El día que Greta terminó con el Mendo

(Aclaración: algunos nombres, lugares y marcas de bebidas fueron cambiados para proteger a los protagonistas)

En Berlín lloviznaba, pero eso no había apocado a los seguidores de Greta Thumberg que se apiñaban rabiosos con pancartas y caretas detrás de su estampa serena e infantil. Ella volvió a tomar el micrófono y el griterío se sumió en un silencio de muerte.
—Hay medios que explotan a sus empleados, y cimientan sus éxitos en la manipulación de las necesidades de estos pobres trabajadores. Crecen y compiten con otros medios que pagan y recompensan a sus escritores, estamos hartos de ver esta situación que se repite…
Un gran desconcierto se apoderó de sus adeptos. Nadie entendía a dónde iba el punto.
—Estos medios son alimento propicio para los descarnados empresarios que se proponen destruir al planeta. No podemos creer que sus auspiciantes alimenten este negocio. Desde su prosa fogonean la destrucción del medio ambiente…
Ahora sí, el grupo de atrás reventó en un grito enajenado.
—Queremos que las empresas y empresarios que lo sustentan con sus fondos dejen de apoyar al Mendolotudo de una vez y para siempre.
El griterío varió un poco, hubo gente que en la confusión de la protesta se la veía callada, mirándose unos a otros, hasta que un importante noticiario alemán hizo la pregunta que todos se estaban haciendo: “¿El Mendolotudo…? ¿Qué es El Mendolotudo?
—El Mendolotudo es un medio —continuaba Greta— argentino, de la provincia de Muindosa, que trabaja para la contaminación, para las empresas y grupos que quieren destruir el planeta, y debemos terminar con él. Por eso le pido a sus patrocinadores…

Los días que siguieron a esta declaración fue de conmoción para los intérpretes de la adolescente, de desconcierto para los opinólogos y de espanto para los integrantes del Mendo que, en plena juntada, no dejaron escapar siquiera el más malo chiste, algo que el alcohol acostumbraba hacer hasta el hartazgo.
—¿Yo entendí mal, o Greta se las agarró con nosotros?
—Entendiste bien, Pajarolotudo. Estamos en la mira de Greta —dijo Bomur mientras hacía fondo blanco  con su vasito de fresita Camboriú.
—Pero ¡tenemos que hacer algo!
—Bueno, estaba pensando que… —pero sonó el teléfono y Bomur se interrumpió, miró de reojo el celular, y con un gesto de derrota lo atendió—. ¿Jorge? Sí, sí… Sí, estamos hablando sobre eso precisam… Sí… mhm… mhm… Pero, pará…, pará, Jorge. No me digas que Higienol nos retira el sponsoreo… Oíme, lo de Greta no tiene fund… Sí, sí, pero lo de… Mhm… mhm… No, no, entiendo. Sí… Sí, está bien. Hablamos, Jorge.
—¿Qué pasó, Bomur?
—Se nos cayó Higienol. Ya casi no nos quedan patrocinadores. Está claro que los que quedan van a llamar en minutos.
Volvió a sonar el celular y se pudo leer a la vista de todos el contacto “Eyelit Adm Lucho”, pero esta vez Bomur no atendió.
—Pero, ¿por qué no salimos a hablar?
—Porque no importa lo que digamos. La niña de los ojos de la prensa mundial, desde Berlín, a ver, va de vuelta, desde BERLIN acaba de decir que somos los malos. ¿Qué podemos decir para que vuelvan nuestros auspiciantes? ¿Qué, Pitolotudo???
—No sé, Bomur… No sé…
—Bueno, tengo una idea. Vamos a escribir todos una nota sobre esto, sobre la acusación que nos hace Greta. Vamos a contestarle, esto no se va a quedar así. Vamos a… a… a ver…
Tras un breve silencio Bombonlotuda levantó su mirada hacia Bomur.
—Pero tal vez Greta tenga razón…
—¿Razón de qué? —preguntó nervioso Bomur.
—Es que tal vez…, ojo, estoy pensando en voz alta, pero tal vez El Mendo nos esté explotando. No sé, pensalo…
—Pero ¿qué decís, Bombonlotuda?
—Nunca nos dieron nada… —dijo mirando la mesa Pomelolotudo.
—¡Pero si ustedes quisieron escribir acá! ¡Si fueron ustedes los que me pidieron…!
—Bueno, pero El Mendo se aprovecha de nuestra situación de vulnerabilidad y no valora nuestro trabajo, Bomur… —dijo con timidez, intentando encontrar las palabras Muñecalotuda.
—¿Me están hablando en serio?
—A mí no sé si me gusta escribir contra Greta, todo el mundo la apoya, ¡muere por ella! ¡Nos van a matar!
—Pero, Tetalotuda, ¡vos escribís para El Mendo! Nuestro trabajo es señalar lo que está mal, lo que nos parece injusto, y vos sabés que no hacemos nada malo con el medioambiente…
—Pero Pitolotudo escribió un cuento donde un loco quemaba un monte de cipreses…
—¡Yo no escribí eso!
—¡Sí, hace seis meses!
—¡No! Esa nota la hice porque Bomur me… me presionó para que escriba… y me dijo… bueno, este… me dijo que escriba eso.
—¡Bueno, pero lo hiciste!
—¡Bomur me presionó, yo no quería!
—¡De qué estás hablando, Pitolotudo!!! ¡Jamás te presioné para que escribas que se quemaba un bosque!
Apenas Bomur se calló pudieron oír el tumulto y el griterío lejano que se iba acercando hasta la casa de Colitalotuda, donde se encontraban.
—¿Alguien le dijo a alguien dónde nos reuníamos? —preguntó Bomur con los ojos redondos como botones de plata.
—¡Escapemos! ¡Tenemos que salir! —gritó Rudolotudo al tiempo que caminaba de una esquina a la otra del zaguán.
—¡Calmate, Rudolotudo! ¿Quién dijo dónde nos…?
—No importa, Bomur. No importa. ¿Qué hacemos?
—No sé, Colitalotuda…
La multitud exacerbada ya se había detenido en la puerta de la casa y el ruido era ensordecedor.
—Cuando vuelva mamá me mata —dijo Colitalotuda.
—Tu mamá no va a volver hasta que todos estos tipos se hayan ido… —dijo Rudolotudo—. ¡Llamemos a una radio y digámosle que estamos arrepentidos, que queremos cambiar!
—No nos van a perdonar eso… ¡Digamos la verdad! ¡Digamos que Bomur nos explotó! ¡Que nos hizo escribir cosas que no queríamos, como lo del monte de cipreses! —dijo Pitolotudo.
—La concha de tu hermana, Pitolotudo de mierda, ¡cagón! ¡Mentiroso!
—¡No miento, Bomur! ¡Lo sabés!
Entre el escándalo volvió Ratolotudo de la cocina, sereno, miraba la taza de café con algún desagrado.
—Coli, ¿la miel está buena? Porque el café me quedó como ácido…
—¡Ratolotudo, no puede ser que estés tan tranquilo! —le gritó Bombonlotuda con los pómulos ya secos y salinos del que ya no tiene lágrimas para justificar su desesperación.
—A ver, queridos… Hagamos una cosa. Los que se quieren ir pónganse detrás de mí, los que quieren quedarse siéntense con Bomur.
Un grupo se puso detrás de Ratolotudo, y otro, más pequeño, se sentó con Bomur.
—¡Epa…! —ironizó Ratolotudo— Muy bien. Ustedes, los que se van, vamos a quemar corchos a la cocina… ¿Coli, tenés témperas?
—Mamá tiene acrílicos…
—Traémelos.
Veinte minutos después salieron de la cocina con sus caras pintadas de negro, sus manos de rojo, y con un círculo verde en el pecho. En las mujeres el círculo era ostensiblemente sensual ya que para que se vea todos desabrocharon algunos botones y bajaron los hombros de sus camisas.
—Se me marca demasiado el escote… —dijo Sexolotuda.
—Mejor, vos vas a hablar entonces.
—¿Hablar? Me muero, ¡no!
—No te preocupes, vas a salir en todo el mundo y todos te van a adorar. Tal vez hasta viajes a Berlín —dijo Ratolotudo—. ¡Oigan todos! Salgan por esa puerta y díganles lo que piensan.
—Pero ¿qué decimos? —preguntó Pitolotudo.
—Lo que les salga, ¿qué piensan?
—¿Que nos obligaron a escribir de bosques quemados?
—Dale, eso, Pitolotudo.
—¿Que nunca estuvimos de acuerdo con que nos exploten?
—Muy bien, Muñecalotuda, eso.
—¿Que a nosotros…?
—Vamos, vamos, digan lo que quieran, que cuando los vean así no les van a hacer nada. Van a ser héroes.
Desde la televisión, Bomur, Ratolotudo, Colitalotuda y los otros pocos que quedaron vieron el silencio que se produjo ante la aparición de los personajes pintados ante la multitud. Las cámaras enfocaron enseguida a Sexolotuda que lucía impecable su círculo verde en el pecho, y le acercaron un micrófono de un programa de televisión y esta empezó a hablar.
—¡Gracias, Greta, por abrirnos los ojos…!

En el quincho de la casa de Colitalotuda reinaba la quietud y el silencio. Sólo vociferaba rabiosa la periodista que relataba el maltrato sufrido por aquellos integrantes del Mendo.
—¿Y dónde está Bomur? —preguntó indignada la notera.
Sexolotuda titubeó. Hay decisiones que nos cambian para siempre.
—¡Adentro! —dijo, ahora sí, con rigor.

Sonaba el nocturno op.9 n#2 en Mi mayor de Chopin cuando Ruedalotudo se sirvió el whisky.
—Manolotudo está llegando —dijo Bomur—. No podía venir por la entrada, así que trepó por unos techos… No sé qué carajo está haciendo, pero viene a hundirse con nosotros.
—Hundirse con nosotros… —repitió Ratolotudo—. ¿Te dije alguna vez que tenés una mirada muy intensa, Coli?
—No, Ratolotudo. Gracias.
—Y unas tetas de mermelada…
Uno, dos golpes a la puerta. Por la tele se veían a los manifestantes correr hacia ella con sus hombros y chocar.
—Bomur, ¿Un whisky?
—Tengo fresita, gracias.
No se llegó a romper la puerta de entrada porque alguien tiró una bomba molotov y el frente ardió en llamas. Colitalotuda con sus ojos brillosos, dejó caer una lágrima por sus pómulos, hasta que luego anunciaron que habían hackeado la página del Mendo, que la habían bajado, y que ni la justicia, ni el gobierno, ni nadie iba a hacer nada por ella. “A nadie le gustaba”, dijo como al pasar la notera cuando filmaba los festejos de la multitud en la calle.

 

—Qué bien salió lo de Federer. ¿Cuánto salió?
—No, un vagón de guita. Pero ya casi está resuelto.
—¿De dónde es este vino?
—De Argentina, de un estado que se llama Muindosa que tiene vinos de lo mejor. Y probá este jamón sevillano, es algo distinto…
—Hablando de Argentina, ¿quién pagó para bajar al Mendolotudo?
—Yo.
—¿Vos? ¿Por qué?
—Porque hace unos días estuve precisamente allá, en Muindosa, y jugué al poker con un tipo que escribe para la competencia… este… no sé, algo como Champagne se llama lo que tiene el tipo ese, y me ganó. Y la apuesta era que bajaba al Mendo. ¿Por?
—Porque yo leía el Mendo…
—¡Me jodés! ¡Pero si está en castellano!
—Estoy estudiando castellano, y practicaba con esa página.
—¡No te puedo creer…! Pero ¡qué iba a saber yo eso!
—Está bien, no importa.
—Pero…
Se hizo un silencio apenas acompañado por las cucharitas de plata rozando el plato y el sonido del Mediterráneo salpicando el casco de yate. Una trompeta empezaba a sonar y una bocanada de aire salino les llenó los pulmones a ambos.
—Oíme, ¿querés que la resucitemos…?