, por eso, la veía casi a diario cuando venía a almorzar o pasaba a buscar su tortita con café, ¡puta madre! Si me acuerdo que una vez me miro fijo porque le di mal el vuelto y esos ojos azules como el mar casi me provoca un paro cardíaco… en fin.

Siempre fui un tipo de noche andar, nunca tuve suerte con los libros, no por falta de inteligencia sino de voluntad, pero era bueno en lo que hacía, los bares, discos y todo aquello que incluyese la luna, el alcohol y los demonios de la noche era lo mío. Desde muy joven había incursionado en el tema, empecé desde abajo como todos: primero acomodando botellas, luego chico del hielo, barman y, cuando mi cuerpo se desarrolló, fui seguridad y hasta jefe de seguridad. Al final de más de una década dedicándome a la noche, tenía mi propio bar, ese donde iba ella, la niña que me robaba el sueño. Digo “la niña” porque yo tenía unas cuantas primaveras más en la tierra que mi dama, situación que hacía aún más imposible, para mí, que en aquella época ella notara mi presencia como hombre posible para su vida. Aún así la conquisté a base de risas, de mi picardía siempre latente, mi caballerosidad y, poco a poco, me animé a invitarla a salir. ¡Cómo me hizo remar! Si recién a los dos meses me dio un beso. Ese día casi me desmayé… en serio.

Al principio todo era maravilloso entre nosotros, como toda relación que comienza. Esperaba que pasara por el bar, le cocinaba algo especial, alguna cosita para sorprenderla. Siempre fui artífice de sus más grandes carcajadas y eso la enamoraba. Sus padres no estuvieron muy de acuerdo, puesto que yo era  “muy grande”, decía su mamá. Poco importaba. Nosotros nos amábamos y no íbamos a permitir que nos separaran. Nadie entendía que su juventud me rejuvenecía y que mi experiencia la hacía madurar. Sólo nosotros dos… los que se amaban.

Los años fueron pasando para ambos, ella fue creciendo y yo envejeciendo, ella fue madurando y yo pudriéndome. Ella empezó a notar que se aburría conmigo, pues los años me habían quitado el “don del payaso” y yo notaba como iba perdiéndola sin encontrar remedio más que seguir amándola con locura con todo lo que tenía para dar… pero no me alcanzó. Y así fue que una tarde de agosto, de esas que traen los últimos fríos, fui a su casa como de costumbre, pero esta vez caminando. Dejé mi auto en casa, dejé las llaves del bar a un amigo… no iba a volver.

– Tenemos que hablar – le dije.

– Sí – me respondió ella.

– Esto no va más de esta forma – exclamé, mirándola a los ojos -. Siento que te pierdo segundo a segundo, siento que te alejás de mí y, en mi intento desesperado de sostenerte a mi lado, siento que te ahogo – dije bajando la mirada.

– Es cierto – me dijo mientras apoyaba una mano sobre mi cabeza – creo que ya no te amo como te amaba, siento que a mi vida le falta una familia, hijos, un hogar… y son cosas que no estás dispuesto a darme. Quizás porque ya pasó tu tiempo, por tu amor a llegar de madrugada o porque simplemente no naciste para eso – fueron las palabras más duras y tristes que la escuché decir.

No había mucho más por hacer, el fin había llegado. Le di un abrazo y sentí su lástima por mí cuando me correspondió. Ese sentimiento puede convertirse en el disparo más letal para quien lo recibe: nada peor que sentir que, aquella que tanto te amó, hoy sólo tiene lástima por vos, es mejor irse de inmediato salvando la poca dignidad que a uno le queda.

Un ruido lejano me trajo de nuevo a la realidad. Cuando tomé razón de dónde me encontraba, noté las vías del tren que pasaba cerca de casa: el carbonero que va a Buenos Aires. Miré sobre mi derecha y lo vi aproximándose con su constante rechinar de fierros viejos y ese humo de locomotora que enceguece todo a su paso.

Yo fui mi juez, que me resolvió que era mejor dejarla ir y no a seguir sintiendo esa lástima desgarradora. Ella fue mi Dios todos los años que me amó y que tan feliz me hizo.

El tren está casi por pasar delante de mí. Un paso y me libero de tanto dolor que me acongoja por dentro. Un paso y seré libre.

-Pagué todas mis deudas – pensaba – puedo irme en paz ahora. Un paso voy a dar cuando la máquina esté casi encima de mí.

El paso lo di… pero hacia atrás. Nadie muere de amor, y cobarde aquel que lo intente. Saqué otro cigarrillo y empecé de nuevo, estoy muy viejo para morir tan temprano.

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