Una más que no calla. Ni una menos

Día gris y como de costumbre salgo a caminar cuando se larga a llover, salgo a sentir como el agua que cae del cielo choca mi cabeza y resbala por mi rostro, a sentir y respirar ese aire fresco que pasa; camino y camino y en cuanto encuentro mi lugar en alguna plaza me acomodo, busco tener un paisaje donde vea como el viento frío mueve las hojas de un árbol, como el agua que cae al piso salpica hacia los costados en cámara lenta, siento el aire fesco y húmedo recorrer mi cuello, no puedo evitar abrazarme a mí misma y hacerme una breve caricia en los brazos para sentir un poco de calor.

Respiro hondo, mi mente se llena de nostalgias y melancolías, no importa que tan fuerte llueva yo solo dejo mi cuerpo entregado a la naturaleza. Ya no soy yo. Mi mente se llena de pensamientos sin resolver, se llena de culpas y arrepentimientos que finalmente terminan en un suspiro de alivio.

Yo misma me permití que esto pasara, yo misma me lo busqué. Comienzo a recordar, llega a mi mente una imagen viva y casi real mía sentada en el sillón tratando de dialogar, de poder expresar en palabras lo que mi corazón sentía, tratando de buscar una solución a algo que no lo tenía, trataba de razonar con alguien que luego de tantas charlas con migo misma reaccioné que no era un ser razonable, era una persona egocéntrica, llena de rencores, llena de maldad. Yo enamorada, no sabía que eso era maldad. Lo veía como una forma de amor.

Éramos jóvenes, hundidos en un mar de vicios, las drogas y el alcohol ya no eran un entretenimiento, eran un estilo de vida. Entre suspiros otra imagen aparece, era yo parada frente al espejo, podía notar cuan absorbida estaba, como mi piel blanca casi traslucida tocaba los huesos de mi cara, como mis ojeras negras ocupaban gran parte de mis cachetes y como mis ojos tristes se miraban fijo al espejo y trataban de decir, estoy bien.

Me lo creía, creía que estaba bien, creía que era la vida que me había tocado, no podía entender que era la vida que había elegido. Volvía a tratar de dialogar con esa persona que vivía con migo, comenzábamos a subir la voz, ya no se trataba de querer solucionar algo, se trataba de hacerme respetar, de tratar que me escuchen, que me preste atención como yo escuchaba cuando él me hablaba, no me daba mi espacio, no podía decir lo que sentía, no me podía expresar.

El aire se ponía tenso, lo que antes era tratar de dialogar ahora se había convertido en una pelea infernal, mis mascotas asustadas se acurrucaban tratando de no escuchar los gritos que salían de cada rincón del departamento, la falta de dialogo comenzaba a desesperarme y mi mente se iba de mi cuerpo, mis acciones ya no correspondían a lo que pensaba, dejaba salir toda la rabia que había en mí, todo mi estado de ánimo cambiaba, me encontraba hundida en gritos y llantos, si bien yo sabía que no me tenía que acercar mucho lo hacía, no podía entender como me saturaban sus palabras. Lo tomaba de la cara y mirándole a los ojos le pedía que se calmara y justo después de ese momento él agarraba mis débiles brazos con sus manos gigantes y me sacudía gritándome cosas que prefiero no recordar, saturaba mi fuerza, sentía como mis piernas estaban débiles y no se podían mantener en pie y sentía con lentitud como el me alzaba agarrándome de la ropa y me tiraba contra la pared más cercana, todo sucedía muy rápido, mis pies se elevaban unos centímetros del piso y luego mi cuerpo chocaba contra algún mueble que este en el camino, todo mi cuerpo se desarmaba, sentía como mis extremidades chocaban una por una con el piso y como rebotaba mi cabeza al caer. Me levantaba rápidamente. Nada pasó. Me acercaba y ¿para qué? esta vez sus manos agarraban mi cabeza, mi pelo se enredaba entre sus manos, yo cerraba los ojos y en mi cuello sentía como mi cabeza se movía de lado a lado, yo le gritaba: ¡En la cabeza no! ¡En la cabeza no! pero me quedaba sin palabras al sentir como el golpe hacía que mis ojos vieran luces que no estaban. Débil me levantaba y podía notar que tan fuera de mi estaba, me quería defender, pero él era una persona muy grande, no había forma, mis brazos trataban de devolverle todo lo que él me había hecho pero nunca llegaban, se detenían en el camino al sentir la presión que sus manos hacían sobre ellos. Esa misma presión fue la que sentí cuando tomaba de mi cuello, sus dedos pulgares se posaban en mi garganta y el resto de sus dedos entrelazados recorrían mi cuello, presionaba y yo respiraba profundo, ya sabía lo que podía pasar, contenía la respiración lo más que podía, pero mis lágrimas se me caían y cuando trataba de respirar hondo ya no podía, mi aire no circulaba, notaba como lentamente mi cuerpo se iba poniendo débil poco a poco, posaba mi cabeza en sus manos y dejaba que mi cuerpo se debilite poco a poco, en más de una ocasión él acompañó mi cuerpo hasta el piso y noté en sus ojos como le gustaba ese miedo, esa adrenalina de ¿qué puede pasar ahora? nunca lo dejó ir más allá, pero eso ya era suficiente para que yo me quede sin mover por media hora. Me arrastraba por el piso hasta el baño, me agarraba de la bañadera para hacer fuerza para levantarme, un poco de agua fría en la cara y no sé cómo pero me iba caminando de ahí.

¿Cómo podía salir de ahí? ¿Qué debía hacer para que esto terminara? eran las 5 de la mañana y no sabía a dónde ir, no tenía a dónde correr, la única opción era encerrarme en la habitación, gritar y evitar que él entrara. Pasaban las horas y el terror continuaba, se trataba de tener paciencia y rogar que no se rompiera la manija de la puerta, hasta que finalmente en algún momento el cansancio se apodere de su cuerpo y se vaya dejándome por fin en paz. Me iba a acostar a ese colchón donde nadie dormía, me tapaba con mi ropa que estaba desparramada por todo el piso y trataba de conciliar el sueño pidiendo por favor que no entrara por esa puerta a despertarme a los empujones como en otras ocasiones. La hinchazón de tantas lágrimas hacían que el cansancio se apodere de mis ojos, los cerraba, mi respiración se calmaba y finalmente podía descansar.

Respiro profundo, miro la lluvia caer y me alegro de que todo terminó, pero esa tristeza sigue estando. No puedo entender como pude vivir tres años de esa manera, ¿Qué fue lo que hizo que no me pueda ir antes, que no dijera nada y siguiera igual?

Voy camino a casa y se me escapa una sonrisa pensando en que cuando llegue, solo voy a estar yo… tranquila.

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