/Argentina, un país enfermo

Argentina, un país enfermo

En Argentina el fútbol es una mafia, el rugby mata, los políticos son corruptos, la justicia está comprada, la minería contamina, los medios de comunicación son un circo de mentiras, los policías son delincuentes, salvo contados casos, la educación escolar pública es un desastre, los sindicalistas son mafiosos… creo que es hora de dejar de culpar a las instituciones y darnos cuenta que el problema somos nosotros, los argentinos, que no somos un «país con buena gente» como nos han pretendido hacer creer, sino que somos un país enfermo, donde los pillos son mayoría y han infectado y podrido todas las estructuras sociales.

Y no solo está en las instituciones, sino que está entre nosotros como personas, en nuestra sangre, en nuestra genética. Nos quedamos con los vueltos, no pagamos los impuestos, nos adelantamos en la cola, le esquivamos a los controles policiales, nos copiamos en los exámenes, truchamos certificados de todo tipo, vendemos y compramos en negro, traficamos productos, plagiamos, copiamos, robamos, estafamos, caranchamos, engañamos, coimeamos, le buscamos la vuelta para «hacerlo así nomás», para que «pase desapercibido», para que «no se den cuenta»… total, el otro roba más, el otro mata más, el otro estafa más, el otro es peor, o lo que es peor… todos lo hacen, a todos les pasa, nadie puede sino, es la manera, es la costumbre y un sinfín de excusas.

La culpa es del otro, no nuestra, somos fáciles para señalar con el dedo sin que ese dedo jamás nos señale a nosotros. Y está tan entre nosotros este estilo de vida, que glorificamos y endiosamos al pillo, al chanta, al pícaro, al ladri, al que hace de esta «viveza criolla» una religión. Idolatramos a tipos reventados con conductas anti deportivas, anti sociales y anti éticas 24×7, pero defenestramos a deportistas sublimes por no traer una copa; son unos grosos y queremos ser amigos de los barras más violentos, más movidos, más faloperos, con más contactos y movida, más mafiosos y metidos en un negocio que todos conocen y nadie detiene, pero nos parece un gil el que va con la novia a la cancha o con los hijos o los padres. Nos parecen astutos, bichos y sagaces los políticos que tejen telarañas de rosca para sus arcas, que se rodean de militancia activa y se forran de guita cagándose en el pueblo que los votó, nos parece «movido» un gil que lleva a cientos de idiotas a votar, a cambio de un chori y una coca, ese pibe vale, ese pibe es crac, no otro con ideas sólidas, estudiadas y posibles de aplicar para mejorarle la vida al pueblo. Es inteligente, capo y pillo el empresario que evade impuestos, que se queda con terrenos del Estado, que maneja hilos mafiosos en la sociedad, que está detrás de todo; con ese queremos estar, con ese nos queremos juntar, ese es el objetivo.

Y así se nos ríen en la cara, se nos cagan de risa todos, se divierten haciendo crecer la grieta inventada por ellos para que nos matemos entre nosotros, mientras ellos se manejan con total impunidad. «Divide y reinarás» es el lema que lleva tatuado a fuego el argentino promedio, y son quienes están arriba los mismos que echan leños a este incendio de mierda. Pero los de abajo somos exactamente iguales, solo que sin poder. Todos sabemos que hay mafia en el fútbol, dónde está y quiénes son los partícipes, todos conocemos a los políticos corruptos, que han hecho y cómo se manejan, todos sabemos dónde está el ladrón del barrio, el narco del barrio, quién produce, quién vende y quién consume, todos, absolutamente todos. ¿Y por qué nadie hace nada? Porque en el fondo somos iguales, porque no nos importa, porque somos vagos, porque en Ucrania tiran a los políticos a la basura, porque en Suiza no hay inflación, porque en Finlandia las cárceles están vacías, porque en Islandia podes dejar el auto con la llave en la calle que nadie lo toca, porque en Mónaco no hay homicidios, porque en Inglaterra el micro pasa a los segundos exactos, porque en Portugal te olvidas el celu el en taxi y el tipo te lo devuelve, porque en Chile no podes coimear a un carabinero, porque en Austria vas al baño del bar y dejas las billetera sobre la mesa y nadie la toca, porque en Dinamarca todos los empresarios pagan todos los impuestos, y una larguísima lista de cosas que nos cuentan o que hemos vivido en algún viaje, pero acá no se puede. No… nosotros no podemos, nosotros no estamos para eso, nosotros no lo lograríamos… ¡y claro que no si estamos enfermos!

El Chino Zavala dejó en un ejemplo un resumen perfecto de lo podrido que estamos: «Venía en auto con un matrimonio, la señora hablaba casi de los mismos temas que vos planteás en el primer párrafo, cuando de repente reventó un neumático, las críticas ahora fueron a la Municipalidad por el estado de las calles y los corruptos que se quedan con la plata de la obra pública y de paso también al gato hidráulico y los que lo fabrican que son ladrones porque te venden algo de inferior calidad y bla bla bla. Subidos al auto y con total naturalidad le dice al marido —Estaba pensando que tendrías que denunciar que te la robaron sino los delincuentes del seguro no te lo van a reconocer —Él la fulminó con la mirada y ella hizo silencio, seguramente pensando que había metido la pata por decir eso delante de otra persona, yo creo que no, sino que el flaco es un tipo íntegro y le pareció mal…»

Estamos enfermos con un cáncer maligno imposible de extirpar, y esta nota no pretende ser fatalista, sino que es una cachetada cruda a la realidad. Transitamos generaciones donde los niños no han visto ni siquiera a sus abuelos trabajar o levantarse a cumplir horarios, entonces… ¿cómo pretendemos que ese pibe entienda de la importancia de un oficio, de la responsabilidad, de la formación y la dignidad? Nos han bombardeado con un gas mostaza de vivillos, de granujas, de pícaros, de taimados, de especuladores que, tal como la letal arma, va a afectar a varias generaciones venideras. No hay institución o escalafón social que no esté corrompido por nuestra condición, existe, lógicamente, una cuestión propia del ser humano que nos lleva a sociabilizar, pero queremos creernos que esa «buena onda» es «de argentino», cuando es natural del hombre ser así, lo que sí es «de argentino», es todo lo demás, todo lo malo. Damos vergüenza.

Vuelvo a decir… estamos condenados al fracaso como país, pero no por culpa de los políticos, el peronismo, Cristina, Macri, los yankis, los rugbyers, los patovicas, el fútbol, los barras, el narco, la historia, los sindicalistas, la tele o los diarios… estamos así por culpa de nosotros, los argentinos.

ETIQUETAS: