Un millón de flores a Florencia

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Dicen que los nombres nos definen, que nos marcan, que con ellos recibimos un legado. Florencia, “la que es bella como una flor”. Y la cortaron. La amputaron de su familia, de sus amigos, la arrancaron de la vida como a muchas, no le perdonaron la belleza, la primavera de sus años, los oficios sagrados de la juventud en el abrir de pétalos.

Yo no quiero hablar de esos, de los soldados de la muerte que amenazan la luz urgente con la que las mujeres brillamos al andar. A ellos que los alcance esa hoz a la que sirven, en la peor de las circunstancias.

Quiero hablar de ella, de nosotras, de las que para mantenernos vivas tenemos que cuidarnos porque no nos cuida nadie. Quiero hablar, como mujer y madre, de los desafíos que enfrentamos todos los días, porque cuando no es un desconocido es el amigo de un amigo, o un vecino, o el padre de una amiga, o el taxista que habla en código, o el que se baja atrás tuyo en la parada del colectivo, o el sacerdote, o un miembro de la familia, o un compañero de trabajo, un jefe. No confiamos en nadie, estamos atentas a los roces inapropiados, a las demostraciones de afecto exageradas, a las miradas oscuras, al comentario fuera de lugar, a la agresión solapada. Hasta ser simpáticas nos cuesta explicaciones y malos entendidos.

Nos van arrancando los pétalos, nos van dejando sin flores, nos van manchando los colores y morimos en el juicio moral que no alcanza a esos que nos desparecen, que nos ocultan con los celos, que nos reprimen con la desconfianza, que nos oprimen con la autoridad, que nos señalan con el dedo, que nos adjetivan sin piedad.

Nos dicen locas porque reaccionamos, porque estamos atentas, porque desconfiamos, porque aprendimos a ver sombras, porque denunciamos.

Nos dicen putas por un escote, un labial intenso, una espalda descubierta o un pantalón ajustado, por una foto insinuante, por una personalidad inquieta o porque sonreímos con la belleza de eso que somos: flores abiertas.

Y siguen las carrozas llegando a los cementerios, siguen las denuncias sin ser escuchadas, siguen las alertas amarillas siendo cubiertas por los defensores del derecho a la duda. Duda que no nos cabe a nosotras ante el calificativo infame y deshonesto que pareciera exculpar los motivos siniestros que hay detrás de semejante ultraje a la naturaleza femenina en su conjunto y a cada una de nosotras como parte de un colectivo que sufre siempre la peor parte de esta historia.

Pero seguimos dando rating a los morbosos, votos a los delincuentes, aplausos a ídolos de barro, llamando bruja a una mujer indómita, permitiendo la ignorancia, abrazando ciertas cadenas, inmolando emociones viscerales por el prejuicio absurdo. Seguimos festejando epítetos clasistas.

Como las flores, abrimos nuestros néctares a las abejas, colibríes y mariposas, recibimos y hospedamos la vida como vasija de semillas. No queremos que nos regalen flores, no queremos que nos arranquen del tallo, no queremos que nos deshojen como margaritas al deseo del querer o no querer, no queremos secarnos como cadáveres adornando un ramo o una solapa. Queremos aprecio, cuidado, admiración ante el oficio natural que nos cabe en la cadena de la creación: alfareras celosas de nuestros territorios, cuerpos libres de pétalos enteros que siguen floreciendo para la esperanza.

Y también quiero hacer una mea culpa como mujer, porque todo lo antedicho lamentablemente no nos exime. No dejo de escuchar mujeres contra mujeres, como si ser parte del género nos permitiera estar exentas de la violencia que ejercemos contra nosotras mismas.

La que elije quedarse en su casa cuidando a los hijos no es una cómoda, mantenida o sometida. La que decide priorizar su profesión a una familia no es una desalmada. La que estudia no es más inteligente que la que limpia casas. La que cobra un plan no es menos digna que la que cobra un sueldo. La que se pone un pañuelo no es una extremista. La que abraza una causa no es una resentida. Paremos con las categorías, con las jerarquías, con el chisme.

Cuidarnos es, por sobre todas las cosas, estar atentas con las que tenemos cerca. Mirarnos, ayudarnos, aceptarnos. No alcanzan las marchas, ni los zapatos, ni las velas. El principal desafío que tenemos es abrazarnos con las distintas, no juzgarlas, no mirar para otro lado y ser madres de todas, hermanas de todas, hijas de todas, incluso de aquellas que miran por encima del hombro pensando que no les va a pasar.

No salgamos a quemar todo, salgamos a sembrar flores, a abrir las tierras de las plazas, dejemos los viveros vacíos, metamos las manos en la tierra para plantar la realidad desde la belleza que nos habita. Honremos a Florencia con una primavera, que su nombre y su historia sean recordados desde la vida, aún con la lágrima silenciosa mantengamos la llama encendida, hagamos una historia nueva desde el infierno sombrío, transformando en colores su memoria y la de todas las que ya no están para que realmente haya  #NiUnaMenos.

Perdonanos, chiquita hermosa, no te cuidamos suficiente.

Escrito por «Todas Nosotras» para la sección: