Fue Foul: Mecánica Femenina

Después de que la Teresita me dijera que la Elisa podía estar enganchándose conmigo me di cuenta de que me importó mucho más defraudar a Teresita que lo que pasara con la Elisa. Me di cuenta de que no me importaba tanto que los pelotudos del club me digan “el Mariquita” cuando yo iba del cielo al infierno en segundos. Me di cuenta de que no tenía ganas ni de tocar a la Elisa con un palo. Me di cuenta de que estaba en problemas.

Iba llegando a la casa de la Elisa y me imaginé la mirada de asco que pulverizaría sobre mi Renault 18. Paré en la puerta y apenas me bajé salió de la planta baja una mujer de locura. El pelo era una manta oscura que bailaba sólida alrededor de su carita de muñeca. Sus ojos… ¡era la Elisa! Sus ojos brillaban como ojos de gato que podían encandilar a setenta metros de distancia. Su sonrisa amplia estaba en el límite de lo legal y movía sus manos como si llevase dos gorriones atados de las mangas. Una pollera corta me advertía que no iba a mirar otra cosa en toda la noche y la camisa floreada, en su cuerpo, resumía todas las pinturas que guardaba bajo llave el Louvre. Las tetas sacudían su blusa al punto que empecé a tararear “Alta en el cielo”. Hasta sus sandalias eran propias de una Reina del Estío, de una Soberana de Atardeceres, de una Tirana del Amor.

– ¡Marquitos! –dijo con una voz sonora, intensa y femenina.

– Elisa…, qué… qué linda estás… -¡qué pelotudo, por Dios! Hay un planeta de cosas para decirle pero hasta el nombre de mis viejos se me fue de la cabeza en ese momento. Giré apenas, vi el auto, y me di cuenta de que a veces no todo da lo mismo ni es igual. La Elisa no cabía en el Renault 18…

– ¡Un Renault 18! –dijo con un entusiasmo que me aterró-. ¡Mi papá es un fanático del Renault 18! Tuvo uno que le gustó tanto que todavía lo tiene. Cuando le cuente que me llevaste en uno de estos, te va a amar.

A medida que más me endulzaba la noche, más miedo tenía a la saña de su venganza. Era evidente que iba a descargar contra mí toda su furia, y nunca antes me había sentido tan vulnerable frente a una mujer y la grandeza de un Dios capaz de crear algo semejante.

– Che, ¿querés que vayamos en taxi? –interrumpí abatido por el ahogo de tanto almíbar en mis ojos-. Paramos uno y vamos…

Mi voz ya había bajado un tono. Sabía que esa mujer podía destruirme con muy poco. Yo estaba fascinado solo con mirarla a cuatro metros de distancia. Dejó de acariciar el capot del auto y me clavó la mirada.

– Marcos, no me desilusiones –dijo seria-. Quiero que vos me lleves en tu auto –dijo, remarcando el tu.

Se subió y el auto creció tres años de modelo. Era rural pero con ella arriba todos lo veían coupé.

– ¿Me dejás que ponga un CD? –dijo la Elisa- Es bueni… -pero se interrumpió cuando su CD chocó contra la casetera del auto.

– Je, sí… no tiene para CD…

-No importa –dijo, y prendió la radio. El dial estaba trabado y arrancó el punteo de “Gurí Pescador”, cantada por Cafrune y Marito-. ¡Uhhh, qué buena canción! “…y yo que crecí en silencio…” –empezó a cantar suavemente.

– No pensé que te gustaba el folklore.

– Me gusta casi toda la música. Esta canción la cantaba papá en las guitarreadas de su cumpleaños…

Por momentos empezaba a creerme este personaje que ella recreaba con tanta soltura. No podía dejar de estar prevenido al golpe de gracia, pero por otro lado soñaba que hubiese una mujer así.

– Estuviste mal con Jimena, Marcos –me dijo así, de la nada. La miré.

– Y… sí.

– Decí que Jimena es más buena que la Vitina. Yo no iba a salir con vos, pero ella me insistió mucho porque decía que eras un buen tipo –hizo un silencio breve, y agregó-, medio boludo, pero buen tipo.

Su sonrisa se abrió más grande. ¡Podía abrirse más! Yo la miraba de soslayo sintiendo que mis silencios me estaban dejando pésimamente mal, pero es que estaba aterrado. Algo me tenía paralizado. Cada tanto revisaba con mi mirada su falda de nieve y un suspiro corto expulsaba mis demonios. Una de sus manos impunes llegó hasta mi mandíbula y la agarró con mucha suavidad, como una caricia de Dios.

– Yo no creo que seas medio boludo, Marcos –dijo y se rió, pero una corriente eléctrica atravesó mi brazo, lo levantó y torció el manubrio haciéndome meter en el carril contrario, con la suerte de que un taxista me viera a tiempo y me esquivara. Volví al carril.

– Perdoname… -dije, pero ella se reía. Sus ojos brillaban con las luces de la calle como pavimento mojado y en su cara había tanto disfrute que parecía recién llegada de un viaje por Europa. Yo no aguantaba más. No había conocido una mujer así en mi vida.

-¿Te puse nervioso…? –me preguntó y, por primera vez, sonreí. Y enseguida me reí. La miré, me miró y los dos rompimos en una carcajada que yo tenía atorada en el pecho desde que ella acariciaba el Renault en su casa. Al fin me aflojé y empezamos a hablar con fluidez. Me contó que ella  iba a esos seminarios porque se había cansado de salir con los modelitos huecos que la llamaban a diario, y que era una buena manera de ahuyentarlos. Me contó que una vez estuvo enamorada, que en Rosario, su ciudad natal, tenía un perro, me contó que perdió una amiga, que ganó una vez al bingo, que cantaba en la ducha, que hacía buenos mates y que se entregaba a la nostalgia de un domingo de lluvia solo para saborear su soledad.

De pronto el Renault tironeó. Tironeó otra vez y un catarro gasolero me dio tiempo a estacionar donde, finalmente, quedó agobiado de tanto camino andado.

– Dejemos el auto acá, no te preocupes –dije avergonzado-, tomemos un…

– ¡Mirá ese restaurante! –gritó señalando una taberna donde probablemente la Parca se tomaría un Brandy después de cada jornada.

– Pero, Elisa, ese lugar es un espanto…

– Dale, vayamos ahí, picamos algo y después caminamos. ¡Olvidate de la comida china!

Los pronósticos del tiempo nos regalaron las brisas más cálidas y aromatizadas de toda la región, la noche nos abrigó en su encanto y las risas cantaron por varios bodegones que fuimos visitando entre la interminable caminata. Hablamos, reímos, nos pusimos serios, cantamos y, abrazados, aparecimos sin darnos cuenta, con el claro de una mañana sensacional, en el mismo lugar donde yacía agotado el Renault 18.

– Eli, olvidate del auto, volvamos en taxi.

– No, yo conozco mucho estos Renault. Abrime el capot.

– ¿Sabés de autos?

Abrí el capot y tocó dos cositas que estaban ahí cuando compré el auto, que serían el tan mentado carburador y alguna otra cosa negra y barnizada de aceite que alguien habría puesto para algo.

-Bueno, te voy a hacer un regalito, ya veremos si después te ganás algo más – dijo, y cruzó sus manos hasta su cintura como si estuviese por hacer una pirueta de ballet, tomó el borde de su blusa de primavera y la levantó hasta sacársela por arriba con una delicadeza que me recordó el primer día que vi nevar. En su corpiño las tetas parecían dos diques poderosos de miel y leche. Sacó cosas, sopló tubitos, metió su brazo en las entrañas del motor, y poco a poco se fue pintando de manchas como un dálmata hasta que dijo: “Prendé”. El auto respondió impecable.

Cuando se bajó del auto, con la camisa puesta, no me dejó bajar, se apoyó en la ventana de mi puerta y me dijo: “Me encanta cuando un hombre me hace sentir tan mujer. Gracias, Marquitos”. Me dio un beso lento en la frente, tomó mi mano y dejándola escapar lentamente se alejó, entró al edificio, y después del golpe seco de la puerta al cerrarse, todo se apagó en mi mente, y tuve un orgasmo asexuado de suprema felicidad.

(Continuará…)

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