¿Cuándo nacimos?

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Con esto del estudio de la astrología y las cartas natales he descubierto cosas impresionantes, como la manera en la que influyen las emociones de la madre gestante en el niño por nacer. He estudiado, primero y antes que cualquier otra, mi propia carta, porque creo firmemente que la astrología es una herramienta de autoconocimiento.

Y cuando digo autoconocimiento no me refiero a la verdulería de libros de autoayuda, ni a las películas de Julia Roberts, ni a los consejos de los gurúes de moda. Hablo de saberse de verdad, de ser conciente de que esta que soy aquí y ahora tiene un antes, y también un antes de ese antes y en fractal infinito hacia el pasado y también hacia el fututo.

Por lo que el tema de la muerte me ha hecho entrar en las más profundas reflexiones, como así también el tema de la vida.

Soy conciente de que mientras escribo estas líneas millones de células están muriendo en mí y que los telómeros de mi ADN harán que se repliquen otras. Claro que en menor volumen y velocidad a la que lo hacían veinte años atrás, pero se reproducen.

A cada segundo voy muriendo y renaciendo en ese microscópico espacio interno y así fue desde que el espermatozoide de mi papá se juntó con el óvulo de mi mamá. Óvulo que se había formado en su ovario mientras mi abuela la gestaba.

También soy conciente de todas las veces que casi me morí y no sucedió, aunque podría haber sucedido. Y ahí las cosas se complican un poco más porque hubo un despertar, un algo que activó mi conciencia de estar viva, una razón por la cual no era mi día y hora para seguir a otro plano.

Haciendo retrospectiva, creo realmente que aunque no morí del todo, sí he renacido varias veces. Al dolor, a la injusticia, a la travesía laberíntica de los mandatos familiares.

Nací con un nombre y en el camino aparecieron otros. Y llegó Lobesia un día de agosto para recordarme que tener alas es romper la crisálida y animarme a volar. Es fácil la oscuridad del útero, de la pupa, de la caverna. A esos lugares volvemos a lamernos las heridas para volver luego, renacidos.

Así que si se trata de decir cuándo nací, podría decir que hoy y también que me morí ayer. Porque morirse es un ejercicio que hay que acostumbrarse a hacer. Morirse cada noche al cerrar los ojos y decir: gracias, estuvo hermoso esto, me encantaría seguir aquí pero quizás luego esté mejor. Y al abrir de nuevo los ojos decir: gracias, estoy de vuelta y voy por más.

¿Qué importa lo que dice el DNI? Bah… le importa al dueño del sistema al que me acomodo por conveniencia pero con conciencia de que no es real, que yo no soy esa.

Yo soy la “madre fuerte” que define mi hija; soy la “nena de ojos grandes” que vio mi padre al recibirme; soy la “niña” que ve el verdulero; la “Lobe” de ustedes; la “brujita” de mis amigas; la “loca bella” de mi amor,  la “guerrera de palabras” que marcan Marte y Mercurio en mi carta astral. Soy tantas… Cada una nació en un momento y también morirá, como murió la “piba de gimnasia”, el “proyecto de abogada”, la “mujer casada”. Y se están gestando unas que ni les cuento.

Nacer no es una fecha en lugar y a una hora. Nacer es un atributo de la inefable trascendencia en constante evolución. Y morir… Morir es un epitafio que diga: muchas gracias, buenas noches, nos vemos por ahí.

Y vos… ¿Cuándo naciste?

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