La Virgen y mi herejía

La semana pasada decidí cumplir una promesa. Hacen ya tres años me encontraba aterrada, sola en la habitación del hospital y con mi bebé a punto de irse a neonatología. Le supliqué a la Virgen del Rosario de San Nicolás que lo protegiera. Pedí por él con tanta desesperación que al minuto tocaron la puerta y era el médico con mi hijo en brazos. Estaba perfecto. Y lo sigue estando.

Todos los que me conocen saben que soy prácticamente una hereje del mundo católico. No rezo, no voy a misa, nunca me hago la señal de la cruz, menos bendigo la mesa y los curas me parecen unos raros del ojete por elegir vivir uniformados. Ni hablar de las monjas que están para limpiar, ordenar y ser sumisas.

Cuestiono casi todas las normas impuestas por la Iglesia. Me parece descabellado que sea un pecado hacer la cochinada por el sólo hecho de hacerla. Todo es pecado. Haber nacido, hacer caca, comer, mirar, hablar, respirar. Pero aún así, respeto a quien elija creer. De hecho mi mejor amigo es católico practicante empedernido. Hasta hizo un año de seminario porque quería ser sacerdote. Desistió por suerte. Lo amo con mi vida y nunca nos hemos faltado el respeto. Sólo pensamos distinto y nada más.

Esta vez ni yo me sentía cómoda entrando a una Iglesia para cumplir mi promesa pero realmente fue mágico, sanador. Una vez que estuve frente a la Virgen con mi bebé en brazos automáticamente comencé a llorar y no podía parar. La sentí a mi lado abrazándome y diciéndome que todo iba a estar bien, que perdonaba mi falta de interés y de fe. Fue increíble y aún más viniendo de mí. Al principio me sentí una hipócrita porque haberme persignado y estar frente a un altar nunca fue lo mío. Pero nunca. Cuando bautice a mi hijo fue prácticamente una agonía. La pase como el culo toda la misa, me picaba todo el cuerpo y no escuche un sorete de todo lo q dijo el cura que por lo que me dijeron todos, fue un tierno. Yo no estaba ahí, mi cabeza estaba en los aros de Saturno.

Pero estar en San Nicolás era lo que a mí me estaba pasando y no le debo explicaciones a nadie. Me hizo bien y punto. Y lo necesitaba con urgencia.

Nunca entendí como la gente podía creer que por un surtidor común y corriente saliera agua bendita. Y ahí estaba yo, de la nada, cargando bidones de agua santa para llevarme a mi casa. Rarísimo.

Cuando estuve en el Vaticano y conocí la majestuosidad que significa la Basílica de San Pietro no se me vino otra cosa a la cabeza que la cara de pedo de Jesús diciendo “¿Y yo en que puto momento les pedí oro, mármol y cuanta cosa invaluable en una Iglesia, muchachos?”

Una amiga me dijo que fuera con la consigna de que estaba viendo arte porque caso contrario, iba a ser tal la indignación, que iba a querer pelar las tetas y putearlos todos. Por supuesto iba a terminar en cana, y con alguno de la Guardia Suiza cagándome a cachetazos con una Biblia en la mano. Claro que no paso nada de eso y quedé maravillada con La Pietà de Miguel Ángel y con la hermosa arquitectura de toda la ciudad que gobierna el Santo Padre.

En San Nicolás me asombró de lo que es capaz de hacer la fe en el ser humano. Me enteré que antes todo eso era un gran baldío y con esfuerzo y ayuda de todos, levantaron un santuario impresionante con un parque detrás que no da más de precioso. Concluí que no siempre la Iglesia Católica hace daño. También le devuelve las ganas de creer y de dar amor desinteresadamente a quienes quizás, ya se les fueron las ganas de vivir. No todo es blanco o negro. A veces los grises también ayudan y mucho.

Volví muy tranquila, en paz y agradecida por haber cumplido con la Virgen que me cuidó y cuida a pesar de mis pensamientos descarrilados.

Creer o no creer.

Yo elegí creer y de verdad, estoy contenta.

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