De escraches, sadismo y espectadores

Esta semana un hecho considerado “aberrante”, “sádico”, “cruel”, “sin explicación alguna”, etc. sacudió las redes sociales y los medios de comunicación de la provincia de Mendoza.

Una persona, o dos (la justicia se estaría encargando de delimitar los responsables) proporcionaron heridas gravísimas a causa de quemaduras a un perrito de poco tiempo de edad, con la supuesta justificación de que el can “molestaba” en la puerta de su casa.

Las redes sociales funcionaron como reguero de pólvora para que la noticia corriera y se desatara el enojo social, al punto de que gente de diversos sectores sociales mendocinos se acercara realizar diversos “escraches” en la puerta de la supuesta vivienda implicada (en la cual se dice ahora que el supuesto agresor no reside).

Pancartas, pintadas, huevazos, encendido de velas, cánticos y gritos, piedras arrojadas y hasta sugerencias de incendiar la propiedad o llevar materia fecal para arrojarla a la misma, fueron las ideas que pudieron leerse (y algunas hacerse efectivas) entre los comentarios en las notas periodísticas y artículos expuestos en las redes sociales.

Como ser humano no puedo dejar de sentirme movilizada por el hecho… y mi formación como psicóloga, más la invitación a explayarme por este medio, me invitan a reflexionar sobre el tema desde dos aristas, las cuales he decidido separar para poder ser práctica y compartir con el lector interesado:

La primera arista: El posible agresor

Sobre el agresor o agresores es mucho lo que se dice. No pude hallar nada concreto que me permita realizar un diagnóstico psicológico preciso. No se sabe si fueron dos personas o una, por ende, no se sabe sobre su historia de vida, su contexto, improntas vividas, nivel educativo, posibles variables que generen dicha conducta, etc.

Se me preguntó sobre qué hubiese llevado al autor del hecho a realizar semejante acto de sadismo y perversión. Y se me solicitó esta nota en pos de realizar un “escrache”, supongo desde un diagnóstico psicológico, a los supuestos autores.

No me parece dejar al lector con las ganas de leer algo de sadismo y perversión, sin embargo, quiero que sea gentil y amable con esta humilde psicóloga y retenga el término “escrache” para la próxima arista de esta nota titulada: “nosotros”.

Sobre perversión y sadismo es muy fácil y al alcance de la mano citar al DSM IV (Manual Diagnóstico y Estadístico de Trastornos Mentales en su Cuarta Edición: el librito que usamos los “psi” para hablar entre varios de lo mismo a la hora de hacer un diagnóstico). Sería como nuestro “mapa mental”; y haciendo un apretado resumen sobre el tema les comparto lo siguiente:

Hay un trastorno de personalidad, llamado “Trastorno Límite” o “Antisocial”, que bien podría ajustarse a las características de una persona capaz de emprender un hecho violento como el mencionado.

Este trastorno consiste en “Un patrón general de desprecio y violación de los derechos de los demás que se presenta desde la edad de 15 años”. No está de menos comentar que esta etiqueta diagnóstica es utilizada a menudo para individuos que terminan cumpliendo una condena penal en instituciones como los Sistemas de Responsabilidad Penal Juveniles o la Cárcel de adultos.

Según este trastorno, las personas que lo padecen pueden presentar como características el fracaso para adaptarse a las normas sociales en lo que respecta al comportamiento legal (como lo indica el perpetrar repetidamente actos que son motivo de detención);

la deshonestidad (mentir repetidamente, utilizar un alias, estafar a otros para obtener un beneficio personal o por placer); impulsividad o incapacidad para planificar el futuro; irritabilidad y agresividad, indicados por peleas físicas repetidas o agresiones; despreocupación imprudente por su seguridad o la de los demás; irresponsabilidad persistente, indicada por la incapacidad de mantener un trabajo con constancia o de hacerse cargo de obligaciones económicas; falta de remordimientos, como lo indica la indiferencia o la justificación del haber dañado, maltratado o robado a otros, etc. Para efectivizar el diagnóstico de este trastorno es necesario que se cumpla un número requerido de estas características mencionadas.

Dejando en un costado el trastorno Antisocial, se puede mencionar el Trastorno Sádico de la personalidad, pero con una advertencia, ya que tal entidad clínica aún no está reconocida para su uso diagnóstico como tal en la práctica psicológica y psiquiátrica cotidiana.

Los individuos que padecen el Trastorno Sádico son crueles, fríos y despiadados. Pueden llegar a ser violentos y se complacen en humillar a quienes les rodean.

Es un patrón general de conducta cruel, denigrante y agresiva en un individuo, tal como lo indicaría la presencia de un número de las siguientes características: que haya empleado la crueldad o la violencia física con el fin de lograr dominar una relación (no meramente para alcanzar alguna meta no interpersonal, como sería golpear a alguien para robarle); humillar o degradar a personas en presencia de otras; tratar o castigar de manera generalmente severa a alguien que esté bajo su control (por ejemplo, un hijo, un alumno, un prisionero, un paciente); se complace o divierte provocando sufrimiento físico o psicológico a otros (incluso a animales), miente con el fin de causar daño o infligir dolor a otros (no simplemente para alcanzar algún otro objetivo); atemoriza a otras personas, por medio de la intimidación y hasta del temor, para obligarlas a hacer su voluntad; restringe la libertad de las personas con quienes tiene una relación cercana (Por ejemplo, no permite que el cónyuge salga solo de la casa, a una hija adolescente asistir a reuniones sociales); le fascinan la violencia, las armas, las artes marciales, el daño o la tortura.

Los sádicos hieren, castigan e intimidan con objeto de dominar. A diferencia de los antisociales, no hieren a cualquiera porque sí; hasta son capaces de adoptar una fachada respetuosa ante las figuras de autoridad. Pero cuando se sienten fuertes, imponen la dominación por medio de la tortura física o psicológica, máxime si las víctimas pretenden resistirse.

Ante la amenaza de abandono no se deprimen: se desquitan. Son personas capaces de golpear a la esposa o esposo y cometen abusos con los hijos. Son, también, jefes malvados, que provocan dolor a los otros nada más que para retener el dominio o salirse con la suya.

Causar sufrimiento les resulta fácil, pues no sienten la menor empatía ni compasión por las personas a las que dominan.

Quizá hasta disfruten con el dolor que causan en el acto de tiranía, como el policía o guardia sádico que golpea a los prisioneros, o la divorciada que le miente a su anterior marido y le dice por teléfono que el hijo de ambos ha sufrido graves heridas en un accidente automovilístico.

Son amantes del rigor e imponen severos castigos a los hijos, los alumnos, los cónyuges, los prisioneros o cualquiera que sea su subordinado, por las faltas más leves.

Se trata de individuos de mal carácter, que se vuelven violentos cuando se enojan con las personas que, suponen ellos, deberían estar a sus órdenes.

Como pueden leer, resulta difícil realizar un diagnóstico certero sobre la personalidad de alguien capaz de propiciar quemaduras a un ser vivo indefenso. Calificativos existen miles. Y por supuesto, resulta en una conducta violenta, injustificada y totalmente repudiable.

En medio de todo esto no pude dejar de observar lo siguiente: la propagación de la información en las redes sociales y sus consecuencias en los destinatarios o ciberlectores. La masividad de clics en el botón “compartir”: la foto de los supuestos agresores se propagó a una velocidad y masividad importante. El enojo de la gente expresado en intenciones violentas: “hay que matarlos”, “quememos todo”, “escrachen”, “llevemos todos los perros y que les caguen la puerta”, “préndanlos fuego a él y a la mujer”, insultos, etc. No me haré exenta de estos pensamientos: también sentí bronca, impotencia e ira. Pero también, me obligué a preguntarme:

¿Qué nos pasa como personas, como sociedad, que ante algo violento reaccionamos con algo más violento? ¿Cómo es posible que haya una línea tan finita entre el acto de sadismo cometido y nuestra reacción? ¿Si invirtiéramos la línea del tiempo anteponiendo nuestra reacción ante el hecho de violencia cometido contra el animal, no seríamos acaso nosotros los sádicos? (llevar materia fecal al domicilio implicado me dirigió de modo directo a recordar la protesta del Marqués de Sade en su celda ante las imposibilidades generadas por el castigo que le impone la sociedad de ese entonces).

En este punto de la nota le reitero al lector el pedido de amabilidad de su parte en recordar el término “escrache”. Y le invito a preguntarse conmigo: ¿Quién escracha a quién?

Otra Arista del tema: Nosotros los espectadores.

Será práctico recorrer y citar un libro compilado por varios de mis maestros en Psicología titulado “Violencia y Consumo en Adolescentes – El sujeto en Perspectiva”, realizado y editado en Mendoza, lo cual es un orgullo. Los cambios en la puntuación y retiro de palabras técnicas del texto son propias, a los fines de extender la información a todo el público, por ello no cito textualmente:

El etólogo Konrad Lorenz, al estudiar las conductas de supervivencia de algunas especies animales, se dio cuenta que los miembros más débiles se aliaban para atacar a los más fuertes que ellos.

Es casi inevitable identificarse con el sufrimiento del pobre animal y aliarse con quien tengo al lado que siente lo mismo, y a su vez sentir enojo e ira ante quien en el momento del ataque al animal se supo más fuerte que él. Estas conductas de alianza de los “más débiles” contra los “más fuertes” suelen observarse en fenómenos sociales cotidianos (grescas futbolísticas, peleas en locales nocturnos contra los “patovicas”, en las escuelas “los del A contra los del B”, en política los “oficialistas” contra quienes no lo son, etc. Resalto VICEVERSA en todos los casos.

Quien se sabe (equivocadamente o no) más fuerte que otro, definitivamente tiene en sí la sensación de “poder”, lo cual entre los seres humanos resulta un bien altamente cotizado. Quien es “poderoso” o se siente “poderoso” está a un paso de considerarse “superior” por entre los demás”. El reconocimiento de la propia indefensión hace posible la búsqueda de compartir e interactuar con otros (los identificados con el sufrimiento del animal se alían en pos de su defensa).

En los días que vivimos resultan evidentes ciertos fenómenos relacionados al placer de contemplar el sufrimiento: se filman peleas callejeras y se suben a la web o se comparten por otras vías, gozamos con el insulto o desprestigio hacia otros, debates políticos se convierten en verdaderas batallas campales virtuales donde se tergiversa el sentido del simple intercambio de ideas y se llega a una verdadera batalla campal donde el objetivo es “hacer mierda con las palabras al otro que piensa distinto”.

En la película “Sin Rastros”, un homicida muestra a sus víctimas en su página web. Ellas están en manos del público, ya que cuantas más visitas registre la página, más rápido morirán. En una de las escenas, una víctima está sumergida en un líquido y a medida que se incrementan los miles de espectadores aumenta la concentración de ácido. El asesino le dice “si nadie estuviera mirando, sólo estarías en el agua”. Filmar y publicar a víctimas y victimarios cometiendo actos de violencia: ¿Será un modo de convocar a ocupar el lugar de testigo mudo?”.

En las personas existe un aspecto mudo, ignorado, que empuja a admitir la creencia en el derecho a ejercer la maldad como modo de resarcimiento. Como una suerte de identificación con el intérprete de esa escena que se pone en juego, liberado de toda restricción. Freud lo explicaba algo así como un resto no dominado por los límites que habita en cada uno de nosotros y que determina una inclinación fundamental hacia la agresión. Esto retiene al testigo en actitud de consentir. Y también se manifiesta en la posición de desconocer de algunos adultos.

El entretenimiento suele presentarse hoy como un “modo de pasar el tiempo”. En los fenómenos violentos el otro es tomado como objeto para la propia satisfacción. No hay trasgresión, sino obediencia al mandato de la diversión a cualquier precio. Es posible agredir a otros para filmarlo y verlo. Actuaciones al servicio de mirar y ser mirados. No hay relato, solo es necesario tolerar el instante de capturar la imagen, cliquear y recuperarla en la pantalla más próxima disponible.

Es inevitable contar con un poco de agresividad. Todas las personas tenemos, por constitución psíquica y subjetiva, una pizca de violencia como condimento en nuestro propio caldo. ¿Qué tiene que ver todo esto con los hechos acontecidos?

Pues cabe en cada uno preguntarse cuál es el objetivo de “escrachar” a los autores: ¿Justicia? ¿Llamar a la reflexión? ¿Resarcimiento? ¿Venganza? ¿Canalizar aspectos personales?

Insisto en que no hay patología que justifique y explique el accionar de una persona que realiza un acto tan cruel hacia una criatura indefensa. Es fundamental empezar a poner cada uno el granito de arena para que estas situaciones no ocurran: Vivimos en tiempos donde ningún animal, persona o ser vivo es merecedor de violencia, crueldad o castigos injustificados. Y hasta me atrevo a cuestionar las acciones “justificadas” por supuesto. Pero vale el caso por caso, imposible generalizar en un tema tan delicado.

Vale la pregunta para humildemente invitar a plantearnos qué nos pasa como sociedad cuando no podemos dejar de sentirnos tentados de ejercer “poder” o “algo de violencia” sobre otro u otros.

Ariadna Moral Machado

Licenciada y Profesora en Psicología

Matrícula Provincial 1906

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