La misma cosa

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—Castillo, mirá al tipo de esa mesa.
—Esperá que estoy cerrando una mesa.
—No, Castillo, dejá la caja y miralo.
—¿Cuál?
—Ese de ahí, el del impermeable.
—Sí, qué pasa.
—Ahora agarra el celular, mirá.
—Sí.
—Ahora lo va a dejar.
—Sí.
—Ahora saca una libretita del bolsillo del saco de abajo del impermeable.
—Sí, es una agenda, no una libretita.
—Sí, mirá, ahora va a escribir…
—Sí.
—Va a parar y pensar, mirá, mirá, ahí lo hace, y va a seguir escribiendo… Mirá, escribe…
—Oíme, Tulio, ¿qué querés que vea? Estoy cerrando una mesa.
—¿No te das cuenta de que te estoy diciendo todo lo que está por hacer el tipo, y lo hace? Ahora se va a rascar la cabeza, mirá. Mirá, ahí se rascó…
—Che, tenés razón… Y ¿cómo lo hacés?
—Va a agarrar el sobrecito de azúcar, lo va a sacudir con la mano y lo dej… ¡Mirá! ¡Ahí lo hace!
—¿Pero cómo hacés, Tulio? No entiendo…
—No sé, es que a ese tipo lo puedo sentir, siento lo que siente, no me preguntes por qué. Ahora se va a rascar la rodilla… ¡No te digo! ¡Ahí se la está rascando! ¡Mirá, Castillo! ¡Se la rasca!
—¡Tulio, es impresionante! ¿Te pasa con mucha gente esto?
—¡Es la primera vez que me pasa, Castillo! Ahora se acomoda los huevos… Mirá, ¡qué desfachatado!
—Pero tenemos que averiguar cómo puede ser que sientas cosas de otro tipo, Tulio… ¡Mirá si el tipo arranca con un dolor de muelas fenomenal! ¡O si se descompone mal!
—No, Castillo, no siento cómo se siente físicamente, sino que siento lo que le pasa. No sé cómo explicarlo…
—¿Qué anota en la libreta?
—No sé, no sé lo que piensa, ni lo que siente. Sé lo que le pasa… No sé, ni yo entiendo lo que te digo, Castillo. Se tiró un pedo… Claro, eso no se nota, pero se lo tiró, lo sé.
—Sí, ahí sacude la mano desde el culo a su cara…
—Sí, lo está oliendo. ¿No te digo? Es rarísimo, sé todo lo que va a hacer…
—¿Y si lo vamos a buscar a la mesa y le preguntamos?
—Se va a asustar, Castillo. Se va a asustar y se va a ir.
—No creo, Tulio.
—¡Creelo porque lo sé, porque eso es lo que le va a pasar!
—La puta, me estás asustando… ¿Sentís algo de mí también?
—¿Te tiraste un pedo?
—No.
—Debe ser el pedo del tipo de la mesa. No, no siento nada de nadie, solo sé lo que está por hacer ese tipo todo el tiempo.
—¿Qué está haciendo ahora?
—Se está levantando para venir hacia acá?
—¿Y qué quiere de nosotros…? ¿Vino a buscarnos? ¿No será la Parca, Tulio…? Esta mierda me está asustando.
—Será el Parco en todo caso. Está solo y callado, ni silba. Ahí viene, quiere pagar e irse.

El hombre llegó al mostrador.
—¿Cuánto es?
—¿Tulio…—preguntó Castillo—?
—No soy adivino, Castillo.
—Cuarenta y dos.
El hombre sacó la billetera y comenzó el trabajo de discriminar los billetes que usaría.
—¿Le puedo hacer una pregunta, señor? —consultó Castillo.
—Sí, digame.
—Usted… Perdón… ¿a usted puede ser que le pase algo? No se lo tome mal, me refiero a si… tal vez, no sé, usted también es mozo y tiene un problema… No sé, usted no se llamará Tulio, ¿no?
El hombre abandonó de inmediato la tarea de seleccionar sus billetes y, con la billetera aún abierta en el aire, lo miró con la boca entreabierta.
Tulio se llevó una mano a la boca y murmuró: “decí algo porque está a punto de escapar corriendo por la puerta…”.
—No, olvídese de lo que le digo. Es que lo vimos muy preocupado y mi compañero dice haber sentido un… un hondo pesar en usted. Él es muy sensible… así como lo ve, es muy sensible. Él es la prueba de que las plantas sienten. Bueno, no importa. Dejemos todo en treinta y cinco, no, deme veinte… Mire, si quiere vaya nomás…
—No, no… —dijo el hombre recomponiéndose—, es que me asombra que haya sentido tan bien. Sí, me pasó algo.
Tulio y Castillo se miraron.
—Hace poco tiempo… No mucho…
—¿Seis meses? —preguntó Tulio. El hombre giró la cabeza y le clavó la mirada.
—Sí, seis meses… Puede sonar medio tonto lo que me pasó, o no tonto sino no tan importante, pero hace seis meses perdí a mi perra, una Springer Spaniel muy linda. La verdad que nunca creí que me pesaría tanto perder un perro, pero ahora sé que sí.
—¿Hace cuánto la tenía?
—Y, bastante. Se la compré a mi ex mujer viendo si la tentaba para que tengamos un hijo antes de que me abandonara. Ella le fue tomando cariño a la perra, pero aunque era suya yo la sentía como mía.
—Ah, lo dejó la mujer… —dijo Tulio mirando al hombre y Castillo lo miró a él.
—Tulio, ahí está el punto me parece.
—¿Qué punto? —preguntó el hombre.
Castillo pegó dos tosidas secas frente a un puño y empezó a explicarle.
—Mire, Tulio pudo sentir lo que le pasaba a usted porque a él también lo dejaron… La Danesa, una mujer de una belleza inemulable, sus ojos contenían en sí mismos dos remansos claros y turquesas de las aguas más puras de las playas brasileñas, tal vez hablemos de Bahía, o de Buzios, eran ambos como el Aleph borgiano pero que contenían comprimidas todas las hormonas del presente, del pasado y del futuro de toda la historia de la humanidad. Cuando la operaron de las amígdalas los médicos descubrieron que cultivando sus flemas se podía hacer yogur de Durazno. Era más dulce que el postre Rogel con cobertura de leche condensada…
Basta, Castillo”, dijo Tulio en voz baja y sin mirarlo.
—Sus manos —continuó Castillo alienado por los recuerdos— eran mariposas ingobernables, aunque nada que ver con la parte de cuando las mariposas son gusanos, ¿no? Eran, a ver… eran como delfines alegres que subían y bajaban dando saltitos de la superficie a las profundidades… Sus manos eran como delfines, sí… Eran mamíferas también…
—Castillo, basta —volvió a murmurar Tulio.
—La Danesa caminaba con tacos y en alguna parte del norte argentino llovía, ganándole a cualquier sequía. ¡Había fotos suyas en las jaulas de los animales en extinción de muchos zoológicos del mundo buscando darles a los animales motivos para su subsistencia! Le digo que la Danesa era… era…
—Era. También se fue hace seis meses —dijo secamente Tulio.
—Ah, ¿era su mujer o la del hombre de la caja?
—Mía —dijo Tulio—. Castillo vive caliente.
—Claro. Bueno, cuánto lo lamento, señor —dijo el hombre—. Ya me pasó más de una vez de transmitir mis penurias y alegrías a gente que había vivido sucesos importantes de mi vida en el mismo tiempo. ¿Lo de la Danesa fue el 7 de octubre tal vez…?
—A la tarde. Sí.
—Sí, llevamos el mismo dolor, amigo…

El hombre pagó en silencio, acomodó una carpeta en su mano y mientras salía Castillo le hizo una última pregunta.
—¿Su mujer también se fue a la tarde?
—No recuerdo. Se fue hace cinco años. En abril creo.
Tulio y Castillo se miraron, y el hombre se fue.
—Definitivamente, llevamos el mismo dolor —dijo Tulio, y se fue hacia las mesas.

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