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El yugoslavo

Vista en ese momento, la proeza que cometerá Boris Wladimirovich, parece una locura, una empresa imposible. Pero a aquel anarquista ruso de bigote negro y gesto adusto, no le cabe en la mente la idea de abandonar su propósito. Ni siquiera los 3000 km que lo separan de Buenos Aires, y mucho menos, que se encuentra preso en la cárcel de Ushuaia, por un asalto frustrado y la muerte de un policía.

La muerte de Wilckens, un anarquista como él, lo había tocado profundamente, y mucho más la manera cobarde en que había sido asesinado. Pérez Millán, aquel bastardo protegido por las influencias familiares, había ido a parar al hospital psiquiátrico Vieytes para evitar la cárcel. Pero el ruso no iba a soportar otra injusticia, y desde su celda gélida en la ciudad más austral del mundo, comenzó a llevar a cabo su plan.

Empezó por alegar demencia. Se limitaba a escupir frases en ruso, no probaba bocado durante la comida, se negaba a caminar y hasta rezaba en algunos momentos, cosa bastante extraña para un anarquista. Todo estaba fríamente calculado: lo mandarían al hospicio Vieytes, el único hospital donde mandaban presos de esa índole, y dónde – no casualmente – se encontraba Pérez Millán.

Lo que sigue escapa a la inteligencia de la policía y del personal medico. Pérez Millán, que estaba aislado de los otros internos en el primer piso, era inaccesible al ruso. La llave era Esteban Lucich, yugoslavo nacido en Dubrovnik, simpático interno, considerado «un loco lindo» por el personal, y que gozaba de libre acceso a todo el hospital, y que desde hacía algunos meses oficiaba de sirviente de Pérez Millán. Los dotes de persuasión ya los tenía.

Bastaron algunos meses para entablar amistades con Lucich y convencerlo que ese pendejo era un hijo de puta asesino. Lo demás fue fácil. Hacerse llegar un revolver era un juego de niños: escondido en una bolsa de fruta que los colegas anarquistas llevaron amablemente en el día de visita. En un descuido del personal, le entregó el arma e instrucciones precisas al yugoslavo.

Aquella mañana de sol, Pérez Millán leía una carta en su habitación. Se sonrió al ver entrar a Lucich, y al verlo sacar un revolver la sonrisa se convirtió en mueca. Obediente, ejecutó su obra, y antes de gatillar gritó: —¡Esto te lo manda Wilckens!—. Disparó dos proyectiles certeros, uno al pecho y otro en la ingle, antes de ser golpeado y dejar caer el arma. Pérez Millán murió algunos días después. También Wladimirovich, producto de los castigos recibidos al saberse su culpabilidad. Pero ya no importaba, la venganza se había consumado.

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