La conspiración de la química

Las quejas de los vecinos eran constantes. Los camiones que entraban y salían del depósito de la esquina transportaban ácido sulfúrico. Ni ellos ni el depósito estaban habilitados para manejar esa sustancia. Lo almacenaban en tachos de200 litros, sin ningún tipo de seguridad. Nunca se preocuparon por eso, era mucho más barato coimear a los inspectores que reacondicionar el galpón. Sólo una vez los clausuraron, pero al día siguiente estaban de nuevo trabajando. Se habían atrasado en el pago mensual, seguramente…No sería extraño que un día común, como cualquier otro, uno de los tachos tuviera una pérdida y el ácido fuera a parar al desagüe y de ahí se esparciera por el barrio. “No pasa nada”, decía el dueño. El argumento que siempre tenía a mano era que las viejas vecinas no tenían nada mejor que hacer que quejarse de su negocio.

A unas cuadras de allí funcionaba un taller de galvanizado. Bien controlado, ajustado a las normas de seguridad. Trabajaban con sales de cianuro y eso no era para tomárselo a la ligera. Pero la crisis económica les había llegado igual que a todos. El personal que empleaban tenía cada vez menos experiencia. Cuanto más joven, menor sueldo. La ecuación es simple, pero peligrosa. Un día común, como cualquier otro, uno de los jóvenes provocó un accidente y al desagüe fue a parar alguna que otra cosita que nunca debería haber llegado hasta ahí. El inexperto empleado terminó en la calle. El dueño minimizó el asunto: “Son cosas que pasan”, dijo, “pero que no salga de acá”.

Era casi la hora del almuerzo. Angélica preparaba la comida en la cocina. Era un lindo día, soleado. Miguel pasó por detrás de ella y espió dentro de la olla por encima del hombro de su mujer. Apoyó su mano sobre el otro hombro, como un mimo. Eso era una demostración de cariño enorme para lo que él estaba acostumbrado a hacer.

-Tiene buena pinta eso -le dijo casi al oído.

-Ya casi está.

-Bueno, voy a dejar estas herramientas al galpón y ya vengo.

-No tardes, que se me va a pasar el arroz.

Salió de la cocina hacia el galpón. Cuando llegó a la mitad del patio, donde estaba la rejilla de desagüe, percibió un olor extraño, que se le antojó parecido al de las almendras. No llegó a dar dos pasos más y cayó pesadamente al suelo. No podía respirar. Angélica lo vió por la ventana y corrió a ver que pasaba. Se asustó tanto que sólo atinó a entrar de nuevo para llamar por teléfono a su hijo Enrique. Del otro lado de la línea él trató de calmarla. Le dijo que ya iba para allá con una ambulancia. Cuando cortó con su madre, llamó a su esposa, que estaba cerca de allí en casa de una amiga. Le pidió que por favor se fuera a la casa de sus padres, a ver que pasaba.

Enrique corrió una cuadra hasta la central de la compañía de emergencias médicas. La secretaria lo vió tan desesperado que no tardo más de un minuto en conseguirle una ambulancia. Los trámites podían esperar. Subió al vehículo junto con el chofer y la doctora de guardia. Recorrieron las 30 cuadras a toda velocidad. El viaje se le hacía eterno. Seguramente su padre había tenido un infarto.

Llegaron a la casa. Enrique abrió la puerta y todos corrieron hacia adentro. Cuando llegaron al patio vieron algo totalmente inesperado. Miguel, Angélica y su esposa Rosana estaban en el suelo, inmóviles. La médica no sabía a quien socorrer primero. Enrique y el chofer se acercaron instintivamente, por curiosidad y se arrodillaron junto a los cuerpos. Se dieron cuenta de que habían llegado tarde, los tres estaban muertos. A los pocos minutos los recién llegados comenzaron a sentirse mal. Les resultaba difícil respirar, se ahogaban. Ninguno de los tres sobrevivió. El mismo asesino implacable e invisible había matado a 6 personas en menos de una hora. Un día común, como cualquier otro, el ácido sulfúrico y las sales de cianuro se encontraron por pura coincidencia del destino (y por negligencia de varios) debajo del patio de esa antigua casa, matando a cada uno de los que se acercaba a la rejilla por intoxicación con gas cianídrico.

Nota: parece una fantasía un poco tirada de los pelos, pero sucedió realmente en 1993, en la localidad de Avellaneda, Buenos Aires.   

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