El club de cuando era pequeño…

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El grupo del conocido club del parque era lo que se podría denominar un grupo interesante y unido cuando éramos presentes. Hoy, viéndolo en retrospectiva, hasta podría llamarlo inocente. La excusa era juntarse, no importaba para qué, era algo que hasta en cierto punto ansiabas para poder así pasarla bien, ese era el objetivo principal, por eso es innecesario que enumere las cosas que pasaban o que hacíamos, nunca recuerda uno bien las cosas cuando no hay otro “anhelo” que el anterior. Existían códigos implícitos, de esos que no hace falta ni hablarlos, porque están sobreentendidos en las relaciones sanas, grupales o no. Y si había algún malentendido, se trataba directamente, sin preámbulos ni vueltas, y aunque cambiara la relación con esa persona, no se perdía el respeto, es más, aumentaba, quien tiene códigos, por más que no compartamos muchas cosas, es para respetarlo.

Había condiciones de ingreso al club, sí, como todo club, más que todo relacionadas con qué podía aportar al grupo. Con el tiempo fueron variando, algunas reglas (escritas y no escritas) se volvieron más laxas, otras se fueron perfeccionando. Las que se flexibilizaron eran justamente las más importantes, y justamente las que no se escriben en un papel, y eran referidas principalmente a la persona, más que todo cómo era dicha persona. Las que se volvieron un poco más exigentes eran más que todo relacionadas con las capacidades de la persona. Siempre pensé que una persona confiable y con menos capacidades es mucho mejor que una persona menos confiable y con más capacidades. Es algo que poco se entiende hoy en día y que sus consecuencias solo pueden ser comprobadas a lo largo del tiempo, no en lo inmediato.

El club fue creciendo, sin ninguna duda, se agregaron deportes, actividades, se ampliaron las instalaciones. Se volvió más vistoso, atractivo, cada vez más gente quería ser miembro, aunque sea externo. Aunque los nuevos socios empezaron a copar todo, avanzando sin reparos. A veces me sentía como se siente la gente mayor, a la que antes criticaba con lo que decía, cuando ve a las nuevas generaciones con menos respeto y menos conciencia. Estas son las cosas que a uno le van avisando que está creciendo, madurando, pasando a otra etapa, cuando empezamos a comprender algunas cosas de la gente mayor, de esas cosas que renegábamos o no les prestábamos importancia.

Se fue ensuciando un poco todo, se fue perdiendo la esencia. Los nuevos no lo podían saber nunca, pero los viejos y los vitalicios, y no todos, lo notábamos. Los problemas ya no se podían arreglar de la misma forma, los códigos dejaron de tener fuerza, todo eso se iba enturbiando e iba afectando la energía natural del grupo, el de natación, el de tenis, el de remo…. Muchos dejamos de sentirnos parte, ajenos, desacomodados. Pero no era porque necesitábamos reemplazo, sino porque nuestro lugar no tenía peso ni respeto. Tampoco fue por ser anticuados o aburridos, es más, fue tan vertiginoso, como tanto son las cosas hoy en día, que no hubo ni tiempo de preguntar ni darse a conocer siquiera. ¡Acá estamos nosotros y venimos a imponernos y a hacer nuestro el lugar que no nos pertenecía!

De la misma forma que cuando era más chico las ganas eran juntarse para pasarla bien y “tomar algo” y ahora las ganas cambiaron y es tener ganas de tomar algo para “pasarla bien”, pasa con lo que fue el club y en lo que se fue convirtiendo ahora. La diversión ya no era juntarse, hablar de todo, discutir, reírse, compartir y pasar las horas, la diversión pasó a ser más extraña, con menos sentido, más artificial. Nadie nos obligaba a pasarla igual, pero el club definitivamente ya empezaba a estar contaminado. Podíamos seguir hablando tranquilamente con los originarios, el club ya se había expandido, y había salas de todo tipo, no un solo salón, pero el ruido se sentía, el ruido estaba, y el ruido hacía ruido.

En las reuniones de carácter extraordinario, en esas que todos los socios tienen que estar presentes para definir temas relacionados con el encaminamiento del club, de nuevas propuestas de expansión o remodelación, temas de la junta directiva, etc. las opiniones que más se hicieron oír y aceptar, más que todo a la fuerza, con el sentido de que el que grita gana más que el que lleva la razón, fueron las de los ingresos más recientes. Empezábamos a perder nuestro lugar, el que nunca buscamos tener pero tuvimos, naturalmente, no a la fuerza. Nuestra inocencia nos hacía sentir estúpidos, fuera de moda, con un sentido de la diversión de antaño. Ni siquiera servíamos como guía o modelo.

Los temas cambiaron. Mujeres, hombres, relaciones, proyectos, recuerdos de otras épocas, anécdotas con otras personas, experiencias tristes o hilarantes, admiración por todos y cada uno, respeto, valores y códigos fueron reemplazados por muchos menos temas y más acotados, droga, alcohol, sexo seco y rivalidad sinsentido, entre tantos otros, empezaron a colarse y a ser ley. Y así el sentido implícito empezó a ser otro.

Me alejé un tiempo sin buscar reemplazo, no me interesaba ser parte de otro club, me interesaba ese al que me sentía ajeno. Tiempo después volví, mi carnet de socio todavía no había vencido y las cuotas las había seguido pagando. El club siguió su curso expansivo, como así también sus miembros. El camino también había seguido avanzando. Me encontré con mi viejo grupo, no había cambiado, pero se notaba saturado por ese ruido del ambiente.

Extraño a ese club, el que nunca dejó de estar en el mismo lugar pero que en gran parte desapareció, como en esas construcciones que tiran abajo el edificio viejo para levantar uno mucho más nuevo y moderno, pero sin la misma calidad y confort.

 

Esta nota no solo fue recordando el club al que asistía cuando era chico, sino también el colegio secundario que tanto quise.
Agradezco el aporte de Franco Paz para varios temas de esta nota.

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