La historia del sable roto

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El nombre es Rudecindo Sosa Luna y es cabo primero de Granaderos. Se unió al Ejército de los Andes en agosto del `15 con el 4º escuadrón desde Buenos Aires. Alojado en el Plumerillo, a una legua de Mendoza, conoció en los permisos a Cándida Jacinta Echagüe; una mendocinita de 17 años de pelo negro y ojos profundos. La relación se basó en la ternura, los gustos en común y los paseos por la ciudad en la primavera mendocina. Rudecindo se sabía enamorado pero también ocupaban sus días la instrucción, los preparativos y finalmente el combate en una serie de enfrentamientos a través de la cordillera, a modo de antesala de Chacabuco. El 24 de enero bajo el mando del mayor Martínez participó del combate de Potrerillos y el 4 de febrero en el de Guardia vieja. Por lo accidentado del terreno fueron escaramuzas protagonizadas por la carabina, actuando los granaderos en su papel de dragones, como jinetes desmontados. El sable de caballería modelo 1796 y el caballo sí serían épicos en Chacabuco. Doscientos corvos se quebraron por el ímpetu de las cargas en esa llanura. Una de ellas sería la hoja del cabo primero Rudecindo Sosa Luna, que aún partido, ejecutaría una condena.

Al volver al Plumerillo para el despliegue final, Rudecindo supo por un conocido que la Cándida había desaparecido. Un espía español que se hizo pasar por suboficial del 7º de Cazadores se la llevó a Chile cuando se apercibió descubierto. Y se dio que Rudecindo sabía quien era el indigno porque le habían mentado que le gustaba la Cándida y lo había visto rondando a la joven en Mendoza. Era un tal sargento Alderete, que se hizo el desentendido cuando Rudecindo, su uniforme de granadero y su sable aparecieron. Y él que sabiendo no hizo nada para no faltarle al regimiento, decidió que la batalla sería también una búsqueda.

Chacabuco fue para Rudecindo un sueño frenético. El 4º escuadrón cargó junto con la escolta del General, al mando de Necochea, por el flanco izquierdo del asalto ejecutado en el cerro Chingüe por el Batallón 1 de Cazadores. La carga interceptó a la caballería realista en retirada y terminó en una batería donde Rudecindo partió el sable contra una pieza al pasar de largo por el cráneo abierto de un artillero. La persecución fue solo de 5 leguas hasta el Portezuelo porque la caballada estaba exhausta, más por las exigencias del cruce que por la batalla misma. Retornaron al campo de batalla donde la definición era inminente. El combate fue para Rudecindo la confirmación de un absurdo. En la guerra que es un asunto de rostros y cuerpos que se transforman, él buscaba un hombre que se le hacía confuso.
Cuando la jornada era ya de las fuerzas patriotas, Rudecindo Sosa Luna era una disgresión con el rostro crispado entre el júbilo general. Guardó su sable roto en la vaina porque lo estimaba como a un amigo. El 14 de febrero el General San Martín entró en Santiago. El 16 una partida al mando del Capitán Aldao es avisada por un patriota chileno de una comitiva realista en fuga cerca de Valparaíso. En esa partida de 30 granaderos estaba el Cabo 1º Rudecindo Sosa Luna.

El depuesto gobernador de Chile Casimiro Marcó del Pont y otros funcionarios huían hacia el norte luego de que el barco que los auxiliaría zarpó sin ellos. Una escolta mínima de diez soldados de caballería estaba al mando del impostor sargento Alderete. Los hombres se reconocieron. Rudecindo, sin un gesto, cargó con el sable roto. Alderete intentó una maniobra que fue insuficiente. El sable, con la punta rota entró en el pecho del realista, forzado entre el tejido rojo del uniforme, en la resistencia de las costillas y finalmente desgarrando de muerte los órganos. Alderete (Que en realidad se llamaba Joaquín Leguizamón Ortúvez) cayó del caballo con el sable atravesado. Rudecindo lo dejó ir de la mano en ese trance. La confusión terminó ahí. Con el último aliento le dijo al cabo primero de granaderos que la Cándida había huido a Mendoza. El había intentado que lo quiera pero había escapado hacia Rudecindo; y que la mandó a perseguir pero que hallaron despeñada cerca de Uspallata.

_Cabo me va a explicar todo esto después de cumplir 30 días de arresto, ¡¿está claro?! _ lo incriminó intrigado el Capitán Aldao.
_Sí mi capitán_ respondió el granadero que por primera vez en su vida lloraba por amor…

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