Historia del santuario a San La Muerte en el Carrizal

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Hoy en día el espacio que rinde culto al pagano personaje San La Muerte está a la vista de todos, a pocos kilómetros de la ciudad de Mendoza, en el dique El Carrizal, departamento de Rivadavia, esperando a que quienes no esperan la protección de alguien corriente, pueda velar por sus restos… desde abajo. Además de haber tomado las únicas fotos que hay en la web sobre el tema, les voy a contar la leyenda que se teje detrás de este aterrador santuario. Por el miedo que me dio la historia estuve en duda de escribirla, pero la verdad que es aterradora y apasionante y no me puedo dar el gusto de no contárselas. El lugar da escalofríos, me mandé solo, pero a la tarde, sinceramente de noche no voy ni en manada. Una sensación horrible te cubre, un sentimiento de miedo y soledad t ahoga. Al final de la nota también les dejo un video, filmando todo el santuario, para que sientan lo que yo sentí. Todos los nombres y apodos fueron cambiados, para no tener problemas legales ni que quienes dieron testimonio sufran algún hostigamiento. El relato lo construí gracias a las palabras de un policía de la zona, un fiscal, varios vecinos del Carrizal y un vecino de la villa miseria en cuestión (testigo clave), a quienes agradezco profundamente y dedico la nota por completo.

El nacimiento del Manuel estuvo mal parido desde el vamos. La Estela era conocida en la Villa, prostituta, falopera, mula y brava. Se la cogía cualquiera por dos mangos. Además estaba todo el día fisura y picante… no se comía una. Sus delirios por la adicción a la merca y al alcohol eran moneda corriente, y todos conocían sus delitos y cómo había liquidado a uno de sus amantes. Su casa era un infierno, y desde las entrañas de ese infierno quedó embarazada del Manuel.

El bebe había nacido con el rostro completamente deformado, una enorme protuberancia en la frente lo hacía parecer un ser horrible. La deformidad le dificultaba la respiración y su llanto era un chillido atroz, lógicamente también afectado por esta especie de tumor. El rumor se esparció como un virus mortal… la Estela había parido un hijo monstruoso, sin padre, ni novio, ni amante que reclame la paternidad, entonces todos aseguraban que había parido al “hijo del Diablo”, como corrieron la voz.

En las villas son frecuentes este tipo de creencias, como así también las relaciones incestuosas. La casa de la Estela era un desastre, habitada por varios familiares, todos adictos a algo, las generaciones y relaciones familiares se mezclaban entre drogas y alcohol. El rumor decía que había parido al “hijo del diablo”, la realidad era que Manuel padecía una deformación congénita producto del incesto… pero esto jamás se supo.

Manuel creció entre las sombras, escondido del mundo exterior, encerrado en una habitación oscura y fría, sin más contacto que sobras de comida y una que otras palabras con sus familiares, siempre denigrantes y ofensivas. A todos les daba asco y vergüenza ese niño, menos a la Estela, que en sus cortos lapsos de sobriedad intentaba tratarlo como alguien normal. Jamás jugó con otros niños, ni fue a una escuela, jamás fue inscripto en el registro civil, ni bautizado, ni sacado a la luz del sol. Todos en la villa intentaban relojear en la casa, en busca del “hijo del Diablo” y los pocos que habían tenido la (mala) suerte de verlo huían aterrados.

El tiempo fue pasando y el resentimiento y odio de Manuel hacia todo y todos fue creciendo día a día, sumado a sus ansias de conocer algo más allá de las cuatro paredes que lo rodeaban, fue el producto de un caldo explosivo. Una noche, cuando cumplió nueve años, uno de sus primos decidió sacarlo fuera de la casa. Envolvió su cabeza con un turbante negro, cubriéndole todo el rostro y lo llevó por los pasillos de la villa. Manuel estaba impresionado… desde ese día su vida cambió para siempre.

A partir de esa noche, todas las noches se ponía el sucio trapo en su rostro y salía a deambular, como un fantasma errante. No tardó nada en conocer los vicios de la calle. Los excesos de la noche lo llevaban a otra realidad, haciendo las veces de analgésico del alma. Comenzó a la temprana edad con falopas blandas y alcohol, al cabo de tres años consumía cualquier cosa y tomaba lo que le pusiesen frente. La necesitad de consumir cada vez más lo llevó al camino de la delincuencia. Pero no era un delincuente común, una rata del montón, sino que era un cazador solitario que no solamente buscaba robar, sino saciar su sed de violencia contra el mundo que lo había discriminado.

Comenzó atacando ferozmente con golpes a sus víctimas, luego empezó a usar elementos punzantes. Las torturas impartidas le generaban un placer y una excitación aberrante, los gritos, el dolor, las caras de pánico al ver un rostro tapado lo hacían sentirse superior. Sabía que en la villa no podía actuar, pero las afueras, todas las afueras, eran su escenario. Una vez, en el manoteo y la desesperación, un tipo al que le estaba propiciando una paliza desgarradora lo tomó del trapo y le descubrió el rostro, dejando a la luz de la noche una imagen espeluznante. El grito de horror fue mucho más estrepitoso que el de dolor. Manuel sabía que lo habían visto, no era difícil de reconocer, entonces actuó como su naturaleza se lo dictaba. Con sus manos, uñas y dientes, mordió y escarbó en el abdomen del tipo hasta destrozarle el estómago y dejar expuestas sus vísceras. Al cabo de unos minutos el hombre había fallecido de un paro cardiorrespiratorio. Bañó el cuerpo en alcohol y lo prendió fuego en el basural de la villa. El caso fue famoso en Mendoza, la policía jamás encontró rastros del agresor.

La villa entera sintió el terror. A partir de ese momento comenzaron a correrse las voces por los pasillos del chaperío… un hombre con el rostro cubierto salía por las noches a aterrar los alrededores. Las deducciones llegaron al instante, los testigos aparecieron, el Manuel se ganó el respeto y el miedo de todos los vecinos, además de su nuevo mote gracias al asesinato: “El Tripa”.

Ese fue el primer homicidio del Tripa, los que le siguieron fueron creciendo en violencia. Manuel los atacaba, los golpeaba hasta casi desmayarlos y luego con lo que tuviese a mano los destripaba, para ultimarlos quemándolos, enterrándolos moribundos o hundiéndolos en el charco inmundo de agua que empantanaba la villa. En esa época el Gobernador decidió no levantar eco de la noticia que conmocionaba a policías y gendarmes. Se aproximaban las elecciones y una noticia así destruiría cualquier campaña política. Fueron seis los homicidios que se le imputaron según la justicia, pero en la villa se rumorea que asesinó a más de veinte.

Con el tiempo se le fueron acercando algunos personajes de lo más nefastos, tanto para protección, como para complicidad. Para los vecinos de la villa era “el mal en persona” y esa característica tentaba a muchos que buscaban sentirse poderosos, mafiosos o pandilleros.

El apetito sexual se le despertó prematuramente, padecía orgasmos mientras asesinaba… los mismos orgasmos que cuando se masturbaba. A los catorce años no aguantó más y decidió probar una mujer. Era muy consciente de su estado y del impacto que generaba en la gente al verlo, por lo que dedujo rápidamente que su suerte con las mujeres no iba a ser la mejor. Cierta noche salió con la oscuridad como abrigo y más excitado que nunca, caminó hasta las afueras de la villa, por una de las calles principales de ripio. Se escondió tras unos matorrales y aguardó en silencio, como un animal al acecho, sediento y expectante… hasta que apareció.

Un impulso violento y mortal lo hizo saltar desde el forraje, rápidamente dio un revés a su víctima, dejándola inconsciente, tendida en el piso. De más está aclarar los detalles, pero la violación se produjo con todo el salvajismo que un ser tan cargado de odio pudiese ejercer. El intento de asfixia no fue culminado, gracias a unos transeúntes que pasaban por la zona y comenzaron a los gritos. La niña se había salvado de la muerte… pero las secuelas que en su cuerpo y alma quedaron no se borraron jamás.

Beatriz era la hija menor de los Sosa… familia sin mamá, constituida por el padre y cinco hermanos varones. Con los Sosa no se jodía. Los Sosa no molestaban a nadie, pero no se dejaban palabrear por ningún gil, ni de la villa, ni puntero ni milico, y les habían pegado en lo más profundo de su orgullo… la nena de la casa. Beatriz tardó varios días en recuperar la conciencia, pero cuando lo hizo lo único que pudo decir fue que el atacante tenía la cara “tapada y de negro”. Ese solo dato bastó para que los Sosa (y cualquiera de la villa) supiesen quién había sido el responsable.

Tres días lo estuvieron buscando en la villa, hasta que lo encontraron escondido en una habitación de uno de los tantos amantes de Estela. Aprietes, amenazas, incendios, golpizas, juramentos y hasta un asesinato los hicieron llegar al Tripa. La paliza comenzó en la habitación, ahí mismo comenzaron las mutilaciones, pero en silencio. Lo cargaron en el auto del padre de los Sosa y se lo llevaron derecho para el Dique el Carrizal. El viaje fue una tortura, pero ninguno pudo esconder el impacto horroroso que les causó verle la cara a Manuel.

“Una enorme pelota le brillaba en la frente, sobresaliéndole por los ojos, dejando los mismos ubicados de manera que se parecía un caballo. Parte del hombro lo tenía pegado al cuello y al cachete de la cara, y la boca se le había torcido hacia el otro lado de una manera asquerosa. En esa parte de la cara parecía como que faltara piel, se le podía ver hasta las muelas. Le habíamos pegado mucho, todo su cuerpo estaba bañado en sangre, así y todo respiraba como un león enjaulado y ni siquiera chillaba el muy culiado. Nos miraba y parecía que se reía, estaba agitado y largaba un olor inmundo”. De esta manera los Sosa describieron, meses más tarde, la imagen grotesca del Manuel, alias “El Tripa”.

Eran las cuatro de la mañana de un martes de Agosto, el Carrizal estaba desierto, no había un alma. Los Sosa estacionaron en la costa, bajaron al Tripa y continuaron su castigo, prometiéndole que pronto acabaría su dolor. Lo golpearon hasta matarlo, lo envolvieron en una lona con piedras, lo subieron a una balsa que estaba amarrada a unos metros, remaron unos minutos y tiraron el cadáver por la borda, no sin antes llevarse un recuerdo, para que todo el barrio supiese que los Sosa habían vengado el honor de su hermana. Le separaron la deformada cabeza del cuerpo y la tiraron cerca de la ruta, al lado de un árbol. Cuando llegaron a la villa la conmoción era inminente. La madre del Manuel corría desesperada de un lado a otro, completamente enloquecida, fuera de sí. Las viejas lloraban, los niños se escondían. Cuando llegaron los Sosa, Estela corrió hacia ellos, profesando amenazas y maldiciendo.

“En un árbol cerca del Carrizal dejamos al monstruo de tu hijo, hija de puta. Andá a buscarlo si queres”, sentenciaron los Sosa y se marcharon en tropa. Estela se desapareció al instante. Horas más tarde, casi con la salida del sol, pudo encontrar el árbol del que hablaban los hermanos. Ahí estaban, siendo devorados por pájaros carroñeros, los restos de la cabeza del Manuel, el hijo de la Estela, el Tripa, el “hijo del Diablo”.

Lo lloró todo el día, dicen los vecinos del dique que los llantos se escuchaban a kilómetros a la redonda. Con sus manos cavó una pequeña fosa y enterró ahí mismo la cabeza de su hijo, bajo el árbol. La Estela pensó… “¿A qué santo le voy a pedir que vele por mi hijo?, ¿qué Dios lo va a querer recibir en su reino?, ¿quién lo va a acompañar a un lugar sagrado cuando era la representación del pecado?”, entonces, entre la duda, el llanto, la angustia y el cansancio cayó rendida a los pies del árbol. Ese atardecer nublado tuvo un sueño inquietante, no alcanzó a ser una pesadilla, pero tampoco se lo podría haber llamado “un sueño”. Un hombre enorme, de casi el doble de estatura de una persona normal, cubierto por un velo negro de pies a cabeza, que incluso le tapaba el rostro, estaba parado detrás del Manuel. El Tripa estaba sereno, con el esplendor de toda su deformidad, pero en paz… y la miraba fijo. Entonces el hombre de negro levantó un brazo y extendió su manto negro, mostrando parte de su cuerpo… eran solo huesos, era un esqueleto. Rodeó a Manuel y mostró parte de su rostro. Su cabeza era una calavera, con los ojos rojos inyectados, pálido, frío, mortal. Una voz de ultratumba dictó “Ahora está conmigo, yo seré su guía, yo seré su protector, yo seré su Santo, yo soy San La Muerte, vos tendrás que venerarme si lo que queres es velar por él”. Y el manto cubrió por completo al Manuel, mientras los gritos de su madre se desaparecían en la nada.

Se levantó agitada, sucia, aterrada, desorientada y febril. Era nuevamente de noche en el Carrizal, hacía frío y estaba devastada. Entonces todo se aclaró en su mente. Quienes vivían en el mal, quienes gozaban del mal como lo había vivido y gozado Manuel, no podían ser protegidos por un santo corriente, no porque el santo no quisiera custodiarlos, sino porque la persona no iba a querer. ¿De qué servía pedir a los santos beatificados que cuiden y guíen el alma de un ser corrupto, cuando ese ser no estaba arrepentido de su accionar? ¿Qué quedaba para ellos, para alguien como Manuel? Quedaba pedirle a un representante del mal que no lo hostigara, sino que lo recibiera entre sus filas, que lo armara soldado del mal, como fue soldado del pecado en la tierra. San la Muerte era la último a lo que se podía encomendar para que su hijo no sufriera las torturas del infierno, sino que las impartiera, junto con las hordas del inframundo.

La misión fue venerarlo, por lo que días más tarde, en el mismo lugar donde enterró los restos de su hijo, montó una gruta de madera, talló en hueso animal lo que había soñado y lo ofrendó con lo que su hijo había disfrutado en vida: drogas, dinero, alcohol y golosinas. Al poco tiempo, los Sosa fueron pereciendo uno a uno. Accidentes mortales, riñas callejeras, sobredosis y hasta una muerte súbita fueron los motivos reales, nadie pensó que una maldición actuaba tras ellos. Cada martes, por la noche, algo pasaba, algo sucedía. Pronto empezaron a pasar cosas extrañas en las cercanías a la gruta, como si el alma maldita de Manuel fuese insaciable. Algunos vecinos del Carrizal le exigieron a Estela que quitase el altar a San La Muerte, amenazándola de denunciarla. Fueron las últimas cosas que hicieron, ya que al poco tiempo uno a uno murieron. Ahogados, atropellados o por picaduras de serpientes o arañas venenosas, nunca antes vistas en la zona.

Con el tiempo la historia se transformó en mito y el mito en leyenda, poco a poco fueron apareciendo nuevas grutas, de más “caídos”. A todo aquel delincuente asesinado o fallecido se le construía una gruta, con la imagen de San La Muerte dentro, velas, ofrendas y plegarias. Para que desde el mal, sea cobijado y proteja a sus seres queridos.

Ningún otro pueblerino decidió enfrentar a la Estela ni a nadie que levantara una gruta a San La Muerte en la zona, es por eso que a partir de esa nefasta época, todos los martes, con la puesta del sol, se cierran cada una de las casa del Carrizal, y no se recomienda a nadie visitar la zona, sobre todo en invierno, más en Agosto.

“Es cómo que la noche se hace más oscura, los árboles cobran vida y la muerte se percibe en el ambiente, han aparecido animales destripados, mutilados o devorados. Todos los vecinos nos encerramos, trabamos puertas y ventanas, encendemos todas las luces y tenemos velas a mano, porque suele cortarse la luz. Nadie nos da una mano, porque nadie denuncia nada, todos tenemos mucho miedo de lo que pasa por acá pero nadie nos escucha”. Así contaba Roberto, un vecino que tiene un kiosco donde se venden mojarras.

“No entiendo cómo nadie se da cuenta de lo que pasa acá, hay muchísimos accidente fatales, todo el tiempo. Manejá mirando a los costados y te vas a dar cuenta la cantidad de altares que hay por los accidentes. ¿Vos te crees que eso es casualidad? Muchos camioneros y varios de los que han logrado sobrevivir de un accidente por acá cuentan que se les aparece un hombre de negro, enorme, con una capa, en el medio de la calle y abre la capa de punta a punta. En la desesperación de no atropellarlo la gente hace maniobras y termina perdiendo la vida. Y nunca hay ningún hombre”. Esto me lo decía Aida, desde el interior de su casa, sin animarse a abrirme la puerta.

“Yo venía manejando desde el Dique, medio cansado, cuando de pronto ví por las montañas una sombra negra, enorme. Bajé la velocidad para prestar más atención y de pronto mi esposa pegó un grito aterrador, miré para delante y ahí lo ví, al lado de la ruta, abalanzándose hacia mi auto. Era como una especie de Conde Drácula, todo de negro, como con una capucha, pálido y con los ojos rojos, aceleré y no lo pude ver bien, pero la mitad de la capa nos cubrió el auto, no choque de pedo”. Este es el testimonio de Ramón, un mendocino que había ido a pasar el domingo al Dique.

Creer o reventar, les dejo el video y más las fotos del lugar.

Edición fotográfica