¿Encarar hombres en Mendoza?

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Nuestras obligaciones laborales hacían que nos viéramos todos los días. En algún momento de la jornada nos cruzábamos e intercambiábamos algunas palabras. Cada vez que esto ocurría sentía un fuerte aleteo de emociones que nacía en el estómago y moría en el pecho. Él me gustaba tanto, pero no supe cuánto hasta que me dio ese pellizco en la mejilla al saludarme, la presión de sus dedos hizo que me estremeciera entera.

Hace poco tiempo, la empresa ofreció una fiesta. Sinceramente detesto ese tipo de eventos, pero el saber que él iría me entusiasmó y decidí ir. Me sedujo la idea de vernos en otro ámbito, no íbamos a estar trabajando y tal vez tendríamos la oportunidad de compartir un poco más de tiempo, de poder hablar más distendidos y relajados.

Después de revolver el placard buscando qué ponerme, escogí un vestido corto y ajustado, sencillo pero elegante, era ideal porque realzaba mis no tan voluptuosas curvas que tanto deseaba que él apreciara esa noche; zapatos altos que me estilizaran las piernas, peiné mi largo pelo con  leves ondas, me maquillé suavemente, un toque de perfume y partí.

Al llegar me sentí algo nerviosa, saludé a unos, hablé con otros, mientras mis ojos eran radares recorriendo el lugar en busca de él, en cuanto comencé a preocuparme al considerar que tal vez no iría, mis impacientes ojos lo detectan al fin y el aleteo en mi estómago no se hizo esperar. Sentí que mi cuerpo se aflojaba. ¡Qué hombre Dios mío! ¡Qué hermoso estaba!

Lo veía hablando con compañeros de trabajo y de pronto, como si percibiera mi mirada, tuerce la cabeza y me parece que me ve, ya no lo dudé en cuanto caminaba hacia mí. ¡Hasta su caminar era sexy! En pocos segundos lo tuve enfrente de mí, me sonríe dulcemente, le sonrío, me saluda y besa mi mejilla, me echa un vistazo de pies a cabeza y después de alagar mi aspecto, me invita a sentarnos.

Hacía tiempo que percibía que le gustaba, por las cosas que me decía, las bromas que me hacía y sobre todo por la manera en que me miraba, a veces sentía que me comía con su mirada invasora. Pero sólo era eso, me preguntaba por qué no se animaba a más,  tal vez era porque no se daba cuenta de que me moría por él o quizá no se lo había demostrado. Días y noches soñando estar entre sus brazos y ahora lo tenía ahí, a mi lado, y tenía muchas ganas de decirle lo que sentía, pero no sabía cómo. Él me hablaba pero hacía rato que había dejado de prestarle atención y mientras veía moverse su boca, en mí crecía un deseo letal insoportable. Tenerlo tan cerca, poder mirarlo, sentir su narcótico perfume, era un suplicio, una tortura, un padecimiento que no lo soportaba más, y comenzaba a pensar que tenía que encontrar la manera de decirle que lo deseaba o al menos demostrárselo, pero ¿cómo? ¿Cómo le decía que quería pasar la noche con él?

Sinceramente nunca había encarado a un hombre y no estaba segura de cómo hacerlo. Pensé que quizá no había necesidad de decir nada, y que sólo tenía que poner en acción mis armas de seducción, tan sólo una mirada sugestiva podría causarle algún efecto. Comencé a mirarle la boca para que se diera cuenta de que se la quería comer a besos, él seguía hablando, ya ni siquiera lo escuchaba, no sé si logré provocarlo, pero su boca… ay Dios mío su boca… me llevó al delirio. ¡Qué ganas locas de saborear esa boca perturbadora! El nivel de mis ansias aumentaba más y más. Imaginar tenerlo encima y sus manos deslizarse sobre mí, me enloquecía.

No podía más, quería tocarlo, quería besarlo, quería olerlo, quería sentirlo, quería todo lo suyo, y lo quería esa noche. Y ya no sabía qué hacer para demostrárselo, cruzaba y descruzaba las piernas rozando su rodilla, me mordía el labio inferior, con disimulo tiraba hacia abajo el escote del vestido y lo único que lograba era que mi piel ardiera cada vez más.

Agotado todo lenguaje corporal, no me quedaba otra que hacer uso de la palabra, le tenía que decir lo que sentía y sugerirle que nos fuéramos de ahí y buscáramos un lugar donde pudiéramos estar solos, pero no me animaba. No le tenía miedo al rechazo, todo lo contrario, estaba segura que de proponérselo  aceptaría encantado. Pero temía que pensara que era una mina fácil, una atorranta, una puta. Lamenté en ese momento saber tan poco sobre la mente de los hombres. Sin embargo mi ansiedad se tornó insoportable, mi deseo era más grande que la importancia que le daba a lo que él pudiera pensar y decidí ponerle fin a este padecimiento. Sí, se lo iba a decir antes de que perdiera la cordura.

Tomo coraje, inspiro profundo, abro la boca y dos golpecitos en mi brazo me frenan.

– ¡Ey! ¿Me estás escuchando? Te noto un poco ida. ¿Me querías decir algo? – dice sonriente y confundido a la vez.

– ¡Ah!… Este… No, nada… Te estaba escuchando muy atentamente.

Escrito por Lore para la sección

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