La mar estaba serena… ¡Ahora con E! Fin

Tuve una excelente profesora de Lingüística. Muy estricta y culta. Sin embrago y a pesar de, en una clase emitió el siguiente concepto: “Si el interlocutor entiende lo que uno quiere decir, el propósito comunicativo está realizado. Las reglas ortográficas y gramaticales no cuentan en el habla. Si quien escucha “haiga”, entiende que el hablante se refiere al presente subjuntivo del verbo haber, listo. No hace falta corregir, porque lo entendimos. Incluso llegó a decir que corregir ese tipo de expresiones hasta podría hacernos ver como petulantes e ignorantes de la coloquialidad y del uso discursivo del hablante. Distinto sería leerlo o, lo que sería peor, que quien corrige al parlante de “haiga”, escriba “halla” en cuyo caso, claro está, no estaría significando al tiempo verbal de haber, sino de hallar.”

Me pareció bastante sensato para ser escuchado por futuros comunicadores, que debíamos aprender no sólo a escribir y hablar correctamente, sino a entender el discurso expresado por otros, con todas sus motivaciones incluidas. Además de eso, lo que es más difícil aún: descubrir las motivaciones del hablante o escritor a través del uso que hace de las palabras. De hecho, si escucháramos a alguien hablar como el “Martín Fierro”, pensaríamos que es un pajuerano que quizás no sabe leer ni escribir, sin por ello negar que la obra de José Hernández por algo es emblemática de la literatura en estas latitudes.

Cuestiones que tienen que ver con la dialectalidad y los regionalismos pueden ponerle los pelos de punta a un borgiano que escucha “culeao” o “won”. Algunos pueden debatir horas sobre en dónde tiene su concha la lora (que, dicho sea de paso, en Mendoza debería ser la cata) y qué tan puta es la madre que parió a una mala persona.

Cuando empecé a estudiar idiomas, me di cuenta de que el castellano es el más rico, bello y amplio. Hay palabras para todo y, con los mismos significantes podemos crear significados inconmensurablemente hermosos o repulsivamente inmundos. Eso me llevó a replantearme las afirmaciones de Ferdinand de Saussure, y sus dicotomías entre lenguaje y lengua, forma y sustancia, significante y significado. Quizás mucho más el concepto de “habla”, en relación al lenguaje y a la lengua.

Al aparecer el  llamado “lenguaje inclusivo”, me replanteo aún más las afirmaciones de quienes sostienen que el castellano es un idioma sexista. Muchas palabras se me vienen a la mente, y quizás amore y love son lo mismo que l´amour, aunque nosotros nos refiramos a ese concepto con la forma de “el amor”. La referencia de género masculino para el sustantivo, no implica que “amor” sea una emoción exclusivamente masculina. Quizás en este punto podemos coincidir, pero hay gente que todavía se confunde con el género de “arena”, “agua”, y hasta de “calor”. Por eso la RAE pone orden y crea reglas. Si yo escucho a alguien decir “la calor”, ¿está mal dicho? Para la RAE sí, pero para quien lo aprendió a decir así, no.

Si pienso en les labies, suena afrancesado, pero es más hermoso les lèvres (término francés que remite al sustantivo de la parte exterior carnosa y movible en el inferior del rostro), que acústicamente nos lleva a livres. Pero livres no hace referencia a libertad en francés (aunque sí en portugués), sino que nombra de manera inequívoca a los libros. Y acá paro con las comparaciones porque la etimología de libro es realmente fabulosa.

Libro proviene del latín liber, que es similar al liber de libertad y al epíteto libatio, vinculado al concepto de vertir o derramar líquidos. Latín, base de las lenguas romances, nada de sexismos, y me encuentro con que libre, libro y libación tienen la misma raíz. No hay que ser muy erudito para poder inferir que, los antiguos romanos vinculaban los conceptos de libro a la acción de libar (verter «gota a gota» o «letra a letra») aquello que, por el sólo hecho de introducir en nuestra expresión más significantes con sus significados, nos haría libres hasta «derramar» esa libertad en nuevas formas de entendimiento en una comunidad.

Si les livres pudieran replicar lo que dicen les lèvres, algunas cosas se complicarían con el tiempo. No le temps que marcan los relojes, sino el que contienen les verbes.

¿Suena raro? Claro, tan raro como el portuñol o el spanglish, que es la forma en la que suelen adjetivar la expresión latina del portugués o el inglés, los verdaderos parlantes de esos idiomas. Te parecería raro si yo, mendocina de pura cepa, te hablo en venezolano y en lugar de amigo te digo «pana»  (derivado del inglés «partner»), y te hacés el correcto pero le decis «bro» o «man» a tu cómplice de aventuras, o te referís como «lady» a una señorita que se comporta como una dama. Y todos te entendemos, nadie te corrige Walterio. Pero si alguien te llama amigue, te parece una barbarie y ya empezás a ver fantasmitas homosexuales con pañuelos verdes por todas partes. «¡Amigue las pelotas! Yo estoy bien definido, a mí no me vengás con modernismos.»

Puede que sea una moda, puede que parezca una forma de adoctrinar sobre temas que no estamos acostumbrados a cuestionar. Genera incomodidad porque nos confronta con lo que traemos por costumbre (que también es parte de la cultura). Hace unas décadas, ser una mujer «sola» era sinónimo de solterona o cornuda abandonada. Hoy ya nadie ve en una mujer soltera o divorciada un sinónimo tal, aunque en ciertas ocasiones quedan quienes prejuzgan la situación como que tiene un carácter difícil de llevar o le gusta la variedad a la hora de tener compañía de cama. Todo puede ser verdad, que es una manera de decir que nada lo es.

Nos apropiamos de una manera de decir las cosas porque es lo que aprendimos y por eso lo aprehendemos. Lo cuál no significa que sea un absoluto y que la RAE sea el mismísimo dios de las letras o el escuadrón de gendarmes represores de la expresión hispanoparlante. Mom, mamá, mamma, suenan parecido y, significan lo mismo que cuerpe gestante (aunque no te guste). No te hagas el confundido, entendés lo que, quienes se expresan de esa manera, quieren decir. Lo dicen como les gusta, como lo entienden y como lo sienten. Y si vos lo entendiste, ya está, no te creas Borges si todavía te estás preguntando si es «la arena» o «el arena». Apuesto a que ahora vas a ir al DRAE para saber cómo es en realidad. No te amargues, si lo decís mal, igual te van a entender.

Si alguien te dice «J’aime tes lèvres» con la más seductora de las miradas, se te va a hacer un nudo de preguntas en el cerebro pensando cuál de los Jaimes que conoces está libre y te vas a perder la oportunidad de un beso de los que hacen historia, simplemente porque no entendiste o, peor, porque pensaste que se trataba de una joda inclusivista.

Entiendo que escritores que tenemos en el podio de los consagrados defiendan las reglas de su idioma como patrimonio del acervo cultural de los pueblos que lo usan. Entiendo que con el tiempo, los idiomas se vuelven flexibles en su uso y que hasta los más conservadores de la RAE tienen que aceptar esas expresiones cuando se ya son parte del modo comunicacional en determinadas latitudes. Entiendo que hay una corriente que tiende a la mixturar expresiones de diferentes idiomas sin pensar que eso es parte de un proceso ciertamente subversivo y dominador llamado «transculturación». Y en esto sí hay cierta ideología que los anarquistas del lenguaje no están entendiendo.

Si el francés te parece inclusivo, aprendelo y hablá en francés. Si sos de los conservadoritos que piensan que aprender francés te vuelve amanerado o militante de un grupo determinado, sos un tarado mental. Y si no te va el lenguaje inclusivo, no hagas de eso una caza de brujas idiomática, porque no es para tanto. Te repito, Walterio, no sos Borges.

Como escritora me siento en el deber de honrar el idioma en el que escribo, con todas sus formas predeterminadas. Me siento también en el derecho de crear nuevos significantes como recurso discursivo propio. Pero no por ello voy a obligar a otros a usar las palabras de la misma manera que yo lo hago, porque es parte de un estilo, de un discurso y de un objetivo que persigo para comunicar lo que quiero, de la manera que lo entiendo y para mis lectores esperados.

Si quisiera escribir una historia relacionada con la comunidad LGBT, posiblemente use el lenguaje inclusivo. No me van a premiar ni estaré en el podio de los consagrados, pero me habrán leído aquellos para quienes escribí, y entonces el objetivo estará cumplido. La RAE puede prohibirme si quiere, no me quita el sueño. De hecho, hasta la sigla me hace ruido porque la Real Academia Española puede decirle a los españoles cómo escribir, pero yo soy latinoamericana, el tío es el hermano de mi mamá, y mi lengua madre es el castellano. Por mí, ellos a con Dios.

A vos, Walterio, te escribiré bien a lo machihollywood (esa palabra la inventé, no la busques en el DRAE), para que me leas. Y a vos, inconformista nato, te tengo una historia por demás negra y anarquista. Que para gustos, los colores. Y si no entendiste, te lo explico con pañuelos.

Escrito por Lobesia Botrana para la sección:

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