Nefastas respuestas que quisiera darles a mis hijos

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Acá vengo a sacar a la luz la cruel realidad de la vida maternal en un pequeño compendio de situaciones que transforman la normalidad en una aspiración suprema e inalcanzable y a raíz de las cuales las respuestas sarcásticas, ácidas o malaleche empiezan a circular por nuestra cabeza como los Mini Cooper de “La estafa maestra”.

Véanse algunos ejemplos…

– Mamá, ¿dónde estás?

Típica pregunta que viene formulada  2 nanosegundos después de que entrás al baño.

Respuesta normal: – ¡Estoy en el baño!

Respuesta irritada: – ¡En China! Acaban de inaugurar un aeropuerto internacional en el baño y me tomé el primer vuelo sin escalas al lugar más lejano que encontré.

– ¿Dónde están las medias con rayitas azules?

– En el primer cajón.

– No las encuentro…

Lamentablemente esta conversación también puede tener lugar con cualquier persona del sexo masculino que habite el hogar y lo que transforma la situación en cien por cien irritante es el hecho de que seguramente las medias están justo donde vos decías.

RN: Yo te las busco.

RI: Dejá, ya las busco yo. Está visto que no sos capaz ni de encontrarte el agujero del culo con un GPS.

– ¡Mamá, la Lola me pegó una patada!

– Porque él me pegó primero una piña.

Poco a poco en tu cabeza comienza a sonar la canción de Titanes en el Ring, te mirás al espejo esperando parecerte lo menos posible a William Boo y te preguntás por qué te tenían que tocar justo la Hormiga Negra y Martin Karadagian, Si al menos hubieran sido la Momia Blanca y la Momia Negra se hubieran matado en silencio y fin de la historia.

– Maaaa, vino el Tomi a jugar.

Ahí es cuando diste tu tarde por perdida.

RN: ¡Qué lindo!

RI: ¿Es que el Tomi no tiene casa, que siempre cae acá? ¿O es que la madre ya se avivó de que el pendejo es insoportable y lo fleta la mayor cantidad de tiempo posible a la casa de los vecinos?

– ¿Me comprás eso? ¡Yo quiero! ¡Quieroooo! ¡Quieroooo! ¡Quieroooo!

Esta acalorada expresión de deseo suele tener como marco la góndola más transitada del supermercado o el frente de una vidriera en un lugar tan densamente poblado como el anterior.

RN: Amorcito, levantate del piso. Yo ahora no tengo plata. Más adelante si puedo te lo compro.

RI: Si no te levantas en medio segundo del piso, te levanto yo de los pelos y te uso como nunchaku para romperle la cara a todos los pelotudos que nos están mirando.

– Estoy aburrido… ¿Qué hago?

Lo de “chupá un clavo”, como me decía mi vieja, está bastante trillado y nunca entendí bien la lógica del consejo. Pero ahora viéndolo desde la perspectiva de una madre, esta frasecita repetida hasta el cansancio puede llegar a causar un ataque de caspa severo.

RN: ¿Por qué no buscas un juego de mesa? O aprovechá que está lindo y salí a jugar.

RI: Te propongo una cosita… Estudiá para comentarista deportivo, conseguí trabajo en la TV pública y así podés relatar en cadena nacional el flor de patadón de te voy a dar si no te buscás algo para hacer.

– ¡Mamaaaaá, veniiiiiiií!

Veamos. En caso verdadera necesidad (y por verdadera entiendo situaciones que impliquen riesgo de vida) el llamado está justificado. Lamentablemente el 99% de las veces la necesidad consiste en alcanzarle al párvulo algo que se encontraba a 20 cm de su ubicación.

RN: ¡Ya voy!

RI: Pará un minutito que agarro la pinza de depilar y la planchita y llamo por teléfono a MacGyver para que me explique como hago para desactivar el de campo de fuerza que te impide hacer el trayecto que nos separa.

-La abuela me deja comer caramelos antes de almorzar.

La respuesta normal sería: Bueno, pero comé un par y el resto guardalos de postre.

Pero como vengo diciendo, no todo es racionalidad y paz en nuestra rutina hogareña. Y ahí la cosa se pone ambigua. Si la abuela en cuestión es tu mamá la cosa suele quedar ahí. Si la mencionada nonita es tu suegra, bueh… en fin, lo dejamos para otra nota.

Escrito por Jacinta P. para la sección

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