Otra declaración adulta: mi abuela era transgresora

La gente no decía que mi abuela era una transgresora sino una puta de mierda. La habían casado a la fuerza en el Líbano: ella tenía 15 y mi abuelo 30. Cuando llegaron a la Argentina, mi abuelo seguía conquistando minas y hasta tuvo un hijo con una de ellas. Mi abuela conoció a un criollo joven ferroviario y se las tomó con él.

En realidad su mejor escuela fue la de su madre, mi bisabuela que a los 60 dejó a su marido y se fue con uno de 40. Estamos en el año 1900.

Mi abuela dejó la casa de material con todas las comodidades y se juntó al criollo que tenía un rancho. El amante trabajó como no lo hacen ahora los amantes, en construir una pared, dos, una cocina hermosa, galería, puso vidrios a las ventanas, plantó árboles frutales en una terreno que había comprado tras cambiar los rieles, dirigir trenes y criar conejos de angora.

Mi abuela se dedicó a cultivar los espacios y comíamos lechuga, acelga, tomates, pimientos, zapallos, papa y todas las frutas, hasta una exquisita uva chinche que jamás en la vida volví a comer.

Los hijos de mi abuela reaccionaron de diferentes maneras: uno no le habló ni vio nunca más en la vida aunque agonizando mi abuela lo reclamaba. Otro tomó distancia y la veía una vez al año. El otro la amaba con gran preferencia. Las dos mujeres fueron más comprensivas y permitieron que nosotros los nietos disfrutáramos de esa abuela tramposa y laboriosa.

Después de la escuela pasábamos a jugar a la lotería con ella. Tenía los números de madera en una bolsa de tela y los números eran en relieve. Siempre nos ganaba porque ella era la que manejaba la bolsita y los “tanteaba”.

No había televisión en el pueblo pero vivíamos de las leyendas de los personajes del lugar (“la degollada”, el “galicho”, el “gitanito”) de las anécdotas del cementerio. Tampoco teníamos juguetes pero con bolsas de arpillera nos fabricábamos capas y haciendo barcos de papel los navegábamos por el cordón de la vereda donde siempre surcaba el agua.

Las navidades eran fantásticas porque no existía “Papá  Noel” y los mejores regalos eran de la Tía Berta que traía unos caramelos de miel caseros que tampoco nunca más comí.

Por más que le poníamos pasto y agua a los Reyes Magos, estos flacos jamás pasaron por nuestro patio pero bue… la historia era que se les caían los juguetes en nuestro aljibe rojo y ¡¡¡andá a sacarlos!!! Muchas veces con mis hermanos largábamos el balde pero ni tocaba fondo.

La abuela era nuestro mejor divertimento porque nunca habló bien, no dominaba el idioma, no sabía escribir y como le faltaban vocales y sílabas le entendíamos a pura carcajadas lo que quería expresar. Siempre olía a comida rica, casera, sabrosa y el criollo era callado y tenía las manos llenas de callos de trabajar como nunca vi a ningún hombre. La amaba y eran felices.

Cuando murió mi abuela el criollo corrió los muebles, puso ramas de árboles y flores en toda la pieza, abrió como 3 damajuanas de vino y puso salames caseros y quesos para los que iban a despedirla a la casa.

A nosotros se nos provocó un gran vacío: la abuela era nuestro centro de atención, de historias mal contadas, de loterías tramposas y de aromas que nos llegaban a la saturación de salivas.

Espero copiar algunas de sus transgresiones cuando me toque el abuelazgo.

Escrito por Susana, por motivación del Mendolotudo a raíz de esta nota: http://www.elmendolotudo.com.ar/2012/03/25/mi-abuela-era-una-forra/

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