El barrendero de palabras

El viejo linyera entraba todas las mañanas, bien temprano, al café Isaac Estrella con las mismas cosas en la mano: escoba, pala y una bolsa de nylon.

Pedía cortésmente permiso para barrer el piso del bar, gratis. Tulio siempre lo dejaba con un gesto de simpatía; le caía bien ese viejo raro, maloliente que cumplía esa rutina casi todas las mañanas. Barría todo el piso, juntaba el polvo en la bolsita, daba las gracias y se iba. Nada más.

Un viernes temprano, el café no estaba vacío; un comensal estaba apurando un desayuno tardío cuando entró el viejo. El sol le recortaba la figura contra el marco de la puerta.

– Tulio, venga. Parece que encontró ayudante, ¿verdad? Jajaja – El viejo barría, corriendo las sillas.

– ¿El viejo? Seee, me barre el café – Tulio no se encontraba cómodo con la pregunta.

– Está bueno que le puedan ayudar con unos mangos al pobre viejo.

– Lo hace gratis – Contestó Tulio secamente.

– ¿Gratarola? ¿Y por qué, si se puede saber? Viejo chiflado, ¿no?

– Una vez le pregunté. Me dijo que él viene a barrer las palabras, frases y conversaciones vertidas por los poetas, escritores y actores que suelen venir acá por las noches, los de la sucursal mendocina de los muchachos sensibles de Flores. Dice que las está juntando.

– ¿Barrer las qué? ¿Las palabras? ¡Definitivamente, el viejo está loquísimo! ¿Y usted lo deja?¿Qué opina? – El cliente se estaba poniendo entre jocoso e impertinente.

Tulio se encogió de hombros con indiferencia. – No parece ser una locura agresiva; he visto entrar por esa puerta a maridos cornudos arma en mano, pateando sillas, a mujeres totalmente enloquecidas, enfermas de odio, a lunáticos y predicadores insolados, a prostitutas tristes y suicidas. Este viejo es de los más sanitos, si acudo a la memoria.

– Igualmente, el tipo debe estar senil. ¿Le dijo para qué las junta?

– Sólo me contó que está juntando cultura, que es un desperdicio que tanto talento vital se pierda. Que esto lo nutre de alguna forma, a él.

– ¿Me cobrás, Tulio? Se me hizo tarde – Tulio sintió alivio; no le caía bien ese cliente.

***

Medianoche en el café Isaac, ya medio transformado en bar. Risas, charlas, murmullos, rostros encendidos, ojos brillantes, miradas atentas. La mesa de los poetas y escritores está a full; corre el alcohol, a la comida no le dan importancia. Las manos van y vienen describiendo arabescos ampulosos en el aire; el humo del tabaco les da una nube espesa de microclima.

En eso, ingresa un hombre mayor de traje, pulcro, afeitado y perfumado. Busca la mesa de los poetas con la mirada y se dirige a ella. Tulio observa al personaje desde la barra; por algún motivo oculto, le resulta familiar. El hombre conversa brevemente con los de la mesa; le ofrecen una silla y se sienta. Al instante se lo ve conversando animadamente con ellos.

La sucursal mendocina de los hombres sensibles de Flores no es para nada elitista, y sinceramente los muchachos estos se enternecen ante cualquier persona, pero este señor les generaba una atracción mucho más intensa, fraternal y familiar.

Tulio se acerca y le dice discretamente al recién llegado al oído:

– Buenas noches, señor: Algo para beber, ¿o una escoba, quizás? – El hombre sonríe cómplice.

– Buenas noches, Tulio, solamente una copa de Chateau Vermont, bien helado. Y nueces en almíbar, por favor.

***

Esa madrugada, al cerrar el bar, para volver a convertirlo en café, Tulio se acercó a la mesa de los muchachos sensibles de Mendoza… vacía y desordenada. Miró hacia abajo, a sus pies. Siguiendo un impulso instintivo, se agachó con la cabeza al ras del piso mosaico y pegó el oído al piso.

Entonces le pareció oír palabras sordas, frases incompletas y murmullos apagados entre las tablas. Y sonrió.

Y supo que le iba tocar barrer a él , mañana…

FIN