Un paseo por la plaza

Nada había permanecido como lo recordaba. De alguna manera así debía ser. Qué o quién puede no transformarse cuando han pasado más de cuarenta años.

Su oficio lo había llevado por el mundo. Lo enfrentó con las urbes más intimidantes y con las aldeas que no habían dejado de visitar de tanto en tanto sus pesadillas a pesar de la dosis infaltable de: Inductal 2.

Los bancos de cemento pintados de blanco con esos tres tablones gruesos de color negro como respaldo —en donde solían tallar sus nombres con la infatigable corta plumas que nunca los abandonaba—, que eran lijados y restaurados una y otra vez cada verano; para que antes de las llegada del otoño una y otra vez los nombres, las fechas y los corazones que juraban amar para siempre a Marta o a Leticia reaparecieran.

Ahora los habían reemplazado por unos que, lejos de tener el incomodo ángulo de noventa grados para sentarse, eran semicirculares. Todos hechos con tablas finas lustradas de un marrón claro que recordaba al café con leche que cada tarde les servía, en lo de Esteban, doña Olga. Eligió uno frente a los juegos y se sentó. No pudo evitar sonreír al comprobar que otros nombres estaban ahí, garabateados con marcadores y puntas de biromes que ya habían dejado de funcionar.

No todo cambia después de todo, pensó.

La que siempre recordó cómo la plaza de su barrio era pequeña, aunque él atesoraba imágenes corriendo de un lado a otro por horas mientras jugaban a Los aventureros. Así se llamaba en su época. Tendrían que pasar muchos años para que pudiera volver a disfrutar de las andanzas de esos dos amigos recorriendo la ciudad en un auto rojo, cruzado con una línea blanca que iba desde el guardabarros delantero hasta la puerta y pasaba por el techo para hacer lo mismo del otro lado.

Destapó la botella de coca cola de medio litro que había comprado en el pequeño supermercado chino que ahora ocupaba el espacio de lo que él conoció como «lo de don Cosme». Estuvo tentado de pedir un super pancho con todo, pero desistió sabiendo que lo más seguro era que terminara manchado con mostaza, mayonesa, palta o alguno de todos los menjunjes que agregaban sobre la salchicha, y prefirió esperar para comer más tarde.

Se entretuvo comparando el pasado con el presente. Ahora los columpios sumaban cinco y además en un rincón había uno doble como una especie de casa que se balanceaba de un lado a otro. Desde allí se escapaban risas fuertes que conjugaban el temor y la diversión. En el sube y baja un hombre de unos cuarenta años se divertía en compañía de una nena rubia de cabello largo que cada vez que quedaba arriba decía:

—Yupi, papi.

El hombre rebosaba felicidad. A él le hubiese gustado ser padre. Su atención se posó ahora en una calesita toda despintada que debía ser propulsada por los brazos de quienes no tenían la suerte de ser sus tripulantes.

Un matrimonio con tres chicos se turnaba para hacer girar ese pequeño mundo.

—Más rápido, más rápido —exigían a coro los niños que ni por casualidad aceptaban la sugerencia de su madre de permanecer sentados durante la aventura.

Le dio dos tragos largos a la botella. La terminó. Fue hasta un tacho para los residuos y, como hacia cuando niño, intentó embocarla desde lejos. Tampoco esta vez lo logró. Le sonrió a una jovencita que lo observaba con incredulidad, moviendo la cabeza de un lado a otro y mordiéndose el labio inferior dejando ver unos dientes decorados con los alambres propios de la ortodoncia.

Una ráfaga de viento lo obligó a subirse el cuello del sobretodo y además consiguió que su sombrero volara lejos.

Se levantó despacio y caminó lento. Cinco o seis pasos antes de alcanzarlo. Un flaquito pelirrojo que hacía piruetas con su bicicleta se lo devolvió.

Consultó la hora dos o tres veces. Regresó con paciencia hasta el banco que miraba hacia los juegos.

—Disculpe —La voz del muchacho lo sacó de sus recuerdos de infancia— ¿Mendizábal?

—El mismo.

El recién llegado acomodó, como pudo, su pesada osamenta junto a la del anciano. Paseó la vista a izquierda y derecha antes de sacar, del bolsillo interno de su saco Montgomery de gamulán, un sobre de papel madera cerrado que apoyó en su pierna izquierda.

Mendizábal lo dobló en dos y lo guardó en uno de los bolsillos externos del sobretodo.

—¿Cuánto tiempo tengo?

—No más de un mes —dijo el gordo—. Suicídelo como mejor le parezca.

Mendizábal se acomodó mejor el sombrero antes de pararse no con poca dificultad.

—Dígale a Peña que no deje de comprar el diario del domingo dentro de quince días, yo sé porqué se lo digo —recomendó cuando ya había dado un par de pasos en dirección a la calle Perú.

ETIQUETAS: