Típica ricotera de la cola de entradas para el Indio

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“La Lucí”, en su casa le dicen Ana Lucía. Tiene 25 años. Su infancia fue más que normal, simpática, muy buena hermana y compañera. Leía muy bien en voz alta y su libreta fue motivo de orgullo para sus padres. Usaba dos colitas a los costados y hablaba lento.

Merendó todas las tardes influenciada por Cris Morena, pero lejos estuvo Chiquititas de pudrirle la cabeza. A los 12 años, su prima “la Mari”, fumadora de colillas y prestadora del “primer beso” de todos los pibes de la primaria, le regaló un casette rotulado “Rock Nacional Varios 1999”… fue la piedra fundacional de mutación. Había de todo un poco, pero lo que más le pegó fue “Un poco de amor francés”.

Sacó los posters de BsB, Brad Pitt y Hanson de la pared y en su lugar dibujó un “P” con una corona. Tiró a la mierda el esmalte de uñas blanco y lo cambió por uno negro, igual al delineador de los ojos. Las palabras “guacho”, “careta”, “me voy, no sé a qué hora vuelvo” entraron para siempre en su léxico. Y la hora de vuelta se hizo cada vez más tardía y con olor a pasto.

Durante el colegio secundario la plaza fue su hábitat natural. Lugar de congregación para ranchearla. Fue ahí donde aprendió a compartir la birra y el vino en caja, a organizarse para ir a recitales auspiciados por el estado, a tratar con la autoridad policial cuando doña Elvira llamaba a la yuta porque hacían terrible quilombo. Ahí aprendió un par de notas en la guitarra y supo volver con la cachucha en llamas luego de un par de revolcones con otros matungos del barrio.

Probó faso de grande, como a los 16. Le dió de fumar al “Sapo” quien fue su primer novio y hombre. Lo dejó al año porque lo encontró con una mina haciéndole un pete placero “en el banco donde se dieron su primer beso”. “Puta culiada” fue lo más suavecito que le dijo.

Milagrosamente, finalizó el secundario. Para la cena de egresados quería entrar con “Todo sigue igual” de Viejas Locas, pero las caretas de sus compañeras la sacaron cagando, así que entró con cara de orto nivel Mortal Kombat 4.

Se tomó un año sabático, que terminaron siendo tres, durante los cuales se tomó todo. Durante ese periodo descarriló mal, salía los miércoles y volvía los domingos, con la garganta agrietada de tanto fumar. Cambió la plaza por bares de rioba y Aloha. Tuvo problemas con los “raquetazos”, pero no por jugar al tenis, con los “mandibulazos”, pero no por no ir al dentista y con los “narigetazos”, pero no por faltar al otorrinolaringólogo. Sus padres tenían dos opciones, o la manaban a rehabilitación o la cagaban a palos. Entre la primera y la segunda opción había como 15 mil pesos de diferencia. Eligieron la segunda. Ahí aprendió a escaparse por la ventana, a usar colirio y a tomar vodka puro, que no deja aliento a escavio. Lo que no aprendió fue a usar forro, lo que le llevó más de mil sustos y una que otra delirada.

Atinó un toque, laburó de moza en una panchería y en un kiosko en la alameda. La sacaron de vuelo cuando le revisaron el morral y le encontraron un Philip 20, dos petacas de wisky barato, un porro cototo, una pastillas punch, una balita para un saque y una caja de forros con tachas.

Actualmente tiene el pelo onda color “caobameteñiderubioymequedocomoelorto”, jeans chupines que le aprietan la almeja, campera Adidas de los 70, botitas simil Topper lona, olor a Rexona y maquillaje abusivo. Todo lo que canta lo hace con tonito fobalero y es híper menduca para hablar. No tiene amigos con nombres de pila legalmente registrables. Mientras hace la cola para comprar la entrada, le llega un mensaje de una amiga que decía “después de comprar la entrada veníte al Covimet que el gordo Aldo pegó un 25” y cacarea enérgicamente mientras canta Motor Psico.

Conocé al típico personaje de la cola de entradas para el Indio

Escrito por Marco para la sección:

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