¡Me lo encontré en el colectivo!

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Mendoza, ciudad pintoresca. El parque general San Martín, el Cerro de la Gloria, el cerro Aconcagua, la plaza Independencia, los mendocinos y los colectivos. Si, colectivos. No hay Mendoza sin sus colectivos.

Subís al colectivo, todos los pasajeros te están mirando, vas eligiendo asiento como si se  tratara del billete de lotería que trae el premio mayor, y calculando la probabilidad de que un degenerado sexual con antecedentes te toque justo como compañero de viaje. Elegís uno al fin y viene a sentarse un grandote al lado, ése que te deja como masa de fideos después de pasar por novena vez en la pastalinda.

La rica. La rica es la rubia ésa que siempre está impecable y producida como si fuera día viernes en la Arístides. En pleno Enero,  Cuarenta grados adentro del bondi, viajando como ganado, vas con la nariz pegada al sobaco de alguien (porque es más alto y llega al pasamanos del techo, cosa que no podes hacer ni poniéndote de puntitas) chorreando transpiración, se te derritió literalmente el rimel apenas pisaste el primer escalón para subirte y no hay Rexona que no te abandone. Y la mina está perfecta, sigue rubia y divina, no se le despeinó ni una ceja.

El charlatán o charlatana, ese que te quiere contar hasta del novio de la prima segunda. Intención escondida atrás de una simple pregunta sobre tal o cuál lugar, quejándose de lo caro que está el pasaje o incluso haciendo referencias inocentes al clima. No  dudará en hacerte sacar el auricular y una vez que emitiste el “¿cómo?” O el “¿perdón, qué dijo?” Chau, no para más.

En los primeros asientos, esos que están reservados jamás falta la dulce criatura que no para de llorar a los gritos. Apodado como “el niño llorón” va a hacer de tu viaje una estadía gratis en un jardín de infantes. Y vas a pasártela pensando en porque su madre no lo calla de una vez. En la misma categoría (la de momentos odiosos) entran los culisueltos a los que la colecta para comprar auriculares no les llegó y les chupa un huevo si está prohibido por ley o no compartir sus gustos musicales con el resto de los pasajeros.

El que va hablando por teléfono (generalmente soy yo), variante del charlatán o charlatana- Personaje tan típico como el chofer mismo en el cual ahondaremos más adelante. El o la “Susanita” no tiene problema en… mejor dicho, no tenemos problemas en contarle a todo el colectivo las cuestiones que vamos hablando con una persona únicamente. Vamos hablando a los gritos porque como siempre hay tanto ruido tenemos miedo de que no se escuche bien del otro lado y al final quedamos como doblemente desubicados. Pero seamos realistas, si tenés llamadas gratis y vas aburrido, ¿qué mejor que llamar a un amigo para contarle que acabas de salir del médico y te dijo que sanaron las hemorroides?

Nunca falta el que se duerme. Si va sentado al lado tuyo seguro tenés que despertarlo para poderte bajar. Personas desconsideradas. Hacen que como con tres paradas de anticipación empieces a idear un plan para despertarlos. De repente te ves en el dilema de no saber si hablarle, tocarlo o empujarlo para que se caiga del asiento en una curva  así aprovechas a escaparte y de paso no cargas con la culpa de interrumpir su descanso.

Después tenemos personajes esporádicos como el “Buen día señores pasajeros…” del señor que te quiere vender los últimos éxitos de taquilla en un combo que no podes desaprovechar, o las lapiceras con los chocolates mitad blanco mitad negro.

Y llegamos al turno del Chofer. Personaje indispensable y elemental mi querido Watson. Hay choferes bonachones, de esos que te dejan pasar cuando no te alcanza el saldo de la tarjeta o paran cuando se dan cuenta que venís corriendo el bondi hace una cuadra. Pero hay de esos, que te conviene tener de amigos. Esos que son la misma cara del sorete. Esos que van arrancando apenas alcanzas a subirte.

Y bueno, después hay cosas que hacen del transporte público de pasajeros toda una experiencia. Como la desesperación que te agarra cuando pasas la red bus y se prende la crucecita roja porque no tenés saldo…  ahí es cuando empezás a revisarte hasta las medias rogando por el peso cincuenta que te falta.  O la ley de que a una cuadra de llegar a la parada, el colectivo que necesitas tomarte, pasa. Y no hay piernitas que te alcancen cuando empezás a correrlo.

En fin, yo aspiro (de la buena) a que un día cualquiera tal vez alguno de los cuatro colectivos diarios que me tomo me traigan el verdadero amor. O  hacerme millonaria y  comprarme una línea de micros para mi solita y no tener que esperar más  de 15 minutos para que alguno llegue a tiempo.

Escrito por: Bote Quiroga para la sección…

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