Ella con el viento…

Despertó esa mañana más cansada que nunca. Sintió en cada hueso el crujir de mil años, aunque ella sólo contara veintiséis. En su corta vida había experimentado al máximo cada instante. Soportó caídas, discusiones, peleas, decepciones, heridas de cuerpo y alma… pero nada se comparaba con el dolor de no tenerlo a su lado. Había depositado durante cinco años sus ilusiones, sueños y metas en ese hombre y en su futuro juntos… 5 años planeando una vida a su lado. Nada la preparó para aquel día, para ese despertar sintiendo el frío y el vacío al otro lado de la cama.

Miles de preguntas y una sola respuesta: soledad. Esa que ahoga, que desconcierta, que mata lentamente. Esa que ella no buscó pero que encontró, desgarrándole el pecho en el preciso instante que se marchó. Ni un atisbo de esperanza quedó en el horizonte y ella, a la deriva, se sintió morir de dolor. ¿Cómo se pasaba aquel mal trago que ardía en el alma? ¿Cómo se reconstruía un presente agobiado por un pasado que proyectaba un futuro feliz?

Miles de lágrimas perladas recorrieron su rostro, borrando todo rastro de alegrías pasadas. Le pesaba el alma, se le helaba el cuerpo, se le fueron minando las ganas de vivir. ¿Tenía sentido seguir así? ¿Con qué rellenaba el vacío de su vida junto a él?

Yacía en su lecho, día tras día, como una leve sombra que manchaba las sábanas de ausencia. La otra mitad, inundada aún con su fragancia permanecía gélida, recordando el momento fatal de su partida. El silencio era un fantasma al acecho y sus miedos se volvieron reales, tan reales como su ausencia. El virus del miedo se infiltró en su sangre, oscureciendo su corazón y nublando su mente.

Vivía en un octavo piso, con balcón, sin rejas. Edificio antiguo, triste, amarillo y deshojado, que juntos habían convertido en un verano eterno, en un viernes permanente de risas, música, bailes en las sombras y amor sin medidas. Mirar por el balcón hacia abajo se convirtió poco a poco en su pasatiempo favorito. Se sentía tan liviana que creía flotar al compás del viento. El paso de los días sin alimento alguno, hizo que su piel se despegara poco a poco de lo que, alguna vez, fue un cuerpo lleno de miradas ajenas, miradas que la engrandecían, esas mismas que hoy no significaban nada. El aire era lo único que hacía eco en su vacío… el vacío… el enorme vació que separaba el suelo de sus pies, su es de lo que fue o lo que podría ser.

Dio una breve ojeada a ese lugar al que solía llamar “hogar”, ese lugar inmenso, más grande aún sin aquel que lo llenaba todo con su presencia. Observó sus muebles, sus paredes, sus adornos, sin encontrarles sentido ni coherencia alguna. Ella no pertenecía a ese lugar, ese lugar era de ellos dos, ella sola era una intrusa, un inmigrante.

Se asomó al abismo por última vez y sin dudarlo, con la convicción y la certeza de querer ser aire… fue ella con el viento sólo un momento más…

Escrito por Betsabé Salomón para la sección:

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