Un café antes de partir hacia otros mundos

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Esa mañana llegó al café, y luego de saludar al Tulio apenas con un ademán, se sentó en la última mesa del fondo, acto seguido se rascó rabiosamente la cabeza y la cara…estaba desesperado.

Tino era un tipo común, trabajador y fumador incansable (siempre le decía a su mujer que una de las dos cosas lo iba a matar), casado, padre de dos chicos hermosos que eran su razón de ser, tal vez eso era lo que más lo atormentaba, no verlos crecer… Debía estar en el Central a las 11:00 para ver al médico que lo venía atendiendo desde hacía meses, cuando después de desmayarse en el trabajo, lo habían llevado a la guardia del citado nosocomio.

Después de varios exámenes y estudios, los médicos habían llegado a la conclusión fulminante e irreversible de que Tino tenia los días contados… sus pulmones estaban colapsados por un severo carcinoma que ya estaba en su fase terminal. La enfermedad se había extendido por sus otros órganos dándole nulas esperanzas a cualquier posible tratamiento.

Tal era el panorama al que el pobre Tino se enfrentaba, lo que más lo urgía eran sus hijos, el pequeño Martín de 6 años que ya iba a la escuela y su hermanita Sabina de tan solo 2 años y medio. ¿Qué van a comer? Era la febril pregunta que le martillaba las sienes borrando cualquier otro pensamiento…”es cierto que mi mujer es trabajadora pero no puede hacer todo ella sola, criarlos y trabajar…no, no es posible” se repetía una y otra vez.

Tulio lo miraba mientras limpiaba las tacitas que ya estaban secas para ponerlas boca abajo sobre la máquina de café, algo no iba bien,  Tino era un tipo alegre, siempre llegaba saludando a todo el mundo y cargando al pobre parroquiano cuyo equipo hubiera tenido la desdicha de caer frente a su querido River Plate. Absortos estaban los dos en sus pensamientos cuando entraron dos hombres al bar, uno de ellos se sentó en la barra frente al Tulio y el otro un poco más hacia el fondo en dirección al futuro occiso.

El que se sentó frente al Tulio pidió dos cafés mientras el otro giraba la cabeza como los turistas, mirando todo el lugar, riendo y asintiendo con la cabeza. Tulio como buen bartender- psicólogo les sacó la ficha en 5.9 segundos, el que le pidió el café era un tipo de aproximadamente 35 años, muy alto (1,90 más o menos) de piel clara y hablar pausado, su timbre de voz era tan tranquilizador que se diría hacia sintonía con las células del interlocutor poniéndolas en orden, una especie de OHMMMMMMM conversado.

El otro, era más bajito, morocho y más joven, de barba,  parecía haber pasado mucho al sol, tenía ojos vivaces y curiosos, iba vestido más modestamente que su colega, quien llevaba saco y corbata, su atuendo era, si se perdona la expresión, el de un atorrante, resaltaban, eso si sus manos…Tulio se maravilló de los largos y bien cuidados dedos de aquel hombre.

Llevaba este último un cuadernito y un bolígrafo en las manos, cosa que contribuía a confundir más al Tulio estudioso de las personas. Servidos los dos humeantes y aromáticos espressos, el alto le habló a Tulio en tono amable:

– Que buen ambiente y que linda decoración esa foto de allá arriba ¿es de algún equipo de fútbol de Mendoza?

– Si, fijesé, ese es el globito, Huracán las Heras del ´85, jugó en primera y les guapeó a los grandes – dijo el Tulio mientras le brillaban los ojos.

Bastó ese pequeño dialogo para que el más bajito se hiciera con los dos cafés y llegara a sentarse en la mesa del atribulado Tino.

– Permiso ¿me puedo sentar con vos, Tino?

Tino levantó apenas la enrojecida mirada y el morocho sintió un latigazo de compasión por aquel tipo, de verdad estaba devastado.

– Si, bueno, si no hay otra mesa desocupada claro que te podés sentar.

El otro rio la ocurrencia de forma sincera y le extendió unos de los cafés…

– Tomá, hace frio esta mañana y te ves desmejorado, te va a hacer bien.

Tino no supo si mandarlo a la mierda o a la concha de su hermana, pero ¿qué culpa tenía aquel desconocido de sus problemas? Solo quería ser amable, por lo que optó por devolver la buena onda con un cachito de sarcasmo.

– Si, en una de esas me curo, jaja – rio y carraspeó a la vez

Es increíble amigo lector, como el ser humano confraterniza en la desgracia con cualquier desconocido, se abre como una compuerta dejando salir emociones, confesiones, frustraciones, sueños truncos y anhelos…eso fue lo que le pasó al Tino con el desconocido Miguel (tal era el nombre del morocho)

– Me estoy muriendo sabés, en una hora me van a dar los resultados de los análisis en el hospital y yo… no soy ningún boludo, sé que me van a dar fecha… mierda, mis pibes, son tan chiquitos y mi mujer va a quedar sola cuidándolos, ¿qué hago?, ¿a quién recurro? Mis amigos me dicen que no les va a faltar nada, pero ese no es el caso… ¡¡yo los quiero ver crecer!! – dijo tino mientras bajaba los ojos sus hombros subían y bajaban al ritmo de sus sollozos.

Miguel lo miró con mirada grave, traspasó su epidermis y sus huesos con la vista viendo con sus propios ojos lo jodido del asunto.

– Es comprensible Tino, a la gente que más le cuesta morirse es a aquella que le faltó algo por hacer, una persona lejana por ejemplo ¿has visto que hay enfermos que duran meses y cuando ven a ese ser querido que esperaban se mueren ahí no más?

Tino lo miraba y sentía que hablaba de él, sorbía el café y se imaginaba estirando la pata, la gente llorando, sus hijos mirando la escena confundidos, su mujer siendo consolada por familiares.

– ¿Sabés que los enfermos catalépticos coinciden antes de irse definitivamente, en la palabra gloria, cuando hablan de sus experiencias del otro lado? – Miguel sin duda trataba muy livianamente el tema de la muerte, el pobre Tino lo escuchaba asintiendo y sorbiendo el café.

– Si solo hubiera podido ser mejor padre y esposo, antes de ser mejor trabajador… pasar más tiempo en casa, salir de paseo con la Vero y los chicos, íbamos a ir a Buenos Aires, lo iba a llevar a Martin a conocer el monumental – Miguel hizo una mueca de desaprobación fugaz – ir a tomar matecito al parque por las tardes en vez de traerme laburo a casa…respirar más este aire, sentir más este sol que ves a través de la vidriera.

En la barra el Tulio ya era amigo de Melqui, el alto que venía con Miguel y le hablaba animadamente de las bondades del café y las reglas del truco… (que tiene que ver el culo con agosto).

Tino apuró el último sorbo de café (estaba rico, y no  le había irritado el esófago, últimamente hasta el agua le irritaba el esófago) y miró la hora en su celular, faltaba media hora.

– No quiero ir flaco, sé que me van a condenar, que cagazo loco… la puta madre, pero tengo que hacerlo, me siento pal’ culo…uyyy – se mareó mucho y empezó a transpirar helado.

Miguel lo miró y sonrió, Tino languidecía, estaba verde, y aguantaba las arcadas como podía, encima sentados al lado del baño el olor a creolina no hacía más que empeorar las cosas.

– Tino, me tengo que ir y vos también, quiero que sepas que has sido un buen padre y esposo y tu familia lo sabe… pero me doy cuenta que todavía te quedan cosas pendientes, de seguro no estás maduro para cambiar de aires, la transición exige una paz y estabilidad de espíritu mayor, vos en este caso no reunís ninguno de estos requisitos, estas hecho bolsa.

Tino lo escuchó con los ojos como platos, pero no le respondió, salió corriendo al baño tapándose la boca con las manos, pateó la puerta y entro apuntando apenas al inodoro un chorro de vomito parecido al alquitrán, dio vueltas las tripas, tosiendo salvajemente y escupiendo sangre cuajada por todos lados… en eso estuvo casi cinco minutos seguidos.

En la barra Melqui se despedía del Tulio al tiempo que Miguel lo esperaba con la puerta abierta, el alto le dio al dueño del café una deforme y pesada moneda de plata y se despidió.

– ¿Listo? ¿Tomamos el trole? – quiso saber Melqui apenas salieron a la calle.

– Sabés cuanto adoro caminar – le contestó Miguel y se alejaron en dirección al parque, mientras un asombrado Tulio leía en la cara de la moneda “CESAR AUGUSTUS”. En el baño Tino trataba de limpiar su desastre con un pelado lampazo… hizo dos gárgaras con agua y salió.

Era increíble pero podía oler mejor la bosta de café del Isaac Estrella, le llegaban los olores nítidos, era como si el vomitar hubiera mejorado su percepción de aromas. Salió a la calle y vio que empezaba a chispear, apuró el paso a medida que la lluvia se hacía más tupida, corrió por las calles cuando el chaparrón arreció y se reía de su mala suerte “me voy a resfriar” pensaba, saltó en las esquinas inundadas como una gacela, sin notar la vitalidad que irradiaba.

Llegó a las puertas  del Central y se fue directo donde su médico ya lo esperaba, entró tranquilo y se sentó frente al  escritorio del doctor que empezaba a hojear los análisis del moribundo.

“Pobre Tino, pero se ve calmado, es valiente o no sabe, una de dos” pensó el galeno mientras lo miraba de reojo y era verdad, Tino parecía distraído y si cabe decirlo, tranquilo.

– Tino, vamos a ver tus análisis, ¿viniste solo? – la pregunta del doctor se refería a la presencia de alguien que contuviera al enfermo frente al mazazo anímico que era recibir una condena de muerte

– Si doctor, vengo preparado, dele no más.

– Bueno en ese caso, vamos a ver los análisis – el médico arqueó una ceja y luego y a medida que leía las hojas llenas con parámetros fisiológicos, arqueó la otra… leyó y releyó, busco el nombre del enfermo al inicio de cada hoja, radiografía, scanner y análisis… NADA… NADA. Llamó a laboratorio y preguntó bajito si no cabía la posibilidad de una equivocación, no con tantos análisis diferentes le contestaron del otro lado de la línea. Llamó a dos colegas, lo acostaron al Tino en la camilla lo auscultaron, le tomaron temperatura y cada médico vio los análisis… NADA.

– Tino ¿cómo te sentís? – preguntaron a coro

Tino se encogió de hombros, exhaló e inspiró profundo…

– Bien, que raro.

Dos horas después salió del hospital y se devolvió al café… el Tulio lo vio llegar y sacó instintivamente dos tacitas…

– Te voy a contar de una moneda que me dieron hoy – dijo mientras servía el primer café…

– Yo te voy a contar adonde pienso llevar mi familia el próximo verano – respondió el Tino mientras miraba de reojo las primeras hojas de otoño caer en la calle.

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Escrito por Darkkatt para la sección: