Prueba superada

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A los 17 años debuté en la onda bolichera, confieso que no me gustaba mucho salir y mi mamá, más abogada que madre siempre me decía “te llegan a agarrar y vas a tener que llamar a tu padre… yo no me voy a levantar”. Fue un alivio cumplir los 18. El primer boliche al que fui en mi vida fue By Pass y me dio tanto pero tanto pánico su parecido con un hormiguero humano que se me bajó la presión y me tuvieron que sacar en ambulancia.

La noche del 31 de julio, pleno invierno mendocino, era el cumpleaños de mi amiga y era la primera de mis salidas nocturnas en Mendoza.

Ahora no debía ni por asomo repetirse la situación que había acontecido en Bariloche, no le podía hacer eso a Débora ni me lo podía hacer a mí. Me tenía que hacer mujer, ¡Carajo!, ¡Mierda!

La cita era a las 10 pasaditas en su departamento, como el estudio de mi mamá quedaba mucho más cerca, me fui allá, a las 7 de la tarde, con un bolso tamaño “fin de semana en San Rafael” con cosas que quizá ni iba a tocar como la planchita, el arqueador de pestañas, el brillo labial con sabor a arándanos y el esmalte de secado híper-archi-ultra-súper-rápido.

Mientras pasaban las horas, yo me probaba peinados, labiales, pantalones, botas y hasta corpiños. Los clientes de mi mamá eran testigos de la escena; cada dos segundos, yo entraba a decirle “mami, ¿esto me queda bien?” a lo que ella respondía “Sí, nena, te queda lindo”, aunque ni siquiera me mirara.

Lilibet, su socia, me convidaba mate con edulcorante, nada más espantoso, nada con sabor más artificial. Yo le daba un par de sorbos e iba al baño a escupirlo. ¡Me tuvo así dos horas hasta que se fue a su casa!, ¡Dos horas dele decirle “qué rico mate, dame otro”! Por suerte se fue a su casa temprano porque estaba indispuesta, creo que esa noche fue una en las que más me gustó que existiera la menstruación.

Finalmente-o para comenzar- nos dieron las 10 y yo casi casi entré en crisis. Mi mamá quiso ayudarme con el maquillaje, pero yo le dije que podía sola y se fue. Ese fue un grave, gravísimo error y lo peor de todo era que ella sabía, desde siempre tuve peor motricidad que un enfermo de Parkinson conectado a una silla eléctrica y sin embargo me dejó sola con el rimmel y el delineador. ¿Qué clase de madre cometía semejante filicido?, ¿qué clase de hija querría cometer semejante intento de suicidio? ¡Yo!

Me pinté la cara de una forma que consideré aceptable, no parecía una señorita de la cuarta sección ni tampoco una carmelita descalza; era el turno del pelo, el brillo de mis hebillas cayó sobre una de las carpetas y mi compulsión al estilo Mónica Geller hizo que pasara quisiera limpiar todo lo que tenía al menos un destellito.

Al mover los papeles vi que mi vieja le estaba llevando un juicio a un tipo, leí con más detenimiento y vi que se trataba de  mi ex novio. Sí, mi vieja, mi mamá, la que me vio llorar por los rincones, maldecir a todo lo que tuviera pito y cantar canciones de películas romanticonas dramáticas ahora estaba ayudando a ese infeliz, ¿por qué?, ¿por qué?… Me largué a llorar, sí, pero por suerte el rimmel que le había sacado a del porta cosméticos era “waterproof” o como carajo se escriba y por más que me llorara un mar no se iba a notar.

Llamé a  mi amiga, le digo que voy en camino, no contesta a la una, no contesta a las dos, tres… contesta a la cuarta, está en su casa, me espera, andando…

Llego, me siento sapo de otro pozo (¿cuándo no?) saludo tímidamente al padre, los quinientos mil hermanos y las sobrinas y demás, a la madre la saludo del todo, es tan buena…

“Comé gorda, comé…” me dice, “estás muy flaquita”

“Dígaselo a mi mamá, señora. Ella piensa que soy una garrafa con peluca”  había tanta comida que estaba asqueada y después de tres litros de mate semi escupido no tenía ganas de nada.

Todos se saludaban y se abrazaban y yo estaba en un rincón. Sentía la voz de mi vieja diciendo “¿ves que sos antisocial?, es jodido ser amigo tuyo”.

¿De dónde se conocerán?… de la primaria y también del pre…

“¿Qué estudiás?”, me pregunta una rubia regordeta.

“Tenés cara de médica”, me dice otra, “yo tengo una cara de cuerva terrible”, añade y sigue hablando de ella sin parar. Me aburrí de su monólogo y me fui afuera. 
Pasada la una nos disponemos a ir a un boliche.

“No, hombres menores de 23 no entran”, dice el patova. El novio de una entonces queda afuera, “o entramos todos o no entra nadie”, dice mi amiga. Al final, entra él y nosotras quedamos afuera después de bastante tiempo peleándola…

“Vos sos muy petisa” me dijo el tipo de la entrada sin más. “Tiene buenas tetas” le dijo el compañero, dejala pasar. Me pide la identificación pero justo mi amiga me llama, otra de las chicas es tan petisa como yo pero con lo que tiene puesto no se puede distinguir bien cuál es la espalda y cuál es es pecho, a ella no la dejarían pasar.

“Vayamos al de enfrente” dice la rubia regordeta, a la que tampoco dejaron pasar.

“Es un hormiguero humano”, dice la hermana de mi amiga… yo me acuerdo de By Pass, una bruma de calor se empieza a sentir en la puerta del boliche y siento que me ahogo y me tiemblan las piernas.

“No entran menores de 21…” dice uno de los patovas

“Debo, yo tengo 19 años” le dije por lo bajo a mi amiga.

“Callate, sonreí y sacá pecho, vas a entrar” me responde ella… y entro. Los tipos ni me miraron la cédula, pasé como si nada.

“No encuentro mi bufanda”, le comuniqué a todos los presentes. Sí, así de cavernícola era, llevaba bufanda y sobretodo al boliche.

“Seguro que quedó en mi casa” me responde, tras poner los ojos en blanco la hermana de mi amiga.

Dos horas bailando, encuentro con compañeras, ex profes, etc. me divierto, bailo sin parar aunque mis pies me duelan como nunca, baile del caño, el colombiano de la radio alienta los tríos, muero de sed, casi me desmayo, huelo a no sé qué pero no me gusta lo que huelo… después ya no me importa, me estoy divirtiendo aunque transpire más que un futbolista a los 44 del segundo tiempo. Mamá no está para verlo. Ella que pensaba que lo que más me divertía era el tetris… ¡Me gusta la joda!

Casi las 5, la cuerva parlanchina ya se había tomado hasta el agua de los floreros, las chicas querían levantarse a un flaco pero no se animaban, yo no le  encontraba sentido, el pobre era muy muy feo… supuse que ellas estaban, también, muy pero muy ebrias.

Se hicieron las seis, alguien preparó Gancia, tomé, después agarré un par de copas de vino y finalmente el café. Recién cuando me lo terminé me dijeron que mezclar todo eso me iba a tener en el baño toda la tarde. ¡Mamá se iba a dar cuenta de que había tomado, mucho y mal! ¿Y qué?

Se hizo de día. “Marcho pa’ casita” le dije a las chicas.

“Esperá un ratito” me pide mi amiga. “¿Querés mirar el Fakebook?”

Acepto, pero en vez de chequear las notificaciones me pongo a escribir lo que sería este relato. No lo terminé; me fui de nuevo al estudio a buscar el bolso, quizá lo terminara ahí y recién después de eso, me volvería a mi casa y a mi cama.

Antes de despedirme le dije a mi amiga “Fijate si quedó acá mi bufanda azul, no la puedo encontrar”

Llegué al estudio, estaba todo como lo había dejado, arreglé el cuadro que estaba torcido, borré mis pisadas de botas embarradas, me tomé un mate caliente, ¡y sin edulcorante!

Me miré en el espejo, no tenía ojeras, pero si cara de mal dormir-o directamente-de no dormir. Antes de salir, miré por la ventana, la dueña del kiosco de diarios salía a abrir y el sol me daba a más no poder en la cara. ¿Era sol o simplemente la luz del día que me quemaba como si fuera alguno de los vampiritos del cine?… estaba grogui y feliz, así que no me importaba. Quería  llegar a dormir, nada más.

No quería forzar más a mis pobres patitas, así que decidí tomar el ascensor. El bolso parecía más pesado ahora que cuando lo había llevado, yo sentía que era tan rápida como una tortuga renga… “¿así se siente la resaca?” me pregunté a mí misma.

Llegué al vestíbulo, y justo donde estaban las cartas y los productos de limpieza también había un pedazo de paño azul con una notita. ¡Era mi bufanda!, nunca había salido del edificio.

Hice el esfuerzo sobrehumano de agacharme y la recogí, agarré la notita y la leí. “Espero que la hayas pasado bien, reina. Sos grande para salir, pero te dejás las cosas en cualquier lado, como nena chiquita”… era la inconfundible y jeroglificosa letra de zurda de mi mamá que, según después me enteré, había pasado temprano a buscar una carpeta por el estudio, encontró la bufanda en la puerta del edificio, la dejó en el vestíbulo y apurada como estaba, se fue a trabajar.

Llegué a mi casa. Me tiré en la cama con la laptop a escribir esto. “Pasé la prueba, pude sobrevivir a los mates de Lili, a mi mamá, al boliche y a la mezcolanza alcohólica a las 6 de la mañana, y encima de todo, tengo mi bufanda. El próximo sábado quiero ir a Chacras y esta vez, de levante” me dije y cerré la computadora.

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