/Inefable

Inefable

2

La historia de Horacio y Eva no es una saga, ni una novela, ni debería estar capitulada, sino que las mismas van surgiendo al azar, básicamente según lo inspirado que esté. Pero, es verdad que sigue cierta correlatividad. De todas formas, pretendo que disfruten el camino, no el final. O sea, la historia en si es incierta, seguramente triste, lo interesante debe ser lo que va sucediendo. Además pueden ir apareciendo “anexos”, que no hacen a la historia de Horacio y Eva, pero pueden ir sumando detalles y personajes. Entonces, si no han leído nada antes, les paso la correlatividad de las mismas:

Capítulo 1 – La sucursal mendocina de los Hombres Sensibles de Flores
Anexo 1 – La secta de los Seductores Implacables
Anexo 2 – Consejos trasnochados para un abandonado
Capítulo 2 – Hasta que choque China con África
Capítulo 3 – El hilo rojo
Anexo 3 – Los onanistas impúdicos
Capítulo 4 – Limerencia

Capítulo 5 – Inefable

– Inefable – dijo Julieta.

– ¿Qué? – respondió Eva desorientada.

– Inefable es la palabra de lo que me tratás de explicar.

– ¿Que no te puedo explicar con palabras lo que siento?

– Claro nena… inefable, que no puede ser dicho, explicado o descrito con palabras – definió perfectamente la amiga de Eva.

– Bueno Juli… eso. Eso me pasó con este tipo.

– Es un poco… estemmm… raro lo que me decís – dudó Julieta.

– ¿Raro? A vos te parece raro, imaginate a mí – comentó Eva mientras recapitulaba observando el techo con esa mirada encendida y perdida en la nada – el tipo dice que me vió en una foto del documento, que me fue a buscar a propósito a la facultad, que no puede dejar de pensar en mí…

– Y por fin te vuelve a ver…

– Si. Por fin me vuelve a ver y nada… que se yo. Fue tan… raro. ¿Te acordas cuando éramos chicas?, ¿te acordas de Manu?

– Manuel… como olvidarlo. Te costó tres años el duelo de ese tipo.

– Bueno. Manu me hizo sentir cosas que jamás en mi vida sentí. Él me hizo sentir mujer, deseada, única, importante, acompañada… siempre creí que era el hombre de mi vida – recordó Eva.

– Hasta que te diste cuenta que sus caminos iban en direcciones distintas.

– Si… después de mil idas y vueltas todo terminó. Cambiamos, por eso nos separamos. Él hizo propias cosas que yo no buscaba ni pretendía… calculo que mis proyectos tampoco le interesaban. Entonces pensé que debía acostumbrarme a que la vida era esto, seguir y resignarme a no sentir más ese sentimiento tan… tan puro, tan genuino – no encontró palabras Eva – Incluso creo que amo a Esteban… pero bien… no es lo mismo, nada se comparaba con Manu, eso era una gran cruz para mí.

– ¿A qué queres llegar con este planteo china? – preguntó entre risas Julieta.

– Bien… a ver, teneme paciencia… que no se cómo explicar esto que me pasa…

– Dale… hagamos de cuenta que estas en terapia jaja.

– ¡En otra de tantas!

– Exacto – aseguró Julieta poniéndose seria.

– Bueno. Este tipo, Horacio… no se. Hay algo en él. Cuando me mira… cuando hablamos. Las palabras nacen, como que supiese que es lo que quiero escuchar. Y me lleva a mí a ese terreno. No deja de sorprenderme. Comenzamos charlando, todo fluía como un poema, nos mirábamos intensificando el discurso, es una energía en el cuerpo… un torrente de adrenalina. No había silencios incómodos, unas ganas de congelar el mundo, ese café.

– Me cuesta entenderte…

– ¿Viste cuando haces el amor? No solamente sexo… te hablo de amor.

– Si… ¡hace tanto no me pasa! – rompieron las dos en risas.

– Bueno… esa comunión, esa dulce batalla entre dos, esa combinación de roces, besos, caricias, movimientos perfectos. Como las piezas de un rompecabezas que se combinan para crear un paisaje, ambos cuerpos se funden, se hunden, se entienden mágicamente los tiempos, sin premeditarlo, simplemente todo fluye.

– Eva sé menos explícita que estoy imaginando cosas – y ambas volvieron a estallar en risas.

– Bueno Juli… esa piel al hacer el amor, ese olor exquisito, esos besos intensos, plenitud, las cosquillas en toda la piel, el corazón a mil, los cuerpos ardiendo, las ganas de comértelo literalmente, de consumirlo, de devorarlo… como un caníbal. Nos desnudamos por completo, nos reconocimos enseguida, nos unificamos… yo sé que él sentía lo mismo. Con cada palabra nos hacíamos el amor despacito, nos reconfortábamos mutuamente, nos seducíamos, nos agitábamos y nos procurábamos algo así como pequeños finales, pequeñas muertes, el fin de algo para un nuevo comienzo. Esos finales tan de a dos y tan de a uno a la vez… eso de querer morirte con él, en él, de que todo acabe ahí…

– ¡No! ¡Que no acabe todo ahí! – y esta vez las carcajadas atronaron el edificio.

– ¡Deja de interrumpirme! – dijo Eva casi llorando de la risa – te estoy hablando en serio…

– Perdón, dale, seguí.

– Eso sentía mientras hablaba con Horacio. Y estoy segura que a él le pasó lo mismo, era algo fabuloso y va mucho más allá de una simple atracción sexual. Parecía conocerlo desde siempre, era una bocanada de aire frutal, un respiro. Estaba en confianza, lo sentía ahí… sin la necesidad de verlo, tocarlo o escucharlo. Era como un espejo…

– Mmmm… explicame mejor eso.

– Encontrarte a vos misma en otra persona, como una llegada, verte reflejada ahí. Alegría, presentir un “por fin”. Estoy intentando explicarte lo que siento. Un deseo incontrolable de que nada termine, de eternizar ese momento. Esa dosis de vida necesaria, como el suero para un moribundo…

– ¿Será amor?

– Amor… esa palabra. No se Juli… pero esto que ha pasado solo con palabras, con miradas, con gestos, me hace inmensamente feliz y triste a la vez.

– Ah… bueno – dijo sorprendida Julieta – esto si que no me lo esperaba.

– Feliz porque aquello que me pasó con Manu, hace años, pensé siempre que no me iba a volver a pasar jamás. Y no se… este tipo ha despertado esa sensación de antaño en mí, esa felicidad, esas ganas de todo. Y pensar que apareció de la nada, en un lugar cualquiera, en la peor situación y la menos apropiada, pero apareció en fin… para hacerme dar cuenta que en cualquier momento puedo volver a sentir eso, que no es un Manu o un Horacio, sino que soy yo con Manu, yo con Horacio, yo alineando con alguien, yo conectándome con otro, no se, me hace sentir Eva… encontrarme, única, deseada… mujer. Me hace muy feliz.

– ¿Y que parte te pone triste?

– Esteban… casamiento. Europa. Me estoy por casar e irme Juli…

– Que tema… ¿Entonces? ¿qué vas a hacer?

– No se… no puedo pensar más, no me da más la cabeza, tengo un mar de dudas… todos mis paradigmas, mis ideas, mi ética, mi moral, mis costumbres… la cabeza me dice que no, que me aleje, el corazón me dice que lo busque urgente – y Eva no pudo contener las lágrimas.

– China… todos creemos tener conceptos muy claros de la vida y de como deberían hacerse las cosas. Hasta que nos toca vivir en carne viva esos dogmas y ¡mierda que se nos llena el culo de preguntas, la panza mariposas y la cabeza de miedos y tristezas! Solo se trata de vivir.

– ¿Me das un abrazo? – dijo consternada Eva.

***

– ¡Así que la invitaste a tomar un café! – dijo contento Fernando, el ex tiburón de los Seductores Implacables.

– ¿Tuvieron sexo? – preguntó Joaquín el ex autómata de los Onanistas Impúdicos.

– Vinimos a tomar un café acá – respondió Horacio, el vendedor de sellos de la galería Ruffo.

– ¿Y después tuvieron sexo? – atormentó Joaquín con mirada lujuriosa.

– ¿Podes parar un poco querido? – lo calló Fernando – Tomate una sodita fría.

– Bueno che… – resongó el púber.

– Fue maravilloso muchachos… Eva es… es… lo que nos pasa cuando hablamos, cuando nos miramos… cuando conectamos. Fue… ¿cómo explicarles? – dijo Horacio gesticulando con las manos e intentando armar una frase.

– Inefable – dijo Fernando.

– ¿Qué? – preguntó Horacio desorientado.

– Inefable, algo que no puede ser dicho, explicado o descrito con palabras – definió perfectamente Fer.

– ¡Exacto!… era como estar haciéndonos el amor mientras hablábamos… – cerró el concepto Horacio.

– ¡Tuvieron sexo acá, genio! – no pudo contenerse Joaquín, Fernando se puso en pose de darle un cachetón.

– Jaja, ¡basta pibe! No le toqué un pelo… quedate callado y escuchá un poco o andá al baño a relajarte – dijo Horacio entre risas.

– Ya vengo – se puso de pié Joaquín en dirección al baño para sorpresa de los muchachos sensibles de Mendoza.

– En fin… estas mareado Horacio – dijo Fer.

– Mareado, mal parado, perfumado y perdido…

– ¿Perdido?

– Perdido en ella Fer…