La Luna, la madre y los ciclos de la sangre

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Según la tradición oral, la especie humana apareció en la tierra una noche de luna llena. En esa noche oscura el creador habría moldeado a sus seres predilectos y les habría dado el poder de crear, de destruir y de reconstruir. Para los humanos, al igual que para todas las criaturas de la naturaleza, la concepción, el temblor del génesis primero, la explosión de la semilla por la fuerza vital, se produce en la oscuridad, en la noche del tiempo, en el abismo de las tinieblas. La oscuridad es la misteriosa madre de la creación y la luna es su reflejo uterino, el ojo de la matriz abierto a la tierra sobre la que apoyan nuestros pies.

Cuando veo la posición de la luna en una carta astral analizo la forma en la que esa persona canaliza sus emociones. Eso no es algo para nada aleatorio puesto que la luna natal de un individuo indica por sobre todas las cosas la influencia y huella de su madre en el desarrollo de esas emociones.

Es asombrosa la correspondencia de la posición de la luna de un individuo con la posición de la luna en la carta de su madre. Cuando les digo el signo solar de su madre,  la relación que han tenido con ella y la relación de ella con el padre, la mayoría se queda asombrada. No es para menos. La luna es, de todos los elementos de una carta astral, la clave para entender cada uno de los conflictos en cada una de las áreas de la vida.

El satélite madre es la madre satélite, la que siempre está girando alrededor nuestro, la que se preocupa por nosotros, la que nos sobreprotege, la que nos marca los tiempos de la comida, del sueño, del baño, del trabajo y del amor. Es la que nos enseña todo lo que necesitamos para sobrevivir, es la que nos ilumina las noches, intensa cuando está llena y sigilosa cuando está nueva.  

La órbita de la luna en puntos de cruce con la órbita de la tierra es la que determina la posición de los eclipses. Esos puntos nodales están vinculados al karma arrastrado por el árbol genealógico y es un reloj de agua extremadamente preciso en lo que hace a las decisiones trascendentales que tomamos en la vida. Digo bien. Las decisiones trascendentales de nuestra vida están influenciadas por la luna y por nuestra emoción vinculada a la pertenencia y origen maternal a través de los ciclos lunares.

Las mujeres, como las fases de la luna, entendemos los momentos del tiempo con los ritmos de la sangre. Las civilizaciones ancestrales no sólo hacían de esto un culto femenino y de vinculación al proceso creador de la naturaleza, sino que los hombres honraban aquello como un altar inviolable. Las mujeres que eran esposas de varios hombres y tenían hijos de todos ellos, se reunían con las féminas menstruantes a compartir el espacio en el que ni un solo varón tenía permiso a acceder. Allí reían, cantaban, contaban historias, se consolaban, se aconsejaban y nutrían la naturaleza esencial de la creación que portaban en el útero sangrante. La cultura fue tapando esto por sucio, impuro, malo.

La sangre no sólo es vida, a veces es muerte, a veces es alerta y siempre está asociada a un dolor. El dolor femenino de parir, de no gestar, de enfermar y de envejecer.

Cada etapa de la vida con una luna dominante, cada luna con una historia vinculada a la madre y también a la hija. Y si hablo en estos tiempos de madres y de hijas no excluyo a los varones, que también sangran por otras razones y distintos espacios. Hablo del espacio femenino del ser, del espacio sensible, del que llama a la reflexión sobre los asuntos del alma que habita en machos y hembras de la naturaleza.

Cuando llegan los hijos, lo hacen con sangre y así también se van. Así perdemos los que no nacen. Así se inician los que crecen. Y en el útero se refleja ese aguijón punzante que late. En el útero habita la sabiduría que conoce del proceso vida/muerte/vida como el espiral de la creación reproduciéndose en fractal infinito.

En la sangre está el misterio sagrado para entender todos los demás misterios y por eso la luna es la llave al inconciente, a la emoción, al espacio creativo y creador, al niño interno y al éxito de todo lo que gestamos.

En las cartas astrales se analiza la fase en la que estaba la luna no sólo en el momento del nacimiento sino, por ello, claramente el momento de la concepción. Ese ciclo es exacto, no hay nada en la naturaleza que escape a la puntualidad del ciclo lunar. Incluso en partos prematuros, porque analizando la luna de concepción se ven los tránsitos que marcaban ese nacimiento antes de lo esperado aunque, por la sabiduría de la naturaleza, igualmente en el tiempo exacto.

Los ciclos de la luna son los ciclos de la sangre. La luna no sólo marca el inicio de las menstruaciones femeninas sino que las rige hasta la menopausia. La luna rige el momento de los embarazos, el momento en el que nos enamoramos, el momento en el que enfermamos y sanamos, el momento en el que los hijos se van, los momentos de crisis, de transformación, de resurgimiento.

La luna rige a Cáncer, sólo a ese signo que parte en dos nuestro calendario gregoriano. Cáncer es la luna en su máximo apogeo emocional. Nos muestra lunas fuertes, demandantes, matriarcales.

He visto lunas opacadas por soles, violentadas por Saturno y violentas con Marte, heridas por Kirón, suavizadas por Venus, con inteligencias mercuriales, dominantes con Júpiter, excéntricas con Urano, profundas con Neptuno y silenciosas con Plutón.

He visto lunas de cuartos menguantes autodependientes y también con cuartos crecientes de implacable optimismo renovador.

La luna es el origen, el norte y el destino. La luna es el don creativo, la vasija que recibe y el cántaro que da. La luna es el agua que nos mantiene vivos, la humedad que rompe el germen, la oscuridad de las crisálidas y la victoria en la noche oscura del alma. La luna es la Pachamama abrazando a la Virgen madre y la sangre de la Madre virgen regando el útero de la Pachamama. Las madres son el vientre de la luna en el que se gestan los hijos de la tierra.

Hay una teoría poco científica que,  al menos, deja la duda sobre el puente de los mundos. Dice que esa luz al final del túnel, que describen aquellos que han estado en el umbral de la muerte, es el mundo exterior en el orificio vaginal del canal de parto. Esta metáfora nos muestra, más allá de su verdad o no, que el momento en el que somos conducidos a la vida por la fuerza de una madre que empuja es siempre un ciclo de lunas de sangre, de gritos, de dolor y también, por todo ello, de potente transformación. Si la luz al final del túnel cuando morimos no fuera el inicio de la siguiente encarnación, sería el recuerdo del principio de nuestra vida en el ocaso de la existencia. Un retornar al origen, un volver al útero gestante, un despertar interior a la verdadera naturaleza existencial en el ciclo completo de todas sus muertes y renacimientos. De una manera o de otra, el canal vaginal es el puente de entrada y salida a esta existencia de memoria conciente que llamamos «vida».

Nuestra madre tiene el tiempo de la luna, mirarla es iluminarse, saberse parte de una creación en movimiento, entenderse responsable del ciclo creativo y encontrarse en esos ojos como en ningún otro sitio en el mundo.

Cuando los ojos de una madre se cierran a la existencia física, ella vuelve al útero de la abuela, de la vieja sabia, de la huesera en el desierto. Ellas siguen siempre orbitando alrededor de nuestra energía, en ese espacio en el que somos nosotros mismos con nuestra emoción genuina, con nuestro deseo primordial, con nuestra libido en carne viva.

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