La dirección equivocada

No era una mañana como cualquier otra, porque esa mañana, después de casi un año Mariana había conseguido trabajo.

Mariana es una mendocina, que después de empleos mediocres e intermitentes, estaba cansada de recorrer, dar entrevistas y repartir currículums. Promesas incumplidas, llamadas que nunca llegaron y el inminente traslado de su novio a Capital Federal fueron la oportunidad que estaba esperando.

Arrancó de nuevo con el proceso, pero esta vez con los ánimos renovados, y con diferentes respuestas. Consiguió una entrevista en una importante cadena de electrodomésticos, un martes por la mañana, aunque era un tanto lejos. Dado que Mariana era un tanto despistada, sobre todo en cuanto lo que ubicarse implica, su novio decidió llevarla el mismo en su auto.

Pasaron, calles, avenidas y barrios, una y otra vez, Mariana no sabía bien donde estaba. Su novio Pablo, la espero afuera. Todo fue un éxito, consiguió el puesto y con un sueldo más que respetable.

En el fin de semana se dispusieron a ver que transporte tomar, con cuanto tiempo de anticipación, recorrido, paradas y por supuesto horarios. El lunes siguiente, Mariana acostumbrada al ritmo de Mendoza, subió al colectivo y perderse en sus cosas, más que nada en la música. Le pidió al chofer que le avise cuando estuviera cerca y el resto se volvió una difusa serie de vueltas.

Unas pocas cuadras antes, con el correspondiente aviso del chofer, se bajó del colectivo y caminó unas cuadras. Debía encontrar un portón un poco maltratado que era la entrada de los empleados, como el local era muy grande y atravesaba la cuadra de un lado a otro, el personal no entraba por el frente.

Casi por amanecer, estaba llegando temprano, entró sin tocar y se encontró nuevamente autos caros como la primera vez, unos dos o tres, no recordaba si eran los mismos porque nunca le llamaron la atención. El patio no era tal como lo recordaba, supuso que los nervios de la primera vez le jugaron una mala pasada y no confió en su memoria.

Entro a la puerta del costado que daba al pasillo que conducía al depósito pero cuando abrió la puerta no lo era. Se encontró una habitación sombría, tres sillas de totora en el medio, una mesa de aglomerado vieja en una esquina, un pequeño televisor encendido en la otra, se dio vuelta y se encontró una pequeña cocina, bastante sucia y desordenada, como todo el resto.

Estaba anonadada entre ropa, cajas y papeles que se encontraban revueltos por todas partes en un composé de desorden y suciedad. Con los ojos desorbitados y preguntándose donde estaba, vió un pequeño cesto de basura, en el que alcanzó a divisar pequeños frascos de alguna medicación, leyó a medias morfina, agujas usadas y algodones.

Definitivamente asustada con el último fragmento de la escena, empezó a volver de espaldas a la puerta, justo antes de salir un hombre mayor, más bien viejo, de aspecto desmejorado, flaco, con la piel floja y arrugada, greñudo de barba y pelo blanco, un tanto sucio salió de una pequeña puerta de un costado. Visiblemente enojado grito:

– ¿Qué haces acá pendeja de mierda?

– Me equivoqué de dirección, discúlpeme señor, de verdad ni sé a dónde estoy – trató de explicar Mariana mientras salía.

Y salía corriendo, porque el hombre empezó a tirar las sillas para alcanzarla, corrió entre los autos del garaje, mientras el hombre salía del departamentito, que nunca fue un pasillo, salió por la puerta del portón, que ahora veía que era más verde que gris, mientras el hombre ya pasaba por entre medio de los autos aun diciéndole improperios a viva voz.

Mariana estaba en la vereda, pero entre las luces de la mañana que todavía tardaba en llegar de manera definitiva, no veía cual era el camino correcto a su trabajo otra vez, no por llegar temprano sino porque el hombre aún la seguía, gritando y agitando sus manos. No sabía si estaba armado, así que corrió, corrió y corrió.

No sabía si aún estaba siguiéndola, pero tomó un colectivo en la esquina, no sabía cuál era, no sabía a donde iba, agitada pero más tranquila llamó al trabajo.

Créanlo o no, este fue el sueño de mi siesta del jueves.

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