Esa delgada línea

La ética no es otra cosa que la reverencia por la vida.
Albert Schweitser

A veces se fluctúa entre el bien y el mal, o en el mejor de los casos entre el menor de los males; “La única ética posible es hacer lo que uno quiere hacer”, dijo William Burroughs en algún momento entre pinchazo y pinchazo de heroína o morfina o jarabe para la tos; ese pensamiento nos remite a que la opción es nuestra, la buena voluntad o el mal designio están en nuestras manos, es puramente así; somos nosotros quienes decidimos.

Parece obvio, natural e indiscutible, pero no es tan así; a veces la visión es aprobar una pesadilla, darle otro cariz, uno que justifique el accionar a seguir. Por ejemplo encontrarse un celular tirado en la calle nos lleva a que pujen en nosotros las fuerzas de lo correcto y del que se joda. Me dejo el celular, a pesar de que sé que puedo estar perjudicando, pero qué se joda… “La única ética posible es hacer lo que uno quiere hacer” me quiero dejar el teléfono, me sirve, es más nuevo que el mío, el dueño no lo cuidó… Que se joda.

En 1994 en Sudán la hambruna era apocalíptica, una «niña» sudanesa agonizaba en el nivel máximo de desnutrición, no tenía fuerzas para vivir, su existencia se iba apagando. Kevin Carter, el fotógrafo, estuvo veinte minutos esperando, aguardando agazapado, a que el ave estire sus alas, para lograr la imagen perfecta: La muerte a punto de tomar una vida.

La agonía de «la niña» iba creciendo y el hambre del ave también, la ansiedad de la lente de la cámara iba en aumento. El encuadre era perfecto, faltaba solamente que abriera las alas, sólo eso, para que la muerte pareciera más muerte aún.

La foto se llamó «La niña y el buitre». La realidad es que «la niña» era un niño, se llamaba Kong Nyong y no murió, en ese momento estaba defecando. Carter había llegado a la zona de ayuda humanitaria y si miramos la famosa fotografía podemos observar que el niño tiene en su mano derecha una pulsera de plástico de la estación de comida de la Organización para las Naciones Unidas (ONU). En ella figuraba el código T3, la T que lo identifica como enfermo de malnutrición severa y el 3 que indica que fue el tercero en recibir la ayuda humanitaria en el campamento. 18 años después, un equipo de periodistas viajó al lugar y logró constatar que el pequeño sobrevivió a la hambruna pero que murió en 2007 a consecuencia de unas fiebres.

Kevin Carter tuvo una vida atribulada, a pesar de que la consabida foto lo llevó al pináculo de su carrera, lo hizo tocar el cielo con sus negativos en blanco y negro. En una cosa coinciden la mayoría los sitios que leí, que se suicidó acuciado por las deudas. A pesar de haber ganado el Premio Pulitzer varios fueron sus detractores, que alegaban que podría haberse tomado el tiempo en ayudar al niño, en vez de buscar el encuadre perfecto, la fama ulterior. Le pidieron un poco de humanidad, un dejo de decencia. Él alegó que la madre del niño estaba cerca y que en el momento de sacar la foto se estaba repartiendo comida. Aun así la polémica estaba instalada.

La foto es genial y aberrante; es la imagen síntesis perfecta y una monstruosidad…

Los fotógrafos, los cazadores de imágenes, entienden el hecho de que a veces de que la meta de lograr la perfección los embulle dentro de la lente, el mundo deja de tener consistencia, sólo queda la imagen, los colores, el contraste, el encuadre

¿Vale la pena la fama, el éxito o el dinero si vienen aparejados con el sufrimiento implícito o con el dolor a flor de piel?

Creo que sí, si se piensa no es lo mismo el título en un diario: «Hambruna en Sudán» que la imagen de, sus consecuencias, de sus víctimas, de los huesos a punto de rasgar la piel, de las lágrimas de hambre. Las palabras no tienen la misma fuerza, se pueden utilizar millones de ellas, pero una sola fotografía llena el cerebro con más información que cualquier texto. No es amarillismo mostrar la foto, amarillismo es otra cosa, no la muestra de la verdad pura.

La niña y el buitre fueron el mensaje, que generó polémica, rechazo, admiración; se hizo viral antes de que existiera la Red, se trasladó en papel por todos los medios gráficos del mundo y se tomó conciencia de que la parca acechaba en forma de desnutrición.

El buitre, aguardaba pacientemente por su comida, el ave hacía lo que su naturaleza le mandaba; el fotógrafo también. La imagen logró su cometido, visualizó la hambruna, no fueron meras palabras, fue el sufrimiento mismo, logró informar y crear conciencia sobre el hambre, lo que se pueda opinar después de esto es válido, todo lo es.

A veces hay que atravesar esa delgada línea.

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